Eduardo Salinas: «Creo que tenemos que seguir discutiendo Cromañón»
10/1/2025
por Lucio Casarini
Es sobreviviente del incendio fatídico perpetrado hace dos décadas en el boliche del barrio porteño de Once, al igual que Fabiana Puebla, su compañera de la vida. Se conocieron después, bregando por memoria, verdad y justicia. Comparten un hijo, Luca, de seis años, que se sumó a los cuatro previos: tres de el (una nena y dos varones mellizos) y una de ella.
«Pasaron 20 años; integro la Organización 30 de Diciembre, soy sobreviviente; hay diferentes luchas que estamos llevando a cabo en simultáneo; buscamos momentos para venir a los barrios a conversar mano mano, abrir el diálogo; creo que como sociedad tenemos que seguir discutiendo Cromañón; no solamente porque nos haya pasado; nosotros ya lo sufrimos; no nos debe volver a ocurrir como pueblo; necesitamos generar más conciencia colectiva respecto de cuidar a las juventudes que ahora están en la calle, que ahora salen a descubrir la cultura, en este país que ejerce cada vez más represión hacia ellos».
Para Eduardo Salinas hay un antes y un después en su vida. El punto quiebre es el 30 de diciembre de 2004, cuando junto a tres amigos se salvó de milagro de la masacre del boliche del barrio porteño de Once, que con cientos de muertos y miles de heridos es una de las peores hecatombes del rock en el mundo. El testimonio de esta nota corresponde a un homenaje realizado el 22 de diciembre en la Plaza Bynnon, localidad de Adrogué, partido bonaerense de Almirante Brown. Agasajo convocado por Matilde Mangone, pareja de Gerardo Rossi, uno de los fallecidos, junto a familiares de otras víctimas fatales.
«Hay negocios cada vez más turbios vinculados a la manera en que se explotan la movida del rock y la cultura en general; como sociedad debemos ser capaces de proponer espacios para seguir debatiendo estas cuestiones», continúa la voz neurálgica del relato bajo la arboleda y ante varias decenas de concurrentes, entre afectados, parientes, amigos, vecinos, artistas y funcionarios; «los 20 años nos agarran más grandes; a mí con hijos, con lo cual la emotividad es doble; pero más allá de todo estoy contento de que hagamos memoria de que 194 pibes fueron asesinados porque alguien se quería llenar los bolsillos».
El lapso crucial de la reunión en la Plaza Bynnon es la tradicional lectura de los nombres de los caídos. Una hilera compungida de nueve personas, entre damnificados, parientes y personas solidarias, proclama uno tras otro a los extintos. Eduardo es el último locutor. Antes de el se sitúa Fabiana Puebla, a quien llama su compañera, también sobreviviente del boliche fatídico. La cifra de 194, aceptada por el Estado Nacional, es motivo de controversia permanente, pues diversas voces denuncian que se queda corta; hay quienes sostienen que la verdadera es superior a 200; algunos inclusive elevan la cantidad a 317.
«…Zerpa, Gustavo Ariel», pronuncia Salinas en el micrófono el nombre final; «presente», le responden al unísono por vez 194; «los pibes de Cromañón», ruge luego; «presentes», le contesta el auditorio; «los pibes de Cromañón», insiste; «presentes», le vuelven a responder; «ahora», invita; «y siempre», escucha; «ahora», suspira; «y siempre», le replican; «ahora», se le quiebra la voz; «y siempre»; por un instante mira hacia arriba el cielo entre el follaje; «siempre me resultó pesado decir los nombres de los pibes», confiesa; «cada uno es un muerto, una historia que no fue, una familia que se destruyó».
El acto en Adrogué es uno de infinidad de acontecimientos por los 20 años de la masacre. El epicentro de la agenda será el 30 de diciembre en el santuario, como llaman los afectados el sendero lindante con el edificio de la hecatombe. Es un paseo adornado con murales, grafitis, esculturas, fotografías, vegetación. Diferentes grupos de víctimas coordinarán una radio abierta, conciertos, muestras de arte plástico y artesanías, espacios de diálogo y reflexión. Otro lugar destacado será la Plaza de Mayo, donde se realizará una celebración interreligiosa y una declaración de reclamo de memoria, verdad y justicia.
«Cuando sucedió Cromañón yo tenía 26 años, me había recibido de técnico hacia un tiempo; trabajaba arreglando ascensores; en la actualidad sigo haciendo lo mismo, agregué programación y otras cosas; tenía la cabeza de cualquier pibe de esa edad; andaba mucho en el circuito de recitales; era un loco del suplemento Sí [diario Clarín] y el suplemento No [Página 12]; deambulaba por lugares como Locuras [la rockería argentina top]; no había tantas facilidades para conseguir entradas o información acerca de las bandas que tocaban; si uno no se movilizaba un poco algunas cosas se le pasaban».
«La noche del 30 de diciembre de 2004 llegué a Cromañón con tres amigos: Diego, Juan Pablo y Raúl, el más chico, que tenía 14 años y era cuñado de Diego; el barrio de Once estaba minado de gente; la mayoría paseaba haciendo las compras de fin de año; en esa zona la ropa o lo que sea sale más barato; también había venta clandestina de pirotecnia, prostitución, droga; mucho no ha cambiado; salvo la pirotecnia clandestina, lo demás continúa tal cual; hacía demasiado calor para entrar con sol; nos quedamos haciendo la previa hasta la noche; ingresamos casi empezado el show, lo cual fue beneficioso».
Eduardo y sus compinches se habían metido en la boca del lobo. Una enorme cámara de exterminio. El salón tenía permiso como miniestadio para algo más de 1000 personas. Esa noche fue usado como discoteca y albergó a unas 5000. Carecía de ventilación, matafuegos, evasiones alternativas y carteles o señales internos. La pirotecnia encendió los materiales sintéticos colocados de manera improvisada en el cielorraso para aislar el ruido: paneles acústicos [espuma de poliuretano] sobre la losa, una capa de guata [algodón en rama que se usa de relleno o aislante térmico] y una media sombra [tela plástica].
«Cuando ardió la media sombra estábamos cerca de la entrada; había un cartelito que marcaba una escapatoria; es lo único que quedó como faro para los pibes; Chabán cortó la luz porque pensó que podía haber un cortocircuito; no sé que se le pasó por la cabeza; el cartelito decía salida de emergencia; llevaba a una puerta con candado, cadena y alambre; era una trampa mortal; se encendió la media sombra, después se prendió la guata; empezó a despedir un tufo que según declararon los profesionales en el juicio es muy parecido a lo que usaron los nazis en las cámaras de gas; ese humo tóxico desvaneció a la mayoría».
«Logré salir, pero no sabía si mis amigos continuaban adentro; esto me obligó a volver; no se veía nada, era una nube de vaho negro; el aire estaba caliente, quemaba la nariz y los ojos; dolía respirar; sí o sí tenías que ponerte algo en la boca; una remera mojada fue mi caso; cuando regresé por primera vez al boliche saqué a un chico arrastrando, no sé quién era; la segunda oportunidad pasó algo similar; la tercera lo mismo y me desvanecí, sentí que se me aflojaban las piernas; me quedé afuera; era una película de guerra; había una multitud de jóvenes tirados en la calle que necesitaban primeros auxilios».
«Tratábamos de ayudarlos a vomitar; escupían esa cosa negra, una brea asquerosa que les salía de la cara, de los ojos, de las orejas; era un panorama espantoso, de terror; los voluntarios no estábamos preparados; cargábamos a los chicos donde podíamos; en colectivos, taxis, autos que frenaban; fueron a parar en masa al Ramos Mejía, que era el hospital más cercano; en la guardia había un médico y tres enfermeros; recibieron cerca de 700 pibes con necesidades de emergencia; el centro de salud fue incapaz de responder; la mayoría de los heridos que recalaron ahí terminaron muriendo; otros fueron trasladados».
La brega de los familiares y los sobrevivientes ostenta hitos mayúsculos en términos jurídicos e institucionales. Con veredictos notables logrados de manera progresiva y paciente en distintas instancias. Como principales culpables materiales fueron sentenciados Emir Omar Chabán, gerente del boliche (muerto en 2014 en condición de preso); Raúl Alcides Villarreal, colaborador de este; Rafael Levy, propietario; Diego Marcelo Argañaraz, mánager de Callejeros; y Carlos Rubén Díaz, subcomisario. El máximo implicado político es Aníbal Ibarra, jefe de Gobierno de la Ciudad, que fue destituido.
Otros convictos son los músicos: Patricio Fontanet, Maximiliano Djerfy, Elio Delgado, Cristian Torrejón, Juan Carbone y Eduardo Vázquez. Este sumó después la cadena perpetua por el crimen de su esposa, Wanda Taddei, perpetrado en 2010 (la roció con alcohol y la prendió fuego durante una discusión de pareja). Más castigados por el desastre del recital: Fabiana Fiszbin, Ana María Fernández, Gustavo Torres y Roberto Calderini, funcionarios porteños; Rubén Fuerte y Luis Perucca, empresarios; Alberto Corvellini, Marcelo Nodar y Marcelo Esnok, integrantes de Bomberos de la Policía Federal.
«En el momento en que pasó Cromañón vivía en [el partido de] San Miguel en un barrio denominado Santa Brígida; ahora resido en Banfield, cerca de la localidad de San José», intenta situar Eduardo en el mapa su peripecia geográfica y existencial; «mi hijo más chiquito es Luca, que tiene seis años; la mamá es Fabiana, también sobreviviente; por otro lado, tengo dos mellizos de 14 y una nena de 16; pero no vivo con ellos, son de otra pareja», cuenta sobre su prole; «yo además tengo una nena de 16», explica Fabi para completar el cuadro familiar, «se llama Valentina, es de una relación previa».
«A los diez años de Cromañón los sobrevivientes propusimos llevar a cabo el acto organizado pura y exclusivamente por nosotros, aunque con la colaboración de los familiares; en ese momento surgió la afinidad con quien hoy es mi compañera; si bien ya nos conocíamos pateando la calle desde diferentes ángulos, ella en una organización y yo en otra; terminamos saliendo, teniendo una relación; hoy somos compañeros de la lucha y de la vida; poseo cuatro hijos hermosos; tengo un montón de motivos para seguir peleando; además de mis chicos hay millones de jóvenes que están esperando un mundo mejor».
«Vamos a seguir en este camino y esta pelea; hacemos actividades de memoria, como charlas en colegios y espacios de contención; luchamos por la ley de reparación y la ley de expropiación», sintetiza Salinas el rumbo; «la Justicia le devolvió el boliche a Levy; le dieron la llave, tiró las pertenencias de los pibes, pintó el lugar; nosotros queremos recuperar el inmueble y convertirlo en un ámbito de memoria; decidiremos entre todos y todas de qué manera; sacárcelo a Levy es el comienzo; sería el sumun de la impunidad que el empresario pueda abrir cualquier otra cosa donde murieron los pibes».
Rafael Levy, como se mencionó, es el dueño del inmueble en el que funcionaba Cromañón (un hotel con cochera incluida más otras comodidades) y uno de los condenados por la ignominia. A pesar de que en 2014 la Justicia dio por probada su responsabilidad penal, le aplicaron una sentencia irrisoria; transcurrió unos pocos años detenido y cuando recuperó la libertad, en 2018, recibió un beneficio inusitado. Sin informar a las víctimas, las autoridades le entregaron las llaves del escenario de la barbarie y el hombre hizo de incógnito una limpieza inmediata y devastadora que arrasó con los vestigios del incendio.
«Esta es mi historia resumida, contada en pocas palabras; con la convicción profunda de que nosotros vamos a seguir en el camino por más piedras que haya; por más gobiernos represivos que surjan; sufrimos la masacre en el de [Néstor] Kirchner, después pasamos por el de [Mauricio] Macri, ahora estamos en el de Milei; pero Cromañón continúa; la lucha va a seguir hasta que cambien las condiciones que provocan que la gente muera porque alguien quiere llenarse los bolsillos, porque alguien tiene la avaricia, la obsesión por el lucro; muchas gracias por escucharme; espero que estas palabras sirvan».