Hasta quién sabe dónde (episodio 12)

1°/8/2026

por Lucio Casarini

Ricardo Gabriel Bermejo es boxeador, mago y poeta. Nacido en la ciudad bonaerense de Pergamino, se considera habitante del mundo. Entre infinidad de peripecias, algunas dramáticas, conoció la gloria como héroe olvidado de varias lides y rey del arte de los puños sin corona. Este relato por entregas recoge su testimonio.

Mi faceta de refugiado empezó a despuntar a los 16 años, cuando me escapé por primera vez de casa debido al maltrato de mi papá, cuyo carácter lunático había derivado en la brutalidad y el autoritarismo. Mis éxitos como atleta, que contaré en detalle a su tiempo, probablemente acentuaron el dilema, pues incitaron a mi viejo a tratar de manejarme la vida para convertirme en una máquina de correr que proveyera su orgullo o la gloria familiar. Quería controlar cuánto, dónde y cómo entrenaba, qué decía o hacía, con quién me relacionaba, en qué horario dormía, cómo me alimentaba y hasta qué pensaba. El vínculo se fue tensando y resquebrajando de manera inquietante. De pronto se armaba la podrida, estallaban las discusiones y yo me iba del hogar o él me echaba. Era una escena cotidiana que se repitió infinidad de veces. Mi mamá empeoraba el conflicto, porque apoyaba las acometidas de mi papá y yo quedaba solo contra ambos, de forma que me sentía como acorralado. Entre ellos, encima, también surgían peleas bastante fuleras en las que, con frecuencia, ella recibía agresiones físicas. En definitiva, era un contexto de violencia doméstica.

Poco antes de mi incipiente emancipación, yo había decidido abandonar la educación secundaria, que cursaba en el Colegio Comercial, para dedicarme a laburar. Estaba en segundo año cuando hablé con mis padres y les comuniqué que a partir de entonces dejaría de ir a clase y cumpliría horario como cadete de Posteraro Deportes, un local comercial enorme situado en el corazón del pueblo que patrocinaba mi trayectoria de atleta. La vidriera daba a la calle San Nicolás, frente a La Opinión Plaza, centro de compras esplendoroso que alberga las oficinas del diario homónimo y el Canal 4 de televisión. Ahora suena inadmisible que un adolescente de clase media desista libremente de la educación formal, pero entonces la alternativa entre estudio y trabajo era común. De todas maneras, yo ya conocía el terreno laboral, porque me desempeñaba desde la infancia como ayudante de plomero de mi viejo, que me llevaba a las obras y las viviendas que lo contrataban; así fue como aprendí a romper paredes, colocar caños, hacer roscas, armar canaletas y todo tipo de habilidades.

La siguiente instancia en mi proceso de afirmación personal ocurrió a los 17, cuando abandoné el entrenamiento sistemático del atletismo, una rutina diaria exigente en la que había perseverado varios años. En el comienzo había sido fundamental la figura de mi papá como director técnico. Mientras crecía, yo había logrado funcionar con mayor independencia. Ahora quedaba roto el último lazo que me impedía lanzarme a volar con libertad. Como conservaba la experiencia de deportista de alto rendimiento y un envidiable estado físico, empecé a incursionar en otras disciplinas, principalmente el boxeo, que hasta entonces había practicado de manera esporádica. Además, cuando había una prueba atlética asimismo me enganchaba, pero con ánimo distendido y amistoso. En paralelo, hice ciclismo con una bici prestada, pues comprar una estaba fuera de mi alcance y ni siquiera me interesaba. También participé en varias carreras de triatlón en las que coincidí con un personaje, el Loco Catrini, que solía aparecer en cuanto certamen hubiera, de cualquier disciplina. «Bermejo, te estás acatrilando», me gastó un vecino testigo de mi heterogeneidad competitiva.

Gabriel Bermejo en el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard), CABA, 1985.

A los 17 yo ya vivía de manera habitual fuera del hogar de mis padres. Volvía con intermitencia, me quedaba algunos días y en cuanto se producía algún altercado rajaba de nuevo. Las primeras veces paré en el domicilio de parientes, sobre todo un hermano de mi papá, que cuando el trance se volvió repetitivo me cerró las puertas con la excusa de evitar una pelea mayor. Luego empecé a recurrir a gente amiga, como Pipo Prat, un compañero de atletismo. He rebotado de un lugar a otro; he caminado a la deriva por el pueblo sin tener adónde ir; he dormido en la calle; pase momentos muy feos. Son sensaciones que tengo grabadas y cuando veo a alguien sin techo sé lo que está sufriendo. De todas maneras, la ofuscación de mi papá nunca mermó; al contrario, continuó aumentando. La pugna más grave será en mi juventud, después de la muerte de Hernán, cuando, según narraré en páginas futuras, me disparó dos balazos al pasto delante de los pies. La primera ocasión en que dormí a la intemperie tenía 16 años, dentro de una obra en construcción abandonada. El segundo refugio fue una parada de colectivo lejos del centro de la ciudad. Era algo de incógnito que hacía a escondidas para evitar que mi familia me encontrara. El siguiente poema de mi autoría, titulado En el valle, expresa solapadamente, con una sucesión de metáforas, la nostalgia de quien carece de hogar.

Tengo una casa en el valle

hecha de paja y palo,

una sombrilla,

una escoba que no barre,

un sartén sin mango,

un catre sin amores

y empapado de hollín un jarro;

una ventana que da al horizonte

y me acerca al cielo,

un perro que escucha,

un poema dibujado en un árbol,

una bandada de aves

que de a una se fueron quedando,

una mesa de madera,

un tronco como banco,

una caricia hecha nostalgia,

un arroyo que pasa de lado

y dos llagas en el corazón;

una se curó,

la otra me sigue quemando.

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Cuanto relato carece de espíritu de queja o lamento por un motivo muy simple. Las penurias que menciono son, desgraciadamente, demasiado comunes. Uno de cada 70 seres humanos se halla fuera de su hogar por la fuerza, calcula la Organización de las Naciones Unidas. Esa circunstancia, que los expertos llaman desplazamiento, es provocada por conflictos, violencia y persecución. Dentro de ese conjunto, un tercio pertenece al estatus de refugiado, que abarca a alguien impedido de regresar a su tierra por un riesgo vital directo. Cuatro de cada diez de los últimos son menores de edad: se encuentra en la infancia o la adolescencia. Siete de cada diez provienen de Siria, Ucrania, Afganistán, Sudán del Sur, Sudán y la República Democrática del Congo. Con el fin de protegerlos, la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) establece dos principios básicos. Está prohibido enviarlos a un sitio donde sus vidas o libertades corran peligro. Tienen derechos esenciales como salud, educación, vivienda y trabajar legalmente en el lugar de acogida. La Argentina reconoce estos principios por medio de la Comisión Nacional para los Refugiados (Conare). Las personas recibidas hoy por nuestro país provienen en su mayoría de Venezuela, Colombia, Siria, Cuba, Ucrania, Palestina, entre otros orígenes.

Dentro de la Argentina, el problema de los desplazados es igualmente una constante. El gaucho Martín Fierro encaja perfectamente y su historia puede leerse como la de un refugiado interno. El personaje creado por José Hernández sufre un desarraigo forzado cuando el Estado lo persigue, lo recluta obligado para la frontera y, a su regreso, descubre que ha perdido tierra y familia. El libro narra un proceso de desplazamiento sistemático. Primero, el protagonista es víctima de la leva o reclutamiento forzado: el juez de Paz lo envía al ejército por cuestiones políticas; en los fortines padece abusos y miseria, lo que lo empuja a desertar para sobrevivir. Segundo, sufre la pérdida de su hábitat y la marginación: al volver, encuentra que su rancho es solo una tapera y se convierte en un matrero, perseguido por la ley. Emprende el exilio hacia el territorio indígena: sin lugar en la sociedad, marginado y hostigado, cruza la frontera y busca asilo viviendo temporalmente en las tolderías de los pueblos originarios junto a su amigo Cruz. El poema representa una denuncia social sobre cómo el Estado convirtió a ciudadanos productivos en proscritos, despojándolos de todo y arrancándolos de su comunidad.

Un flagelo vinculado de escala planetaria es la trata de personas o esclavitud, que abarca delitos asimismo perceptibles para el ciudadano medio, como la práctica de vender niños. Según la jurisprudencia internacional, este atropello es una explotación en el momento en que la criatura es tomada como un objeto de intercambio bajo engaño o fuerza. Mi abuela paterna, doña Enriqueta, como he referido, era de ascendencia tehuelche, originaria de la ciudad de Los Toldos. Cuando beba fue entregada por encima de un alambrado a dos solteronas de Pergamino que la criaron en su domicilio del barrio Otero, un área cruzada por diagonales en el extremo noreste de la ciudad. En esa zona crecerán también mi papá y sus hermanos, que recuerdan a las apropiadoras como mujeres en extremo religiosas permanentemente vestidas de negro. Mi viejo cuenta que los llevaban a un templo cercano, la capilla de Santa Teresita, para asistir a misas que les parecían tenebrosas, celebradas entre susurros de noche a la luz de las velas.

Gabriel Bermejo con la camiseta del Club Argentino de Pergamino, 1985.

El templo en cuestión sigue en pie, tiene como cien años y es de estilo románico, rústico, con un campanario que se eleva en el flanco izquierdo coronado por una punta y una cruz de hierro. Lo rodea un parque amplio con reja y alambrado olímpico que acoge una cancha de fútbol, una casa vieja y otra edificación un poco más moderna. Imagino que constituye una miniatura de la iglesia icónica de Pergamino, Nuestra Señora de la Merced, patrona local, que es igual de antigua y queda en el centro urbano. Casualidad o causalidad, a mis 19 años, en plena vida errante, el predio de Santa Teresita se convertirá en mi hogar y quedará en mi memoria como sitio de una etapa entrañable de mi juventud. Sin haberlo planeado, una tarde pasé caminando y me sorprendí al toparme con Sergio Tachín, un amigo de la infancia, parado en la vereda. Este me contó que afectado por intríngulis familiares se había instalado en la vivienda anexa al templo, un espacio abierto a personas necesitadas de refugio. En cuanto le expliqué mi circunstancia me invitó a mudarme allí, para lo que solo necesitaba conversar con el sacerdote, un hombre accesible.

El cura se llamaba Jorge Galli y era un personaje del pueblo. Petiso, de barba gris, carismático y afectuoso, estaba comprometido con la gente humilde y creía sinceramente en la justicia social, valor que consideraba el núcleo del Evangelio. Iba al frente, tenía ideales. Había salvado gente perseguida durante la última dictadura. Algunos lo tildarían de zurdo de mierda. Galli había nacido en 1930 en Tres Algarrobos, unos 300 kilómetros al suroeste de Pergamino, en una familia pobre y profundamente cristiana. Su hogar estaba compuesto por Floro, el papá, obrero de la construcción, Cipriana, la mamá, empleada doméstica, y once hijos, entre ellos el futuro presbítero. Este tenía 12 años cuando una enfermedad se llevó al padre, lo que obligó a la viuda a ingresar a los niños en un asilo en la Capital Federal, donde Jorge terminará la escuela, se iniciará como albañil e intuirá el llamado al sacerdocio. En el transcurso de su adolescencia y juventud, el muchacho se verá envuelto en circunstancias inusitadas. El 17 de octubre de 1945, sumergió sus pies en la fuente de la Plaza de Mayo mezclado en la multitud que clamaba por Juan Domingo Perón, presidente durante la década posterior. En 1955, tras el golpe de Estado contra el fundador del Partido Justicialista, se involucrará en la resistencia a la dictadura militar. En 1958, iniciará el seminario porteño, donde con el correr de los años su compromiso político se convertirá en un obstáculo, lo que lo obligará a buscar nuevos rumbos dentro de la iglesia argentina.

Sexta división del Club Argentino de Pergamino, 1985 (Gabriel Bermejo está parado, es el tercero de izquierda a derecha).

En 1966, será ordenado por Carlos Horacio Ponce de León, obispo de San Nicolás, y se radicará en Villa Pulmón, asentamiento precario cuyo terreno hoy acoge el famoso Santuario de la Virgen del Rosario. Poco más tarde, Galli se integrará al Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo junto a Carlos Mugica, que en 1974 será fusilado por la Alianza Anticomunista Argentina, la Triple A. De inmediato, para evitar ser el siguiente objetivo de las balas, el padre Jorge emigró a Pergamino, dentro de la Diócesis de San Nicolás, y se instaló en la capilla Santa Teresita. En 1976, será detenido por los militares que acaban de iniciar el Proceso de Reorganización Nacional y liberado nueve días después por pedido de Ponce de León. El obispo, que recibía amenazas de forma constante, morirá en 1977 atropellado mientras conducía su automóvil. En 1976 había perdido la vida Enrique Angelelli, obispo de La Rioja, en circunstancias similares. El cura se quedará en Pergamino y fallecerá de un aneurisma cerebral en 1995. Sus restos descansan en un mausoleo aledaño al templo que fue testigo de su trabajo sacerdotal abnegado durante las dos décadas finales de su vida.

Uno de los episodios clave de la vida de Galli es su encuentro privado con Juan Domingo Perón en 1973, después de que el líder regresara de 18 años de exilio. Era un momento crucial. La cúpula de la organización guerrillera Montoneros, que levantaban la bandera de la Juventud Peronista, había asesinado a José Ignacio Rucci, amigo del líder y secretario de la Confederación General del Trabajo. Perón rogó a Jorge disuadir a los pibes de la lucha armada y proponer una alternativa pacífica, que se llamará JP Lealtad, rótulo que invitaba a adherir al jefe del movimiento. Galli, Mugica y otros recorrieron el país en una operación de rescate; casi todos los jóvenes que oyeron el llamado se salvaron de una muerte segura; quienes permanecieron en la vía armada serán en su mayoría exterminados. La escisión, concretada a principios de 1974, obviamente molestó a Montoneros, que reaccionó condenando a muerte en forma pública a quienes llamó «rebeldes y traidores».

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A continuación, copio un escrito autobiográfico de Galli difundido post mórtem por allegados pergaminenses, entre quienes se encontraba Miguel Ángel Urbaneja, el Pollo, aquel amigo que he citado, que me ayudó tanto. Se trata de anotaciones del cura realizadas a mano en un cuaderno, una especie de diario personal. Mezclan relatos de cierto desarrollo y numerosas frases sueltas de sentido metafórico o simbólico, que requieren conocer el contexto para su interpretación. Aparecen nombres y hechos históricos, algunos más asequibles para el público en general y otros un poco menos.

Me ubico como si estuviese pensando en 1978… O contándole a alguien como he llegado hasta ahora….

1941: Papá albañil, mamá sirvienta en estancias de ingleses…, somos 11 hermanos, católicos practicantes todos.

1943: Papá enfermo… Todos al asilo porque no se soportaba la pobreza en casa.

1945: Mamá: Este es el hombre que viene a hacer lo que nosotros pensamos y queremos.

17 de octubre de 1945: varios hermanos estamos en Plaza de Mayo, hay que defender al defensor de los pobres…; la justicia social es el verdadero cristianismo….

1955: En casa no entendemos más nada… los malos son los que Perón tiene alrededor… lloramos (yo para entonces era oficial albañil… en Mataderos)

Estamos en las huelgas del frigorífico Lisandro de la Torre en Buenos Aires…. Entro en los niveles de base de la resistencia.

1958: Ingreso al seminario a estudiar para cura. Me quieren cambiar de clase social. Les digo que no, formamos el grupo de los obreros entre los estudiantes.

1960: Nos vemos con los Rearte, Vallese, conocemos a Amado Olmos, a Jorge di Pascuale, la JP de ese entonces…, en el Sindicato de Farmacia a Jorge Rulli, la Bechi…; los gases lacrimógenos, las corridas…; las fugas del seminario por las ventanas para ir a las villas miseria, la de Colegiales, Villa Jardín…: traer a Perón.

Después: Juan XXIII, Cuba, el Che…; traer a Perón para hacer la revolución peronista. Varios muchachos dejan de seminaristas o de curas…; Taco Ralo y cosas por el estilo. Yo sigo adentro, pecado hay en todas partes un poco… yo seguiré trabajando para la revolución desde este lado de los pecados de la Iglesia, ya lo harán desde aquel lado de los pecados de la revolución”

1965: Conflictos con mi obispo, el cardenal Caggiano, por defender el derecho de los trabajadores organizados a recurrir a la violencia (las ocupaciones de fábricas con toma de rehenes durante el plan de lucha de la CGT y otras cositas) una vez agotadas las vías pacíficas y ante una grave y prolongada situación de injusticia”.

1966: Caggiano no me quiere de cura y me hecha… Me ordena como sacerdote en San Nicolás otro obispo: Ponce de León…  Pleno auge de los curas obreros… yo obrero cura… Villa Pulmón (una villa de San Nicolás). Mientras los excompañeros del seminario, entre otra gente, buscan caminos diferentes al de Taco Ralo; yo trabajo en la villa, en la iglesia y de albañil en Somisa, vivo en la villa, rezo misa, organizo… En tanto, participo en el Movimiento de Curas del Tercer Mundo.

Video de Juan Carlos Zabala, ganador de la maratón olímpica en 1932.

1969: Un gran sector de la Iglesia, laicos y curas, desembocan en la última etapa de la resistencia… La patria socialista, las formaciones especiales, las orgas, el PB y la JP, la guerra integral…; el 1er retorno, el regocijo de Gaspar Campos, el llanto de Ezeiza, la silla de ruedas de Nell…; López Rega, la insubordinación de los Montos… Junto a gente no católica (también el cura Mugica y otros curas) hacemos el intento de rectificación que fue la Lealtad… también los sectores cristianos revolucionarios entran en la generalizada confusión de la clase media… Enterramos a Mugica… Los Montoneros se enloquecen… todos enloquecen…

1974: Muerto Perón, pido una parroquia en el suburbio de Pergamino y espero… Destrozada la esperanza que habíamos salido a pasear en las operetas y por la Plaza de Mayo, volvemos a proteger y alimentarnos con la esperanza que había quedado en la retaguardia: en las villas, en los barrios pobres, en los boliches de la periferia.

1976: La jerarquía me sacó de la cárcel en abril, después de tan solo nueve días de preso; pero mucho menos logra para miles que no aparecen más…; la vergüenza de estar vivo… me paso los años a disposición del Poder Ejecutivo y a disposición de que cada día vengan a secuestrarme… pero me porto bien, me quedo exiliado en barrio Otero, en las tolderías del Martín Fierro, enseñando a los chicos el catecismo y la marcha, les enseño cómo pararse en la cancha de fútbol, organizados, para no perder por goleada;  que los chicos buenos se vayan a otra iglesia… A los grandes, que el fútbol, el vino, los asados, la amistad y los cuartetos cordobeses son un gran invento de Dios, para que a pesar de la inseguridad mantengamos la esperanza, que también a Cristo lo mataron, pero resucitó… Que el coya sentado bajo el árbol, haciendo la siesta (dice) con el sombrero que le tapa los ojos (dice), estoy despierto e igual me ve y está esperando, con astucia… que pase el tiempo… que estos hijos de puta se gasten… que se los lleve el viento… que los hombres pasan, pero los pueblos permanecen…; y que hay que clandestinizarse en las culturas, en las alegrías de cada día… en el vino, en el fútbol bien jugado, en el cariño por los hijitos y en el asado; pero que traigan también a las mujeres y a los chicos, porque la cultura se cuida en familia.

Y no importa que yo despierte a los gritos soñando que los militares me vienen a buscar y me corren por los pasillos y los patios de ese enorme convento. No importa (cuando me he despertado) que, en el sueño, me miraban con asombro, inmóviles, los otros curas, porque yo iba con un arma en la mano…; y mamá y mis diez hermanos se quedaban helados, preguntándose que habrá hecho (algo habrá hecho).

Y no importa que me digan desde la Jefatura Militar de San Nicolás, que no junte jóvenes en la iglesia, que no junte gente (yo me hice cura para juntar a la gente); que yo soy inteligente y se cuál es mi situación… que les haría correr riesgos a los mismos muchachos… que más vale cuide que los muchachos no hagan el amor del otro lado del paredón de la iglesia…

Gabriel Bermejo en plena carrera, 1985.

Y no importa, porque si el vino viene, viene la vida y porque si creemos en Dios tenemos que conservar la esperanza… la esperanza… la esperanza y tenemos que defender la risa y refugiarnos en lo que no nos puedan quitar, que es nuestra cultura, como Martín Fierro en las tolderías…; que disimulemos como el coya… que no nos arriesguemos porque nos van a matar… que tenemos el tiempo a nuestro favor… pero si conservamos lo nuestro: la cultura; si conservamos la risa y la esperanza… que hay que jugar un fútbol bien jugado… y que yo soy albañil y les ayudo a levantar la casa porque no pierdan la esperanza…; y a alguna chica que quedó embarazada, paciencia, que le va hacer, que Uds. han hecho un peronista más y que cada chico que nace es una esperanza nueva…; quién sabe si este negrito no es el tipo que suplante a Perón…; que también Jesús nació pobre en un pesebre… y que Herodes mató a todos los chicos, los Santos Inocentes, pensando que entre ellos estaba Jesús, pero Jesús había entrado en la clandestinidad y después, aunque no lo querían los poderosos, se lo tuvieron que aguantar… y que, por eso, ser peronista es no perder la esperanza…; y que después de haberlo visto a Perón en Gaspar Campos la alegría todavía nos dura… porque se la pusimos a la contra… y que si pudimos una vez , aunque sea después de 18 años, también vamos a poder ahora; y que por eso, hay que tener esperanza.

1983-1987: Y ahora, los que estamos vivos y aquí y enteros, después de habernos muertos de miedo, muertos de vergüenza por no estar muertos, mientras otros morían de verdad… ya que tenemos la vida de prestado y nuestra vida no nos pertenece… y no somos simplemente seres vivos, sino que somos resucitados… y que los que resucitan tienen otras responsabilidades… y que saben más de la vida que los que recién están en la primera vida… y sabemos que la esperanza no quedara defraudada. Y que ya volverá Evita y volveremos a ser millones todos juntos. Dios puede, ayudémosle o mejor, podemos, que Dios nos ayude.

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En 2019, el Pollo Urbaneja y otros pergaminenses inauguraron una placa en el memorial donde se encuentran los restos del cura. La lámina reproduce una carta manuscrita del Papa Francisco: «Al cumplirse un nuevo aniversario de la muerte del P. Jorge Galli, agradezco al Señor su presencia como pastor de pueblo. Que aprendamos de él que ‘no somos simplemente seres vivos, sino que somos resucitados’. Dale Señor el descanso eterno y que la luz perpetua brille en él. Descanse en paz».

Es probable que Galli haya transcurrido su secuestro, al menos parcialmente, en la Comisaría Primera de Pergamino, considerada Centro Clandestino de Detención durante la última dictadura. La ciudad se encontraba dentro del Área Militar 132, que abarcó además los partidos de San Nicolás, Ramallo, Baradero y San Pedro. Los coroneles Manuel Saint Amant, entre 1975 y 1977, y Norberto Ferrero, entre 1977 y 1979, coordinaron el salvajismo conjunto de escuadrones militares y policiales. La Justicia Federal, dentro de la llamada Causa Saint Amant II, elevada a juicio en 2014, ha establecido la identidad de al menos 23 personas que permanecieron secuestradas en la delegación pergaminense. Los testimonios revelan operativos que partían en los vehículos de la fuerza de seguridad y regresaban con víctimas y diferentes botines. En general, de acuerdo con el manejo común de los represores en todo el país, tras una etapa en la comisaría local, los rehenes podían ser trasladados a otro destino para su tortura o exterminio.

El obispo Carlos Horacio Ponce de León iba el 11 de julio de 1977 como conductor de un automóvil Renault 4 en un día lluvioso con el joven Víctor Oscar Martínez, un colaborador, como copiloto. El coche se trasladaba por la Ruta Nacional 9 a la altura de Villa General Savio cuando se le cruzó una camioneta Ford 100 que circulaba en sentido opuesto y lo chocó violentamente. El prelado murió horas después en el hospital de Ramallo de una hemorragia cerebral. La investigación estuvo plagada de irregularidades y fue clausurada prematuramente, por lo que la autopsia fue hecha recién en 2009. Hay indicios que ligan el vehículo agresor, ocupado por dos civiles que quedaron ilesos, con el Ejército. Martínez sobrevivió y denunció haber visto personal militar en el escenario. Además, el joven dijo que después de su recuperación fue perseguido, secuestrado y torturado de forma reiterada. «Podría tratarse de un atentado pergeñado por las autoridades militares de la región», ha declarado Matías di Lello, fiscal federal de San Nicolás que intervino en la causa Saint Amant II. «Por cuanto existen pruebas claras de que monseñor Ponce de León era objeto de operaciones de inteligencia por parte de la dictadura cívico-militar», citó el expediente hoy en proceso como crimen de lesa humanidad. «También en dicho contexto recibía cuantiosas amenazas de muerte, todo ello en virtud de la ayuda, contención y defensa que profesaba respecto de personas y/o grupos de personas perseguidas o desaparecidas por cuestiones políticas, gremiales, sociales y/o religiosas».

Juan Carlos Zabala, ganador de la maratón olímpica en 1932.

Enrique Ángel Angelelli, obispo de La Rioja, iba el 4 de agosto de 1976 al volante de una camioneta Fiat 125 en plena luz del día acompañado por el sacerdote Arturo Pinto. El vehículo circulaba por la Ruta Nacional 38, en el paraje Punta de los Llanos, cuando salió de control y quedó volcado en la banquina. Angelelli fue encontrado muerto a algunos metros del coche con una fractura letal en la nuca. Pinto sobrevivió y denunció que la tragedia había sido provocada por otro auto que los había encerrado deliberadamente, que el lugar había sido rodeado en seguida por personal policial y militar, y que el pastor había sido víctima de un homicidio. En el momento de la tragedia, las víctimas regresaban de la localidad de Chamical a la capital riojana luego de celebrar una misa en honor de Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, sacerdotes que dos semanas antes habían sido torturados y muertos. Días después de esta brutalidad, Wenceslao Pedernera, obrero rural, padre de familia y colaborador estrecho de Angelelli, había sido fusilado por desconocidos en la puerta de su casa en el pueblo de Sañogasta. En 2013, la Justicia argentina condenará a varios integrantes de las fuerzas armadas por el crimen de Murias y Longueville. En 2014, tomó una decisión análoga respecto de la muerte de Angelelli. En 2018, el papa Francisco declaró mártires al obispo, los dos curas y Pedernera; de esta forma, se convirtieron en las primeras cuatro personas consideradas oficialmente con ese rótulo por haber derramado su sangre en territorio argentino; en 2019, además, todos fueron beatificados.

Terminada la última dictadura, la Comisaría Primera de Pergamino continuará funcionando hasta convertirse en escenario del mayor horror de la historia de la ciudad. El 2 de marzo de 2017, los presos Sergio Filiberto, Federico Perrota, Alan Córdoba, Franco Pizarro, Jhon Mario Claros, Juan José Cabrera y Fernando Latorre murieron asfixiados y quemados durante el incendio de un calabozo. En 2019, seis agentes policiales serán condenados por abandono de persona agravado, pues se abstuvieron de actuar para prevenir el fuego y luego auxiliar a los detenidos; además, agredieron a los 12 sobrevivientes y obstaculizaron el trabajo de los bomberos. El fallo fue emitido por el Tribunal Oral Criminal Uno de Pergamino, el mismo en el que se había realizado el juicio por el homicidio de mi hermano Hernán en 1999. Los familiares de los fallecidos, unidos en el grupo Justicia por los 7, y otros actores de la comunidad impulsaron la transformación del predio de la iniquidad, hoy rebautizado Espacio para la Memoria, Defensa y Promoción de los Derechos Humanos. El edificio se encuentra en manos de la Comisión Provincial por la Memoria; está orientado a la lucha contra la violencia institucional; se encuentra en proceso de conservación e investigación, por lo que las actividades conmemorativas se realizan en el exterior; tiene entre sus objetivos eventos educativos, culturales y artísticos, un centro de documentación especializado en derechos humanos, y el respaldo de los juicios por crímenes de lesa humanidad.

Video de Delfo Cabrera, ganador de la maratón olímpica en 1948.

La masacre de Pergamino, como llama aquella abominación la memoria popular, es el segundo peor crimen perpetrado en una sede policial argentina desde el regreso de la democracia. El primer puesto en el ranking de la barbarie corresponde a otro incendio, ocurrido en la Comisaría Tres de Transradio, partido bonaerense de Esteban Echeverría, un año y pico después, el 15 de noviembre de 2018. Atrapados en circunstancias similares a las descriptas, expiraron diez de los ciudadanos que se encontraban detenidos y dos quedaron graves. La delegación tenía siete clausuras declaradas, estaba inhibida para alojar presos y carecía de matafuegos o cualquier dispositivo para combatir las llamas. Ningún agente acudió a sofocar la hoguera o abrir las celdas. Tampoco se dio aviso al cuartel de bomberos ni se informó a los familiares. En 2026, el Poder Judicial emitirá un veredicto controvertido. El Juzgado en lo Correccional 7 de Lomas de Zamora condenará a solo dos de los numerosos policías implicados, que recibirán penas excarcelables por el delito de estrago culposo agravado.

En la época de ambas atrocidades, según la Comisión por la Memoria bonaerense, el número de detenidos en comisarías triplicaba las plazas existentes. Es decir, la cantidad de camastros o catres. En 1.054 de estos, que ni siquiera podrían contarse como cupos, según estándares internacionales, se alojaban 3.321 seres humanos. De las 458 comisarías bonaerenses, solo 177 estaban habilitadas para recibir detenidos. Las restantes 281 se encontraban clausuradas por orden judicial o resolución gubernamental. Sin embargo, 112 de estas dependencias vetadas continuaban alojando presos. Como resultado, 1.357 personas (1.236 varones y 121 mujeres) se encontraban arrestadas en espacios sin las condiciones mínimas.

Delfo Cabrera, ganador de la maratón olímpica en 1948.

Además del grupo Justicia por los 7, constituido por familiares de las víctimas de la masacre de Pergamino, hay otros núcleos de ciudadanos que enfrentan batallas sociales emblemáticas. Por caso, las Madres de Barrios Fumigados, que llevan años de pulseada contra un gigante poderosísimo, la corporación del campo. Sabrina Ortiz ha recordado cómo los síntomas llegaban puntuales después de cada aplicación en ella y sus hijos Fiamma y Ciro: hinchazón en la garganta, sarpullidos, desprendimiento de piel y problemas respiratorios. María Alejandra Bianco tiene hijos diagnosticados con púrpura trombocitopénica, un trastorno hemorrágico, y cáncer de tiroides. Paola Díaz perdió una hija por leucemia. Florencia Morales murió de cáncer.

El daño en Sabrina Ortiz y su familia fue comprobado por Delia Aiassa, bióloga de la Universidad Nacional de Río Cuarto que dirige el laboratorio de Genética y Mutagénesis Ambiental (GeMA). El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), detectó plaguicidas en el agua de consumo de tres barrios pergaminenses: Villa Alicia, La Guarida y Luar Kayad. Halló casi dos decenas de agroquímicos diferentes, entre ellos el glifosato, su metabolito AMPA y atrazina, herbicida prohibido por la Unión Europea. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) calcula que el uso de pesticidas agrícolas creció más del 900% en el presente siglo, acelerado con la expansión de la soja transgénica resistente al glifosato. La Ley General del Ambiente de la Nación, de 2002, establece que ante peligro grave o irreversible al ambiente o la salud, es innecesaria la certeza científica absoluta para aplicar medidas de protección. Este criterio sirvió para que la Justicia Federal emitiera las disposiciones cautelares que en 2018 frenaron las fumigaciones terrestres y aéreas cerca de la zona urbana de Pergamino.

Esa primera victoria legal de las Madres de Barrios Fumigados propició la siguiente. El Tribunal Oral Federal 2 de Rosario, con sede en esa ciudad santafecina, falló en 2026 que la fumigación con plaguicidas próxima a sectores residenciales perjudicó la salud de los ciudadanos. Además, condenó a Mario Daniel Tocalini y Guillermo Nicolás Naranjo, exfuncionarios municipales, por incumplimiento de deberes, pues ignoraron los controles previstos; ambos integraban la Dirección de Ambiente Rural; quedaron inhabilitados para cargos públicos durante cuatro años y deberán realizar tareas comunitarias vinculadas con la salud o el ambiente. El veredicto ordenó además al Ministerio Público Fiscal investigar la responsabilidad de Javier Arturo Martínez, intendente hasta la actualidad, y numerosos subalternos. En paralelo, el dictamen mantiene vigentes las medidas cautelares. En contraparte, fueron absueltos siete productores y técnicos agropecuarios: Fernando Cortese, Mario Roces, Víctor Hugo Tiribó, José Grattone, Carlos y Hugo Sabatini, y Cristian Taboada. Los jueces reconocieron ausencia de prueba suficiente acerca de estos para acreditar responsabilidad penal. Lo cual es distinto de declararlos inocentes.

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Siguiendo el consejo de Sergio Tachín, ese mismo día esperé al cura Galli a la salida de la misa vespertina, me presenté, le expliqué mi situación y de inmediato me dijo por supuesto, Gabriel, sos bienvenido, pero con una condición: que asumas el rol de jardinero parroquial, con el desafío de mantener prolijo y limpio el pasto, los rosales y los árboles. Todavía me cuesta creer que el asunto se resolviera de forma tan simple. Galli fue siempre amable y generoso con nosotros; aunque lo veíamos poco, porque durante días y hasta semanas enteras estaba ausente, atendiendo otras iglesias, y nunca paraba con nosotros, lo hacía en un departamentito situado atrás de la capilla. Sergio, que llevaba un par de temporadas instalado, y yo éramos los únicos que residíamos de manera estable. Por lo que nos ocupábamos del orden y la limpieza dentro de un panorama contrastante. A pesar de algunas precariedades, como el deterioro edilicio y la ausencia de agua caliente, gozábamos de abundancia de víveres: yerba, fideos, arroz, salchichas, leche, harina, frutas, verduras y demás. Sin duda, es el mejor albergue que habité en el pueblo después de irme de lo de mis padres.

Mario Alberto Kempes acaba de meter el 2-1 de Argentina ante Holanda, 1978.

Tachín, que era flaquito y chiquito, caía a tomar mate al volver de su empleo. Trabajaba con unos chilenos dueños de una granja avícola que poseía gallinas ponedoras en cierta escala, lo que se llama una fábrica de huevos. Cada vez traía un maple o bandeja con una docena. Su tarea consistía en armarlos, era hábil con las manos. La granja quedaba a un par de kilómetros de distancia, que hacía caminando; partía a la mañana temprano y volvía a la tarde. Teníamos más o menos la misma edad. Nos habíamos conocido como vecinos a los 13 o 14 años, cuando Sergio y su familia habitaban un inmueble tomado sobre una calle de tierra, cerca de mi hogar paterno de ese momento. Un área aledaña se inundaba cuando llovía e íbamos a cazar ranas con otros chicos. Como yo entonces estaba consagrado al atletismo, cotidianamente pasaba trotando por su puerta, seguía hasta el Club Atlético Douglas Haig y después cruzaba la Ruta Provincial 178, la misma que al cabo de 30 kilómetros ingresa en territorio santafecino.

Uno de los aspectos más impactantes de mi experiencia en la casa parroquial fue el contacto con ciudadanos desesperados que se acercaban en busca de consuelo, comida, ropa o techo. La morada recibía sin cesar nuevos desvalidos, que se quedaban algunos días y luego se largaban. Una presencia común eran mujeres con hijos víctima de algún atropello doméstico, seres que me conmovían profundamente. En la provincia de Buenos Aires hoy existe una red de refugios y hogares diseñados específicamente para alojar a ciudadanas y sus hijos en situaciones de violencia de género. Se conocen formalmente como Dispositivos Territoriales de Protección Integral. Funcionan mediante una red que articula tanto cobijos municipales como provinciales y de organizaciones sociales. Existen albergues de protección integral (para casos de alto riesgo, donde el agresor es peligroso y la víctima no tiene redes de contención) y guaridas de medio camino o de tránsito (espacios temporales orientados a que la persona arme un nuevo proyecto de vida con autonomía). Cuentan con equipos de psicólogas, trabajadoras sociales y abogadas. Por motivos de estricta seguridad para las víctimas y sus hijos, la ubicación nunca es pública. Las vías de acceso y comunicación inmediata son: Línea 144 (Nacional): Gratuita, anónima y disponible las 24 horas, los 365 días del año. Línea 911: Para emergencias inmediatas si hay un peligro en curso. Cada municipio cuenta con una Dirección de Género o Secretaría de la Mujer que evalúan el caso y solicitan la vacante a la Red Provincial de Dispositivos de Protección.

Debido a que la actividad más intensa en la capilla de Santa Teresita era los fines de semana, con Sergio los sábados y domingos estábamos a disposición de Galli en lo que necesitara. Cada dos por tres me tocaba vestirme de monaguillo, con alba blanca y un cordón en la cintura. Quién lo hubiera imaginado. Por suerte, el templo nunca sufrió una rajadura ni se cayeron los santos, hasta donde sé. Aunque cometimos pequeños sacrilegios. Varias veces robamos algún que otro vasito de vino de misa, que era riquísimo, dulzón; para compensar, echábamos agua en la botella; el cura, después, mientras celebraba la misa, al tomar, se daba cuenta de que estaba rebajado; nos miraba de reojo y nosotros nos hacíamos los pelotudos o desentendidos. Sin embargo, nos inspiraba el mayor respeto, pues éramos felices y se lo agradecíamos sinceramente, como todos los que lo conocieron. Su tarea sacerdotal fue tan eficaz que sigue dando frutos. Después de su muerte, en el edificio separado de la casa se creó el Centro de Desarrollo Comunitario Padre Galli, que funciona bajo la órbita de la Dirección de Salud Mental de la Municipalidad de Pergamino. Es un espacio de prevención y tratamiento de adicciones. Ofrece contención, terapias grupales y acompañamiento interdisciplinario para consumos problemáticos.

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La influencia del cura Galli alcanza mi mundo sentimental, porque mientras habitaba la vivienda de la capilla conocí a mi primera esposa, Daniela Balhort, vecina del barrio. Fue un amor a primera vista. Yo tenía 19 años y ella 16. El flechazo se produjo en la casa de otra piba que residía pegada a la iglesia. La amiga me dijo dónde era el domicilio y fiel a mi estilo, porque soy mandado, me aparecí y toqué la puerta. Salió Susana, la mamá, una mujer petisa y negrita. Hola, qué tal, está Daniela, dije y a continuación esgrimí un pretexto que funcionó, aunque al cabo de algunas vueltas, porque Héctor, el papá, un hombre estricto, trabajador rural, consideraba que la hija era demasiado joven para tener novio. Por ende, tuve que pedirle la mano formalmente y aguardar que me asignaran días y horarios de visita que soy incapaz de recordar, pero que pudieron ser el martes y el jueves después de la siesta. Yo golpeaba, ella salía y conversábamos en la vereda. De a poco nos fuimos enganchando, hasta que empecé a caer todos los días. Así estuvimos como un año.

Mientras tanto, había aumentado mi masa muscular entrenando regularmente en un gimnasio de boxeo y me había iniciado como patovica al servicio de algunos boliches bailables. Laburaba la noche del viernes, el sábado y el domingo. Uno de los locales se llamaba Corralón. Había cumplido 21 años cuando, gracias al nuevo ingreso, me mudé a la pieza de un hotel antiguo en la esquina de Florida y Ameghino, un inmueble que hoy aloja un comercio de electrodomésticos. Al cabo de dos o tres meses de residir en el hotel, al despedirme de Daniela en su casa, ella me dijo que quería conocer mi hogar. Comenzó a caminar a mi lado. Yo traté de convencerla de que volviera, sin resultado. Por lo que entró conmigo a la pieza y se quedó un par de días. Ambos deseábamos aquel encuentro y ninguno fue capaz de interrumpirlo. Este poema, que titulé Puedo, es un ensayo acerca de lo que encontramos a nuestro alcance en la intimidad con alguien, como rogar una caricia o regalar un beso.

Puedo lacerar con antojos / mis pies desnudos, / rogarte una caricia / para ser feliz…

Crear con mis manos / poemas nuevos, / juntar mil versos / solo para ti…

Pero la vida, / que no es sino otra mentira, / maltrató a Dios sin ti.

Puedo rogarte un beso / púrpura de quererte / y quedarme así, / junto a mil versos, / solo para ti.

Gabriel Bermejo está de pie y de perfil, es el segundo de izquierda a derecha (La Opinión de Pergamino, 1985).

Como Daniela legalmente todavía era menor, tenía 17, los padres denunciaron la desaparición de su hija y algunos policías se acercaron al hotel. El conserje, cuya confianza me había ganado, nos avisó que nos pasáramos a otra pieza y después guió a los agentes, que llamaron a mi puerta y ante la ausencia de respuesta se alejaron. En cuanto la chica regresó su casa y yo puse la cara para hacerme responsable de lo sucedido, el padre dictaminó sin demasiados argumentos: ahora se tienen que casar. Supongo que se la quería sacar de encima. Obviamente, asumir un compromiso de semejante calibre en esas condiciones es un error. El antecedente de mis viejos habrá influido, con la diferencia de que mi mamá se casó embarazada. Sea como sea, ambos asumimos que aquello era lo correcto y obedecimos. Poco después, dimos el sí en el Registro Civil en presencia de los familiares de ambos. Me casé dos veces en mi vida y ninguna por la Iglesia. Con Daniela hubiera podido, porque era soltera. Con Cristina no, porque había pasado por la ceremonia religiosa con el primer marido. En aquel primer matrimonio estuvieron mis padres, mis hermanos y algún que otro pariente adicional. Ella llevó más gente. Después hubo una pequeña fiesta y finalmente nos mudamos a una vivienda que yo había alquilado en el barrio Otero.

La convivencia con Daniela, lamentablemente, ni siquiera llegó a desarrollarse, porque nos separamos rápido. Éramos demasiado jóvenes e inmaduros. De todas maneras, al tiempo recuperamos el diálogo y nos perdonamos mutuamente. Creo que es una de las pocas mujeres de mi vida con la que he podido mantener un contacto más o menos sano, sin rencores ni reproches. Ella, pobrecita, era chica y yo también. Aclaro que no tuvimos hijos. A pesar de la confusión en que nos vimos envueltos, un punto claro era la decisión de evitar la descendencia, que yo mantengo hasta hoy como una alternativa consciente, madura y respetuosa. Daniela en la actualidad, según me contaron, es pastora evangélica y estoy seguro de que brindará un aporte valioso en ese papel, quizás defendiendo valores como la libertad, el diálogo, la familia, el matrimonio, la juventud y el amor.

La Opinión de Pergamino, 1985.

Un lapso después de divorciarme, en 1993, fui a un carnaval en el barrio Centenario de Pergamino y me puse a charlar con una morocha deslumbrante, Marisa, con la que inicié una relación de varios años. En 1997 me vinculé de carambola con otra mujer espléndida, Paula, a la conocí en un cumpleaños de 15 en el que trabajé como patovica. Ambas, retratadas en pasajes anteriores de esta historia, me hicieron crecer en aspectos trascendentes. Todos los vínculos dejan algo. Cada experiencia de un hombre con una mujer es un aprendizaje mutuo, un ida y vuelta. Nada se pierde, el amor vuelve siempre; de distintas formas, pero vuelve. Aunque lo compartido sea breve o aparentemente superficial. Cada chica que pasó dejó una huella en mi corazón. Doy las gracias a cada una de las que abracé y amé de la manera que sea. Ellas hicieron de mí, cada una a su forma, el hombre que soy.

La idea de que en el universo nada se pierde y que todo se transforma es uno de los pilares más antiguos del pensamiento humano. Comenzó como una intuición puramente filosófica en la Antigüedad y terminó convirtiéndose en una ley estricta de la Física moderna. Con la Teoría de la Relatividad Especial, Albert Einstein demostró en 1905 que la materia y la energía son, en realidad, dos caras de la misma moneda. La materia puede destruirse para convertirse en energía pura, como ocurre en el interior del Sol o en las reacciones nucleares, y la energía puede materializarse en partículas. En el sentido más profundo y moderno, nada se pierde porque todo el contenido del tejido cósmico se intercambia constantemente entre forma material y forma energética. Como epílogo, hablando del cielo y las estrellas, rescato estos versos propios, que, con el rótulo Mi catedral, me permiten enviarle un guiño a Cristina, que es mi esposa, mi compañera, mi patria y mi hogar.

Cómo sueño contigo / cuando me echo a volar; / tú, azul y pura; / yo, agua de tu manantial; / cómo vuelo contigo / cuando me pongo a amar.

Tú, de azahar y nácar, / yo, rosa de tu rosal; / cómo creo contigo / en el amor de verdad.

Tú, única entre todas, / yo, rey de tu reinar; / cómo anochecer contigo / junto a la luna ancestral.

Tú, brillo del cielo, / yo, estrella fugaz; / cómo morir contigo / cuando no estás, / si las otras son la iglesia / y tú mi catedral.