Hasta quién sabe dónde (episodio 7)

1°/2/2026

por Lucio Casarini

Ricardo Gabriel Bermejo es boxeador, mago y poeta. Nacido en la ciudad bonaerense de Pergamino, se considera habitante del mundo. Entre infinidad de peripecias, algunas dramáticas, conoció la gloria como héroe olvidado del atletismo y rey del arte de los puños sin corona. Este relato por entregas recoge su testimonio.

Mi foto preferida de la pelea del 10 de junio de 2005 en Pergamino es una en la que acabo de impactar mi derecha sobre la cara de Martín Bruer. Yo luzco apretando los dientes con furia mientras mantengo la mirada fija en el objetivo, el guante azul proyectado hacia el rostro de mi rival, el otro puño en guardia y mis músculos en máxima tensión. Bruer ostenta los ojos cerrados y la cara ladeada como consecuencia del golpe, que sus guantes asimismo azules han sido incapaces de evitar. A algunos pasos, en medio de atacante y agredido, se divisa al árbitro Luis Guzmán, con el cabello canoso y un moño negro sobre la camisa celeste, que observa concentrado. Encima de nuestras cabezas penden dos bolas espejadas de discoteca que reflejan panorámicas de 360 grados en miniatura. Como fondo, a varios metros, hay una multitud de miradas repartidas entre la planta baja y el nivel superior, en cuya baranda se apoyan decenas de observadores extasiados. Creo que esta postal resume toda la noche, así fue la contienda. Ignoro en qué vuelta fue tomada la imagen, porque le pegué un montón a mi adversario; lo lastimé sin cesar física, mental y espiritualmente.

Los réferis son determinantes. Pueden dar ventaja o complicar a alguien y hasta hacerlo ganar o perder. Guzmán estaba entrado en años, pero seguía siendo el mejor del país; no se casaba con nadie, no se vendía. Murió en 2013 con 77 años y a lo largo de cuatro décadas de trayectoria dirigió a figuras internacionales como Mano de Piedra Durán o el mexicano Julio César Chávez padre, también campeón del mundo, y estrellas locales como Látigo Coggi o el Roña Castro, por nombrar a unos pocos. La Federación Argentina y la Confederación Mundial de Boxeo solicitaron sus servicios para veladas complejas y memorables. Por ejemplo, las victorias de Coggi sobre Pajarito Hernández (Luna Park, 1986, título argentino) y de Castro sobre John David Jackson (Monterrey, 1994, campeonato mundial). La presencia de don Luis en Pergamino fue garantía de una batalla justa, pero en realidad tuvo poco trabajo con dos deportistas que simplemente buscábamos ganar.

Gabriel Bermejo versus Martín Bruer, 10 de junio de 2005, Pergamino.

El marco del espectáculo fue idílico, lo contrario de lo que sucederá en la revancha en Trenque Lauquen. El Loin Rouge constituía un miniestadio con capacidad para 500 personas y había 800, por lo que el público se encontraba apretadísimo. El ring fue dispuesto en el medio de la pista de baile del boliche. La terraza o balcón que mencioné se extendía por los cuatro costados y permitía a los presentes contemplarnos a escasa distancia. Era prácticamente como si estuvieran metidos en el cuadrilátero. Nunca combatí en un ambiente tan intenso. El coliseo de la Federación Argentina, situado en la Capital Federal, tiene plateas, pero están más lejos. En el Loin Rouge me aturdían los gritos y me abrazaba el calor humano; es algo difícil de repetir en mi pueblo, porque el pergaminense es reservado. Escuchaba que pronunciaban mi nombre, lo coreaban o repetían el estribillo dale campeón, dale campeón y frases por el estilo. Fue una experiencia realmente singular que ni siquiera como espectador he sentido en mi tierra, a pesar de que he visto boxeo en el pago desde que tengo memoria. Lamentablemente, con los años el Loin Rouge dejó de existir, ahora en ese edificio hay otra cosa.

Bastantes de los presentes, desde ya, eran personas con las que yo tenía cierto vínculo o que al menos me conocían; para empezar, había parientes y distintos afectos de mi entorno cercano; había algunos compinches del barrio o la escuela y de mi época como futbolista o atleta; había tipos grandes, otros de mi edad y también pibes más jóvenes; igualmente mujeres y niños; además, había personajes del poder y unos cuantos figurones. Fue una auténtica fiesta que implicó el regreso del boxeo de alto nivel al pueblo. El apogeo del pugilismo local había sido en la década de 1980, cuando brillaron Ramón Retamozo, alias Látigo, y José María Flores Burlón, que fueron campeones sudamericanos.

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Mi contrincante ingresó primero. El presentador lo anunció como Martín Escopeta Bruer. Llevaba una bata azul con toques rojos y pantalón de iguales colores hasta arriba de las rodillas. Parecía un tipo aplomado, decidido, frío; incapaz de sentir miedo, dolor ni nada; similar al ruso que interpreta Iván Drago en la cuarta película de la saga Rocky, de Sylvester Stallone. Después aparecí yo. El locutor me nombró Gabriel Iron Boy Bermejo. Mi talante era todo lo contrario: demostrativo, entusiasta y espontáneo. Todavía conservo la bata que usé, negra con vivos blancos hasta los tobillos; en la espalda tiene bordado mi apodo; es Corti, la marca de los mejores guantes del país. Hacía juego con el pantalón negro. Una indumentaria típica de los campeones del Luna Park en su esplendor.

En mi rincón estaban Látigo Coggi y el Bocha Martinetti, en el de Bruer el padre. Ese día nos pusieron los guantes en el ring, algo que para mí debe hacerse en el vestuario. Cantamos el Himno Nacional, porque era una eliminatoria de un título argentino; los abanderados fueron Coggi, que sostuvo el pabellón argentino, y Gustavo Ballas, otro campeón del mundo, que cargó el bonaerense. Cuando avancé trotando y subí al cuadrilátero se hizo un silencio absoluto que se prolongó mientras me sacaban la bata y hacía los primeros movimientos; sentía el ruido de mis pisadas sobre la lona y la respiración de los que estaban a mi alrededor. Después resurgió tímidamente el murmullo de la gente, que se fue convirtiendo en gritos y cantos hasta el momento de empezar la pelea, cuando otra vez se paralizó el ambiente.

Gabriel con su bata de Iron Boy Bermejo, 2005.

El tañido de la campana del primer round se produjo en medio de un silencio completo. Con los primeros golpes apareció de nuevo el rumor de la concurrencia, que explotó a mitad de la vuelta cuando le metí a mi oponente una piña en la pera que lo volteó. Desde entonces hasta el cierre el clima fue bochinchero y triunfal; de pronto repetían Iron Boy, Iron Boy durante varios minutos del round; después emergía el clásico dale campeón, dale campeón. Bruer tenía hinchada propia; había ido un colectivo lleno a verlo de Trenque Lauquen, donde era ídolo; sin embargo, el público de Pergamino lo respetó y aplaudió; en ningun momento hubo mensajes o insultos para el contrincante; fue una pelea limpia, sin golpes o movimientos antirreglamentarios ni discusiones.

El capítulo inicial es de estudio; se recomienda mantener las manos arriba, mover la cabeza y adueñarse del centro del ring. Es lo que hice, me planté donde estaba impreso el logo de Volkswagen; por un momento él me corrió, pero le metí una derecha y recuperé la iniciativa. Mi objetivo era hacerme respetar; meneaba la cintura, amagaba; lo atacaba y él también venía, pero disparando de lejos. A veces me agachaba para lanzar una izquierda desde abajo, como habíamos practicado especialmente para este rival, bastante alto. En el profesionalismo tenés que lastimar con las dos manos; el objetivo de cualquier desplazamiento es golpear y herir, no solamente sumar puntos, como en el terreno amateur. Cada vez que yo sacaba la zurda generaba algo; le dolía, le molestaba al otro, que de lo contrario se envalentona.

Luis Ángel Firpo.

En eso estábamos los dos, atentos a ver qué hacía el otro, estudiándonos, cuando logré conectarle aquella izquierda en punta en el medio de la pera, mientras yo daba un paso adelante, con todo el peso de mi cuerpo; él sorpresivamente se desmoronó y lo vi desparramado en el piso. Nunca pensé tirarlo tan rápido, menos con la izquierda. Fue un asombro para todos; para él, para mí, para el rincón de él, para el rincón mío y para el público. Yo había notado tres o cuatro veces que él daba un paso adelante; entonces hice lo mismo y le sacudí la zurda, de manera que lo impacté con él viniendo; se comió una mano terrible; no sé cómo se levantó; le temblaban las piernas, ni siquiera sabía dónde estaba. Se levantó a duras penas y yo salí con todo; él me agarraba con desesperación, porque estaba mareado; hasta que lo salvó la campana.

Quizás algo parecido le ocurrió a Luis Ángel Firpo, el padre del boxeo profesional argentino, cuando en 1923 tiró por primera vez a Jack Dempsey, campeón mundial de los pesados, en Nueva York. Salvando las distancias, diría mi suegro. Me emociona evocar esta epopeya porque el retador nació en Junín, 90 kilómetros al sur de Pergamino, en el seno de una familia trabajadora. La escena que refiero sucedió en los segundos iniciales del combate; apenas sonó la campana, el estadounidense se lanzó sobre el argentino de manera intempestiva y este le asestó una derecha letal. El hasta entonces rey indiscutido de la máxima categoría quedó de rodillas. Dempsey estaba ante un contendiente extraordinariamente duro que el periodismo yanqui bautizó el Toro Salvaje de las Pampas. El norteamericano terminará venciendo por nocaut en el segundo asalto, pero antes atravesará una batalla feroz en la que volverá a ser derribado varias veces. En una de esas ocasiones, saldrá eyectado a través de las cuerdas. La serie de golpes de Firpo que provocaron el desplome de su oponente fuera del ring es uno de los ataques más famosos de la historia del pugilismo.

Dempsey cayó sobre los periodistas, golpeándose la cabeza contra una máquina de escribir y sufriendo un corte superficial en el área posterior de su cabeza. Algunos calculan que estuvo entre 14 y 17 segundos fuera del espacio reglamentario. Sin embargo, el árbitro Jack Gallagher llegó a la cuenta de solo nueve. Esta lentitud del cómputo y el hecho que Dempsey volvió con asistencia, avala la hipótesis de que Firpo ganó por nocaut. En Buenos Aires, la noticia radial de la escena provocó un estallido de júbilo, que se transformará en indignación cuando minutos más tarde Dempsey fue declarado vencedor. Al mes siguiente, la Comisión Municipal de Nueva York suspendió a Gallagher debido a la tardanza de su conteo, a pesar de lo cual nunca concedieron al juninense la esperada revancha.

Gabriel Bermejo versus Martín Bruer, Pergamino, 10 de junio de 2005. Pelea completa (Video).

Décadas más tarde, otro estadounidense, Sugar Ray Robinson, logrará un récord inverosímil de victorias en el primer round. Estoy hablando de un prodigio que suele ser evaluado el más grande de la historia de este deporte. Se desempeñó en las categorías welter y mediano. Sobre 202 peleas que realizó, récord que probablemente nunca sea igualado en ese nivel, ganó 173. De tales victorias, 85 fueron en calidad de aficionado o amateur y triunfó en su totalidad: 65 por nocaut y 40 en el asalto inaugural. En paralelo, Robinson mostraba igual coraje dentro y fuera del ring, lo que le costó un precio alto. Como se rehusaba a cooperar con la mafia, que controlaba el negocio del boxeo, vio demorada la posibilidad de competir por un título mundial hasta 1946, cuando finalmente tuvo la chance en el escalafón welter. Al año siguiente, al debutar como defensor del cinturón ante Jimmy Doyle, sucedió un hecho escalofriante. El retador cayó noqueado en el octavo round, fue retirado inconsciente en una camilla y murió con daño cerebral.

«La noche antes del enfrentamiento con él, yo soñé mientras dormía que lo noqueaba y que moría en el ring», contará Robinson en una entrevista televisiva. «Me levanté esa mañana y le avisé a la comisión que no iba a competir. Ellos dijeron: ¿Por qué? Les conté lo que había soñado y ellos replicaron: oh, Ray, no, eso es solo un sueño. Llamaron a un sacerdote católico y a un ministro y vinieron y hablaron conmigo y me dijeron que siguiera adelante con la pelea. Y, tal como soñé, le di un gancho de izquierda y murió ahí mismo en el ring», continúa el relato del campeón, que ofreció disculpas a la familia del fallecido y saldó la aspiración de este, comprar una casa para sus padres, gente pobre. «Es terrible cuando tenés una premonición antes, sabés; yo tuve el pálpito de que esto iba a pasar y durante mucho tiempo no podía pelear… Cuando volví a empezar, yo no podía golpear fuerte a un hombre ¿Sabés? Estaba muy afectado».

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En el segundo round de la batalla con Bruer salí más decidido. Él trató de recuperarse explotando su punto fuerte, que era boxear de lejos. Pero yo sentí que mi izquierda era incontrolable para él; me agachaba levemente y le sacudía de abajo para arriba; entraban todas y así le fui rompiendo la nariz; de a poquito empecé a construir mi victoria, aunque sin descuidarme, porque mi contrincante era peligroso. De todas formas, esa noche yo estaba inspirado y le gané todos los asaltos. Quizás otro día él podía tener alguna chance, esa noche ninguna; ni él ni nadie; hay momentos así en la vida, en que las cosas se dan.

Sugar Ray Robinson.

En el quinto asalto de nuevo casi lo puse nocaut. Bruer recibía y recibía pero igual iba al frente. Sin embargo, quedó claro que era vulnerable, él mismo se dio cuenta de que podía caer en cualquier momento. Empecé a regular, porque supuse que la contienda iba para largo y tenía que estar preparado para los diez rounds. Me encontraba ante un digno rival; he tenido contrincantes duros, pero Bruer sobresale. Moviendo los brazos le pedía al público que alentara. De pronto revoleé una derecha que le dio en la punta de la pera y otra vez le flamearon las piernas. Se repitió la situación del primer asalto, lo tenía para nocaut, pero lo salvo la campana.

En la sexta vuelta pasó algo interesante. Sentado en mi rincón dije en voz alta lo tengo que noquear y me contestaron bueno, andá, apuralo. Entonces, hice algo que rompe todos los manuales de boxeo; fui directamente a pegarle para voltearlo. Él reaccionó con enorme valor, se la bancó, aunque no daba más; su rincón podría haber arrojado la toalla, ocurre que el padre era muy sanguinario. Yo le disparaba una piña tras otra, estaba decidido a terminar la disputa, sacar a mi rival del ring. Bruer se veía superado y como último recurso intentaba trabarme, abrazarme o agarrarme, algo que nunca había hecho en sus combates anteriores. Se sentía impotente y lo peor era que se comía mi izquierda todas las veces.

Muhammad Alí.

Un boxeador que pulverizó los supuestos de cómo pelear es Muhammad Alí, en general reconocido como el mejor en la categoría de los pesados. Consideraba a Robinson el más grande. Una de sus contiendas emblemáticas fue en 1974 contra el entonces campeón invicto George Foreman en Zaire, en el corazón de África. Alí era un dotado en el uso de las palabras que grabó dos discos de disertaciones y poemas que anticipan el rap, incluso fue nominado al Grammy. Creó el nombre rimbombante del enfrentamiento con Foreman, el Rugido de la Selva, y también la frase que haría famosa su estrategia como retador, Mareo contra las Cuerdas. A partir del segundo asalto, para consternación de su esquina, comenzó a tirarse contra las sogas y cubrirse mientras invitaba al rival a golpearlo con frases provocadoras. Luego contratacaba con ráfagas electrizantes. El desconcierto del campeón permitió a Alí tomar el control e imponerse por nocaut en el octavo.

Gabriel Bermejo versus Martín Bruer, Pergamino, 10 de junio de 2005. Resumen fotográfico (Video).

«Mi enemigo son los racistas blancos de aquí, no los vietnamitas», había declarado Alí en 1967 tras negarse a ser reclutado para la Guerra de Vietnam. Como reprimenda, el Gobierno de los Estados Unidos le quitó el título mundial, anuló su licencia de boxeador y lo envió a la cárcel. «¿Por qué me piden ponerme un uniforme y viajar a 10.000 millas de casa para lanzar bombas y tirar balas a gente de color, mientras que los llamados negros de Louisville [su ciudad natal] son tratados como perros y se les niegan sus derechos humanos más básicos?», agregó. «No tengo ninguna disputa con los vietcong; ningún vietnamita me ha llamado nunca nigger», insistió. «Si quiero morir, moriré aquí, ahora, luchando contra tí. Tú eres mi enemigo, no los chinos, no los vietcong, no los japoneses. Tú eres quien se opone a mí cuando quiero libertad. Tú eres quien se opone a mí cuando quiero justicia. Tú eres quien se opone a mí cuando quiero igualdad».

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El resto del combate frente a Bruer fue una paliza, di una clase de boxeo. Continué atacando, moviendo las piernas, usando la cintura, girando la cabeza, bloqueando y esquivando. Yo estaba bien, entero, aunque obviamente sentía la vehemencia de la refriega. El noveno asalto me mantuve bailando sin cesar, gambeteando al rival y sacudiendo la zurda, que él nunca pudo atajar, se la comió siempre. Mantuve las manos arriba, que es clave ante un pegador, para que cuando ataque encuentre el obstáculo de los guantes. En el décimo round todavía me sentía fresco, por lo que de nuevo salí a embestirlo para vencer por nocaut. Me mandé todo el tiempo, le disparé una cantidad increíble de manos; el público cantaba: y pegue… y pegue… y pegue, Gabi, pegue. O sea que pude cerrar como corresponde, yendo al frente, ganador. Hay boxeadores que empiezan con todo, después decaen y al final dan lástima.

El balance fue una caída de Bruer en el primer asalto, una tambaleada en el quinto y mi superioridad absoluta en todos los rounds. Los integrantes del jurado son tres y cada uno debe llenar una tarjeta con una cuadrícula que divide los dos contrincantes y las diez vueltas. El puntaje máximo por round es diez y habitualmente le otorgan esa cifra al ganador. En una pelea pareja, el derrotado quizás recibe nueve. El que cae pierde dos puntos, por lo que queda con ocho. Así que, de acuerdo con mi cálculo, la pelea en Pergamino debió sumar 100 para mí y 88 para Bruer. Puede ser que el fallo sea unánime o dividido. En este caso, los magistrados me dieron ganador con tres fallos idénticos de 97-92.

El Tiempo, Pergamino, 13 de junio de 2005.

La de esa noche fue una auténtica exhibición de principio a fin, con escenas de ida y vuelta impetuosas y enfrentamientos a cara descubierta, casi estilo pelea callejera. Aguantar diez rounds en ese ritmo exige un altísimo nivel de preparación. Eso es fruto del entrenamiento duro, tres horas a la mañana y otras tres a la tarde. Con mis managers empezábamos a las ocho en la Reserva Ecológica porteña con diez kilómetros de atletismo; como yo vivía en Avellaneda, tenía que levantarme a las seis; después íbamos al gimnasio, le dábamos un rato, descansábamos y retomábamos a la una. Hacíamos soga, bolsa y los demás ejercicios clásicos. Iban todos los pupilos de Martinetti de distintas categorías: entre otros, el Tyson del Abasto; Cristian Darío Leal, alias la Máscara, que peleó por el cinturón argentino; Manuel Azar, apodado Rompehuesos, ídem, fallecido de una insuficiencia cardíaca; Martín Antonio Coggi, conocido como Tony, el hijo de Látigo, que compitió por el cetro nacional.

Látigo Coggi, Gabriel Bermejo y el Bocha Martinetti.

La prensa resaltará que hacía años, desde la llamada época dorada del boxeo pergaminense, que no se veía un show así, con semejante convocatoria de público y ese nivel de competencia. Lo habitual eran peleas arregladas en las que Bonet, el promotor local, buscaba que gane su pichón. Mi caso fue al revés, lo previsto era que venciera el visitante; en los papeles, yo era un trámite para Bruer. Posteriormente, en el pueblo nunca hubo un combate de esa jerarquía en términos deportivos y de convocatoria popular. Mientras tanto, después del triunfo, yo esperaba convertirme en número uno y vislumbraba el campeonato. En mi cabeza, Acosta parecía más accesible; Bruer tenía mayor estatura y era un pegador superior en contundencia.

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«Ganarle a un buen boxeador me da más seguridad para saber que voy a ser campeón», resumiré a la mañana siguiente en charla con el diario histórico de mi pueblo, que titulará con esa frase una nota del 12 de junio. «Gabriel Bermejo le contó a La Opinión cómo vivió la pelea del viernes», anticipa la bajada. «El lunes estaré nuevamente en el gimnasio entrenando», agrego a continuación, en el desarrollo de la cobertura; «vamos a juntarnos con mis managers; vamos a empezar a hablar de Acosta, que viene de perder con Mariano Carrera; no sé si esa pelea fue en mi categoría o si bajó a mediano; si lo hizo en mediano voy a tener que enfrentarlo, pero si lo hizo en súper mediano no sé qué puede ocurrir, porque los tres primeros del ranking no pueden aspirar al título si pierden; a mí me gustaría ganarle a Acosta para ser campeón».

La Opinión, Pergamino, 12 de agosto de 2005.

«Hasta el título argentino no para», profetizará el semanario El Tiempo el 13 de junio. «Gabriel Bermejo venció por puntos a Bruer y ahora va por la corona», sintetiza el renglón inferior. «Previo a la pelea se entonaron las estrofas del Himno Nacional Argentino y fueron recibidas las banderas nacional y bonaerense; los encargados de transportarlas fueron dos figuras grandes del box argentino y mundial, Juan Martín Látigo Coggi y Gustavo Ballas, respectivamente», ambienta la crónica. «Bermejo salió firme, sin especulaciones. Buscó a Bruer desde el inicio tratando de quitarle la chance de hacer su plan de pelea. Y lo logró, porque en el primer asalto, tras meter una buena izquierda, Iron Boy envió a la lona a Bruer, que vio el conteo de Luis Guzmán, el árbitro internacional. El boxeador de Trenque Lauquen se repuso, pero hasta el final del round tuvo que soportar las embestidas del pergaminense».

«Los jurados de la Federación Argentino no hicieron otra cosa que ratificar en los números lo que se había visto arriba del ring. Todos le dieron la pelea ganada a Bermejo por cinco puntos (97-92). El ‘dale campeón, dale campeón’ se hizo sentir en cada rincón y el público despidió al pergaminense con una ovación. Merecida, por cierto. Premio al sacrificio, a la constancia, al trabajo, al esfuerzo, al tesón de una persona que se inicio de grande en la actividad, pero que luchó más que nadie para tener una posibilidad de estas características. Iron Boy tiene bien en claro que para lograr algo importante tiene que trabajar y trabajar. Pero sabe que hasta el título no para».

Gabriel Bermejo versus Martín Bruer, Pergamino, 10 de junio de 2005.

«Gabriel Bermejo ascendió al primer puesto del ranking argentino de la categoría súper mediano», anunciará La Opinión dos meses desués, el 12 de agosto. «Ahora enfrentará al ganador del combate entre Martín Bruer y Gustavo Kapusi por la corona nacional. Ya comenzó los trabajos en busca de mayor potencia», explica. «Después de la victoria frente a Bruer estábamos esperando el veredicto de la Federación», cita mis palabras en el interior de la nota; «si me declaraba campeón nacional interino, porque en el momento en que se hizo la eliminatoria, Rubén Acosta perdió con Mariano Carrera y lo sacaron del ranking. En el último ranking Bruer está número dos, yo número uno y tercero Gustavo Kapusi. Ahora tengo que esperar que se realice una pelea entre Kapusi y Bruer, el ganador va a competir conmigo por el título argentino y también el sudamericano, que están vacantes».

«El desafío ya está hecho. Cuando me vi número uno fue una sensación muy linda. Estoy entrenado bien, guanteo casi todos los días; no trabajo mucho en el peso, no estoy en categoría, pero físicamente estoy ganando en otras cosas. La semana pasada me hicieron u test de fuerza, quieren sacarme más potencia. Sea quien sea el rival, Kapusi o Bruer, se va a topar con un Bermejo diferente. Siempre, en cada pelea que hice, fui evolucionando. Ya vi como cien veces mi último combate, lo charlamos con el equipo y tenemos una idea de lo que me hace falta, vamos a trabajar sobre eso».