Hasta quién sabe dónde (episodio 10)
1°/6/2026
por Lucio Casarini
Ricardo Gabriel Bermejo es boxeador, mago y poeta. Nacido en la ciudad bonaerense de Pergamino, se considera habitante del mundo. Entre infinidad de peripecias, algunas dramáticas, conoció la gloria como héroe olvidado de varios deportes y rey del arte de los puños sin corona. Este relato por entregas recoge su testimonio.
Aunque el boxeo estuvo presente en mi entorno antes de que yo naciera a través de mi viejo, las noticias cotidianas y la transmisión radial de las peleas, hay una fecha concreta en que ese deporte se metió de forma tangible en mi vida y se convirtió en un asunto netamente personal. El 5 de enero de 1977. Ese día, los Reyes Magos me trajeron un par de guantes y un cabezal infantiles; mi hermano Hernán recibió iguales obsequios. A lo mejor, Melchor, Gaspar y Baltasar, montados en sus camellos, los habían rastreado husmeando tiendas de chucherías en mercados indios, persas, árabes o egipcios. Eran réplicas hechas de cuerina ordinaria, negra la de los guantes y roja la de las carcasas. Pero nosotros, que teníamos cinco y cuatro años, supimos de inmediato con certeza absoluta que ese atuendo extraordinario nos equiparaba a los campeones cuyos afiches enormes con retratos a todo color, gentilezas de las revistas El Gráfico y Goles, mi papá pegaba en las paredes de la casa que habitábamos en la estancia La Mirona.
Conservo varias fotos del momento en que, esa mañana del 5 de enero, estrenamos nuestros flamantes pertrechos. Las tomas fueron realizadas por mi viejo con la misma cámara Kodak que registrará mi primer día de clases en la escuela de campo, vestido con el guardapolvo blanco, dos meses y pico después. En una de las instantáneas hay un paisano que trabajaba como peón, de melena castaña y avanzada calvicie, actuando como árbitro mientras los dos hermanos, en cuero, con pantalón corto y zapatillas, improvisamos una especie de guanteo en el suelo de tierra; ambos llevamos el pelo color café ondulado bastante crecido; mi piel prístina delata escaso contacto con los rayos del sol, aunque era pleno verano; Hernán luce tez un poco más morena, su tono propio; soy el único protegido con cabezal, por lo que seguramente era el destinatario de los golpes. En otra imagen aparezco solo, a cara descubierta, mirando a cámara y ensayando la pose clásica de boxeador: de pie con la guardia levantada; esto es, los puños delante.
Gradualmente, entre tarea y tarea, a la hora de la siesta o cuando los fines de semana salíamos de excursión a la llanura para cazar o pescar, mi papá empezó a transmitirnos los conceptos básicos del pugilismo. Cómo pararnos, caminar, poner las manos, girar la cabeza o mover la cintura. Usando un saco de arpillera, de los que acarrean trigo o maíz, fabricó una bolsa de boxeo; le dio forma con algunas cobijas y logró peso metiéndole arena; la colgaba con un gancho de un tirante al costado del galpón, la típica estructura cubierta de chapa que funcionaba como estacionamiento de vehículos y maquinarias, depósito, taller y refugio para los perros. El gancho llevaba una cuerda que podía extenderse para adaptar la altura a los más pequeños. En ocasiones, parte de la rutina de mi viejo era transcurrir un lapso pegándole trompadas a esa mole con unos guantes de trabajo hasta que quedaba exhausto. Supongo que aquello le servía para descargar tensiones laborales y domésticas. Pero carecía de regularidad, lo hacía de manera esporádica. Yo también a veces practicaba. Meses después, terminado el trabajo previsto en la finca, regresamos a la ciudad y nos instalamos en una vivienda en la intersección de las calles Paraguay, un boulevard, y Sarmiento. La bolsa encontró su sitio en un fresno robusto del patio que tenía ramas gruesas y en una agarradera de hierro adherida a un tapial.
Gabriel Bermejo a los cinco años.
La primera vez que entré a un gimnasio de boxeo fue a los diez años, un antro que se encontraba a media cuadra de nuestro domicilio. Los muchachos, que habían trabado amistad con mi papá, me recibieron gentilmente, por lo que desde entonces solía acercarme a curiosear. Con el tiempo, comencé a prenderme en algún pasaje del entrenamiento, al menos la sección aeróbica. Las bolsas eran de cuero, más rústicas que las actuales, pero rotundamente mejores que la que había en casa. Era la época de oro del pugilismo en los ámbitos local y nacional. José María Flores Burlón, un moreno buenazo de cabello mota nacido en Montevideo y radicado en Pergamino, es considerado un prócer del pueblo. En 1978 obtuvo la corona sudamericana de los medianos; en 1981 recuperó el título; en 1983 se convirtió en campeón sudamericano crucero o pesado junior; en 1986 repitió ese logro; en 1988 cayó por el cinturón mundial crucero ante el portorriqueño Carlos de León en Atlantic City, Estados Unidos. Una de las cualidades que exalto en alguien es la perseverancia, que permite encontrar diferentes caminos, sin que uno sepa de antemano exactamente de donde viene a adónde va. Algo por el estilo deslicé al trazar la siguiente rima, titulada Sendas, una invitación a atreverse a lo desconocido.
Qué de cuentos de hadas / están llenos tus ojos, / un crepúsculo en la mirada / envuelve un sueño tosco.
Tú siembras la senda / en la que yo te he de recordar; / vuelves quién sabe de dónde, / vas quién sabe a qué lugar.
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Mario Retamozo, apodado Látigo, oriundo de Ramayón, provincia de Santa Fe, es otro pergaminense adoptivo que conoció la gloria. En 1989 conquistó sucesivamente los títulos argentino y sudamericano de los súpermoscas. En ese entonces, la figura máxima del boxeo de mi pago estaba por hacer su aparición. Anahí Sánchez, alias la Indiecita, nacerá en 1991 y emprenderá una carrera colosal que engarzará cuatro títulos mundiales: pluma (2015), súperpluma (2016), ligero (2017) y súperligero (2019). «Anahí es un nombre lleno de proezas y sueños en las fábulas e historias de las mujeres sudamericanas», escribirá el periodista Osvaldo Príncipi en el diario La Nación. «Y la protagonista de esta noticia parece desprenderse de una de ellas. Anahí fue una indiecita guaraní condenada a la hoguera por rencillas de sus tribus convirtiéndose milagrosamente en la flor del ceibo tras ser ahogada por las llamas. Según cuenta la leyenda…», dice la crónica, publicada el 25 de octubre de 2025. «La Indiecita de Pergamino: Sánchez, lejos de la fábula y cerca de la quíntuple corona», se titula. «Anahí Sánchez tenía solo 14 años cuando se detectó un cuadro asmático en su legajo médico. Ir a un gimnasio fue la recomendación, y junto a su hermana y sus primas acudieron a la primera clase dictada por Juan Bonet: el mismísimo entrenador que pisaba el Luna Park con José María Flores Burlón y Cesar la Bestia Romero a fines de la década del 70. Aún siguen juntos. Bonet, de 76 años, le dio los primeros consejos en el clásico recinto de la calle Alem, en Pergamino», relata Príncipi. «Anahí aprendió el oficio y empezó a pelear. Y le fue bien. Desde adolescente se tuteó con el dolor y el sufrimiento al perder a sus dos hermanos varones [en circunstancias ignoradas por la prensa] y esto la curtió para enfrentar la adversidad. Siguió ganando peleas y se enamoró de un boxeador: Julián Aristule, excampeón argentino supergallo; fue mamá de Dominike, que hoy tiene 16 años. La vida continuó. Otros amores y otra hija: Makarena, de sólo cuatro años», narra el semblante, que será difundido poco tiempo antes de que la retratada compitiera para alcanzar su quinto cinturón, del escalafón welter. Esta vez la fortuna le fue esquiva. El 22 de noviembre de 2025 resultará vencida sin atenuantes por puntos en Puerto Rico por la local invicta Stephanie Piñeiro.
Gabriel Bermejo y su entrenador Juan Carlos Pradeiro en 2000.
César Abel Romero, apodado la Bestia en honor a la potencia de su mano derecha, es un nombre asociado a la tragedia. Originario del partido bonaerense de Merlo, después de una infancia y adolescencia asoladas por la miseria y la cárcel, se radicó en Pergamino, donde trabajó como chapista mientras boxeaba en el circuito amateur. Lo cautivó una chica del pueblo, Alejandra Lourdes Navarro, con quien contrajo matrimonio y tuvo gemelos. Debutó como profesional a los 26 años. Pertenecía a la categoría de Flores Burlón, a quien noqueó en el segundo asalto en el Luna Park. Romero encadenó una serie de triunfos impactantes que en 1984 lo llevaron a Montecarlo, principado de Mónaco, en la antesala de una chance por la corona mundial. Sin embargo, Fulgencio Obelmejías, un venezolano curtido, se impuso rotundamente por puntos. El epílogo de la Bestia fue abrupto y salvaje. Solo nueve días después de la pelea en Mónaco, recibió ocho balazos policiales en Isidro Casanova, partido de La Matanza, y expiró junto a otros miembros de su banda de ladrones, que acababa de cometer un par de atracos a mano armada en diferentes puntos del Conurbano.
Dos ateneos célebres del boxeo pergaminense son el Gimnasio de los Chávez y las instalaciones del Parque Municipal General San Martín. El primero fue fundado por Rodolfo Chávez, alias el Tucumano, y su hijo Humberto, apodado Locomotora, dos pugilistas meritorios; una paradoja de Chávez padre es que había nacido en Santiago del Estero, pago cuya población tiene una pica enconada con la de Tucumán. Los clubes Argentino, Comunicaciones y Douglas Haig han sido asimismo escenarios de enérgica actividad. Actualmente, la Escuela Municipal de Boxeo Femenino y la Escuela de Boxeo Suárez Castro realizan una labor magnífica. Yo frecuenté todos los espacios que había en mi adolescencia, pero recién a los 18 años, cuando decidí hacer una pausa en el atletismo, disciplina a la que dediqué buena parte de aquella etapa, como contaré a su tiempo, me lancé a guantear y medirme con otros. Entonces, percibí que los demás, incluso los mejores, se negaban a practicar conmigo, esquivaban el bulto; aceptaban una o dos veces y después buscaban una excusa: me lesioné el hombro, tengo otra rutina, ya quedé con Fulano. Eso me pasó siempre y me sigue ocurriendo, aunque mi práctica del pugilismo ahora es meramente recreativa.
José María Flores Burlón, gloria del boxeo pergaminense.
En mi adolescencia, avanzada la década de 1980, me la pasé mirando boxeo y del mejor. La televisión de entonces llevaba al espectador a veladas memorables emitidas en directo desde Nueva York, Las Vegas, México, Tokio, Roma y otras mecas internacionales. Cuando en mi juventud, en la segunda mitad de la década de 1990, decidí consagrarme a este camino, el que más me gustaba era Oscar de la Hoya, que tiene un año menos que yo y con quien, como he revelado, sentía particular identificación. También me parecía fascinante Félix Trinidad, alias Tito, portorriqueño y primer hombre en vencer a De la Hoya. Si me pidieran elegir la tradición de un país, diría México, porque el boxeo azteca es vehemente y ardoroso. Mi viaje de 2026 a esa tierra, episodio que narraré cuando corresponda, tendrá, entre otros, este atractivo. De los ídolos argentinos, mi preferido es Víctor Galíndez, por su coraje y entrega; iba a todo o nada; dejaba alma, corazón y vida; tristemente, se despidió joven de este mundo y de forma trágica. Otro de los nuestros que admiro es Ringo Bonavena, un amigo de Galíndez para el que valen idénticos elogios y consideraciones. En contraste, Carlos Monzón, capo indiscutido del pugilismo de nuestro país en términos estadísticos, nunca me agradó; me parece lo opuesto a los anteriores; demasiado frío, previsible y calculador. Sumo a la lista de mis predilecciones al mendocino Pablo Chacón, apodado el Relámpago, por su celeridad ofensiva; fue campeón mundial y bronce en las Olimpíadas de Atlanta, en 1996.
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Cuando a mis cinco años encontré aquel regalo de los Reyes Magos, sucedió algo que excede la comprensión de un niño; comenzó a arder en mí un fuego sagrado, una especie de fuerza o energía cósmica. Sin embargo, transcurrieron unos cuantos años e infinidad de situaciones hasta que fui capaz de percatarme de aquello. Quizás la siguiente oportunidad en que percibí un vestigio al respecto fue a los 21, en 1993, aunque de manera fugaz y sin que yo tomara consciencia profunda, según relaté en algún pasaje anterior de esta historia. Me refiero a mi debut oficial en condición de amateur y en medio de circunstancias imprevistas de toda clase, que llamaría tragicómicas. Como detallé, el enfrentamiento se realizó en el Club Comunicaciones de Pergamino, me convocaron de repente porque alguien había desertado a último momento y derroté por puntos en tres rounds a José Medina, oponente temible originario de Arrecifes. La pelea salió linda, la verdad es que lo reventé a piñas; sin embargo, preocupado por cuestiones personales, perdí la noción de que, sin siquiera haberlo planeado, acababa de plantarme de manera exitosa en un combate con todas las de la ley ante un rival más que digno. Al cabo de un breve lapso, acuciado por la necesidad económica, dejé de entrenar y me enfoqué en distintos rebusques; principalmente arreglos domiciliarios, como albañilería, pintura e instalaciones; actividades que realizo hasta el presente. Además, los fines de semana, laburaba de seguridad en la movida nocturna, el circuito de los boliches bailables, un oficio que se conoce como patovica.
Trayectoria amateur de Gabriel Iron Boy Bermejo.
El último término esconde una trama que merece un párrafo aparte. Es un argentinismo que se remonta a la década de 1930, cuando el empresario Víctor Casterán creó un establecimiento modelo para la cría de patos en la localidad de Ingeniero Maschwitz, 40 kilómetros al norte de la Capital Federal. Las aves pertenecían a una raza norteamericana y contaban con una ventaja para ser preferidas por el cliente: eran más corpulentas que las criollas. La marca se impuso: los patos Viccas, rótulo acuñado con las tres primeras letras del nombre y el apellido del emprendedor. A continuación, al borde de la cercana Ruta Nacional 9, hoy conocida como Panamericana, el hombre instaló un local gastronómico para ofrecer platos elaborados con su producto estrella. Instigado por una intensa campaña publicitaria, el negocio fue expandiéndose e ingresando en plazas codiciadas, como la ciudad de Buenos Aires. Víctor Casterán murió en 1944 y desde entonces sus restos descansan en el Cementerio de la Recoleta. La empresa y el sello comercial con el paso de los años desaparecieron, pero el vocablo sobrevivió en una versión popular simplificada, patovica, que surgió, según dicen, en la Playa Grande de Mar del Plata, en alusión a los veraneantes musculosos que se paseaban sobre la arena haciendo ostentación de sus físicos esculturales. Más tarde, el término se convirtió en el apodo coloquial de los custodios o guardias de seguridad de locales bailables y distintos negocios nocturnos, caracterizados por su contextura imponente.
Hablando con exactitud, el papel de patovica me quedaba grande, porque soy de complexión mediana. Pero me hacía respetar con mi destreza con las manos; si alguien buscaba problemas, quedaba expuesto a mi contundencia y velocidad de movimientos. Esto me otorgó cierto prestigio y me permitió ser requerido por los boliches de renombre, necesitados de una presencia en la entrada inhibidora de los personajes problemáticos o violentos. En un período en que me garpaban más o menos bien, pude dedicarme exclusivamente a este oficio. Con el trabajo del fin de semana, esto es, las noches del viernes, el sábado y el domingo, ganaba suficiente para morfar y pagar la pieza del hotel. En esa época, con 21, me casé, según narraré más adelante. Un año y medio después me separé, a los 23, y luego recalé en los brazos de Marisa Recalde, una morocha de apariencia exhuberante, al estilo de la Mulatona, la eterna enamorada de Clemente.
Gabriel Bermejo a los cinco años guanteando con su hermano Hernán.
Vuelvo a dibujar un paréntesis. Estos dos personajes de historieta, concebidos por Caloi, uno de los mayores genios del dibujo humorístico argentino, poseen un sitio emblemático en la cultura nacional. Clemente, que según ha revelado su creador nació como una especie de ornitorrinco caricaturizado, emergió en 1973 en Clarín, diario cuyas páginas lo alojarán durante cuatro décadas. La Mulatona, una versión morena y femenina de su compañero, se distingue por sus modismos cubanos, su figura voluptuosa y su romance apasionado. Ellos y los numerosos actores que completan el universo de Clemente, han hecho reír a todo el país. Cuando en 2025 estuve en la República Dominicana, de casualidad me contaron que allá había una actriz llamada de la misma manera, la Mulatona, que fue famosa de manera simultánea, en las décadas de 1980 y 1990; su nombre real era Angelita Curiel; encandilaba al público con su carisma y versatilidad como bailarina, cantora y comediante. Guardo la convicción de que el amor y la risa necesariamente van juntos, por eso valoro al que anda por la vida con paso de comedia. A continuación, un poema adicional de mi cosecha titulado El que más te ha querido, dedicado a quienes poseen ese espíritu.
Entre tú y yo, / de todos los amores, / soy el que más te ha querido; / y de quererte como te quiero, / de esta locura que hemos vivido, / yo soy de todos / el que más te ha querido.
Recorrí tus manos / con el pecho erguido, / volé en tu cuerpo / como palomo herido, / si yo soy de todos / el que más te ha querido.
Resurgí en tu vientre / con el hijo que siempre quisimos, / amé en las noches / hasta quedar exhausto y dormido, / guardé en tus pechos / mis caprichos, / solté amarras a mi piel / en el panal de tu nido; / si yo soy de todos / el que más te ha querido.
Recorrí tu alma, / tus venas, tu río; / nos fundimos en un beso / y en eso nacimos; / resurgí en tu vientre / con el hijo que siempre quisimos; / si yo soy de todos / el que más te ha querido.
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Hablando de morochas excepcionales, voy a presentar por fin a la reina y emperatriz del deporte pergaminense. Sus atributos principales son la humildad, la tenacidad, la sencillez y una sonrisa amable y respetuosa. Me refiero a Paola Suárez, que brilló en la cúspide del tenis internacional durante las décadas de 1990 y 2000. Aquellas cualidades le dan una luz de ventaja que, desde mi punto de vista, la posicionan en la cúspide. Descolló como doblista, especialidad en la que ganó todo y fue número uno durante un par de temporadas. Como hacen los que son auténticamente distintos, supo retirarse y desarrollar otros aspectos de la esfera personal. «En esta etapa de mi vida no pienso demasiado en los logros de mi carrera, la verdad», confesó en 2019 a la página Tenistasargentinas.blogspot.com, «mi hijo Álvaro tiene cinco años y Sofía está empezando a gatear», precisó en ese diálogo con el periodista Gabriel Yurdurukian; «Paola Suárez, la gigante humilde», es el título de la publicación. «Estoy disfrutando muchísimo de verlos crecer cada día, y el tenis lo veo cada tanto y me encanta, pero no siento nostalgia ni nada de eso. Ni hablar que en su momento disfruté muchísimo con el tenis y que fue una pasión que mereció cada esfuerzo que hice, pero es una etapa terminada que recuerdo con cariño», insistió. «Mi pasión ahora es mi familia. Mi marido y yo estamos disfrutando de nuestros hijos cada día, cada minuto. Siempre hay proyectos lindos que me motivan y en algún momento habrá tiempo para eso, pero estos años se los quiero dedicar a mis hijos, es una etapa muy emocionante». En 2022, Paola se mudó a Oviedo, España, con su familia para coordinar el Club Pro Tenis, institución que entrena a niños y niñas desde la iniciación. En 2026 regresó a la Argentina para asumir como capitana del plantel femenino de la Selección Argentina de Tenis.
Ricardo Mollo, considerado uno de los mayores talentos del rock nacional, también es pergaminense. Igual que su hermano mayor Omar, otra figura destacada de la música argentina, especialmente en la órbita del tango. Ambos habitaron en el pueblo durante la infancia, enfrente de la Plaza San José, la que será escenario de aquellas trifulcas infantiles que protagonicé con otros niños bajo un ombú a la salida de la escuela. El papá de los Mollo tomó la decisión de emigrar a El Palomar, partido bonaerense de Morón, cuando los dos críos eran pequeños, después de que un incendio accidental destruyera la fábrica de zapatos que el hombre poseía en el fondo de la vivienda. Ricardo es célebre, principalmente, como miembro de Sumo y cofundador de Divididos, dos de las bandas más influyentes de la Argentina. Supongo que sus raíces habrán influido al crear, con Divididos, su conocida versión de El arriero, la canción de Atahualpa Yupanqui. Que el hijo menor de Mollo se llame Merlín Atahualpa, fruto del amor con Natalia Oreiro, asimismo estrella notoria, tampoco puede ser casualidad. El chico es el tercer vástago de Ricardo, que antes fue padre de María Azul y Martina Aldabel, concebidas por Erica García, la primera esposa, igualmente roquera.
Gabriel Bermejo en el presente reparando una instalación domiciliaria.
Alberto Rex González le da un toque original, científico, al recuento de pergaminenses egregios. Como arqueólogo, antropólogo y médico, escribió 107 publicaciones entre libros, monografías y artículos desde 1939 hasta 1986. Se destacó por la exploración y el estudio de las culturas precolombinas. De acuerdo con sus memorias personales, fue en el Arroyo Pergamino donde excavó por primera vez cuando era un niño. Estudió en Columbia y Harvard, dos de las máximas universidades estadounidenses, y efectuó investigaciones en otros países, como Egipto. Fue director de la División Arqueología de la Universidad de La Plata, cargo del que lo expulsó la última dictadura militar, debido a su respeto por la identidad de los pueblos originarios. La mayoría de su labor en el terreno se desarrolló en la provincia de Catamarca, atraído por la riqueza de vestigios remotos que encontró. Impulsó la fundación de un Museo del Maíz en Pergamino, gran centro de producción de ese cereal, con el fin de concentrar y difundir los estudios y conocimientos acerca de un recurso considerado el mayor aporte autóctono a la humanidad. Colaboró con el cantautor Víctor Heredia en la composición de su disco Taki Ongoy (La enfermedad del canto), que rescata figuras emblemáticas de la rebelión nativa contra la conquista española y cuenta con la participación de Juan Carlos Baglietto, Jorge Fandermole y Mercedes Sosa. La esposa de Rex González, con la tuvo cuatro hijos, fue Ana Elsa Montes, una pionera del cine documental.
Al revés que lo que me sucede con los personajes anteriores, nombrar a José Luis Espert me genera un rechazo visceral. Pero quiero incluirlo en este abanico porque dicen el mundo es una especie de campo en el que se mezclan el trigo y el cardo, y pretendo aplicar una mirada más o menos abarcativa. Sin duda, el Profe, como lo apodan, es un pergaminense que se ha hecho conocer. He escuchado que en su juventud practicó el boxeo e inclusive disputó algunas peleas en el terreno amateur. Pero donde alcanzó el profesionalismo fue dentro del oficio de economista, que desarrolló en el andarivel de las ideas liberales, esas que proponen achicar el Estado y cada tanto hipnotizan a los gobiernos y las sociedades. Trabajó con Miguel Ángel Broda y Ricardo López Murphy, entre otros profetas de esa escuela. Tras la elección de Javier Milei para ocupar la presidencia, Espert, que se había convertido en diputado nacional, apareció como un aliado del mandatario. El Profe adquirió una visibilidad inusitada y, en ese contexto, de repente surgieron dudas sobre el financiamiento de su campaña política. Sus declaraciones incendiarias empeoraron las cosas. «Si no se pone un límite a la natalidad en los hogares pobres, Argentina va a ser una gigantesca villa miseria», arriesgó. «A los chorros hay que llenarlos de plomo», propuso. Vomitó más frases y peores, pueden encontrarse en los diarios. La tormenta se convirtió en tsunami. En 2025, Espert se vio obligado a pedir licencia en el Congreso de la Nación, al descubrirse vínculos con Fred Machado, empresario argentino preso en Estados Unidos por narcotráfico.
Una figura en cierta forma antitética con el último es Luis Enrique Pujals, apodado el Flaco, pergaminense que integra la lista de fundadores del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y se encuentra desaparecido desde 1971, cuando habría sido apresado por la Policía en la ciudad de Rosario y entregado al Ejército. Había abandonado la carrera de abogacía para hacer la revolución. Pertenecía a una familia encumbrada y pensamiento antiperonista. Su padre, Enrique Pujals, había sido candidato a gobernador por el Partido Demócrata Progresista. Junto a Mario Roberto Santucho y otros integrantes de su organización guerrillera, recibió instrucción militar en Cuba. De orientación marxista, el ERP buscaba derrocar al capitalismo e instaurar un gobierno socialista en Argentina mediante la lucha armada. Llevó a cabo tomas de fábricas, guerrillas rurales en la provincia de Tucumán y secuestros o ejecuciones de empresarios y militares. Su capacidad militar quedó prácticamente fulminada en 1976, cuando la última dictadura mató a Santucho, el líder máximo, y diezmó a sus miembros.
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Cuando en 1996 decidí volver a entrenar, el boxeo pergaminense estaba muerto. Ni siquiera había un gimnasio disponible; la ciudad vivía una etapa de decadencia en este deporte, principalmente debido a desmanejos de los directivos. Esto me obligó a buscar alternativas afuera y viajar 40 kilómetros al sur hasta un pabellón de la localidad de Rojas, el Gimnasio Hermanos Molina, fundado por Hernán Molina y continuado por sus hijos Lucas, Gabriel, que lamentablemente fallecerá como consecuencia de un cáncer, y Eduardo, llamado Titi, que fue campeón argentino. La madre de los tres también tiene lo suyo, porque fue una de las primeras jurado mujer de la zona. El predio es un garaje enorme con un ring. Yo iba a entrenar dos veces por semana. El viejo Molina me recibió con los brazos abiertos. He viajado a Rojas de todas las maneras que existen: a dedo, en colectivo, en bicicleta y en moto, llevado, acorde con los recuerdos que he evocado, por mi hermano Hernán, que iba a entrenar asimismo en ese sitio.
Los Molina fueron determinantes para la proyección de mi carrera. Guanteaba con Titi, ocupante de mi rincón en tres combates que me devolvieron a la competencia. La segunda pelea oficial de mi vida fue en 1996 con Walter González en la ciudad de Los Toldos, 140 kilómetros al sur de Pergamino. Fui de punto, con las apuestas en contra; mi rival era superior en experiencia y tamaño; un tipo grande y fuerte, aunque torpe. Su kilaje estaba claramente por encima del mío, así que los organizadores obviaron la balanza. Contra los pronósticos, me impuse de principio a fin; lo hice pasar de largo sin cesar, se cansó en seguida y lo abrumé a golpes; pude lucirme; se salvó del nocaut porque yo todavía estaba aprendiendo a definir. Mi tercera contienda fue en 1998 en Junín, 90 kilómetros al sur de Pergamino, contra Sergio Minosi, el Topo, un flaco que pegaba fuertísimo; me fue imposible comprobarlo, porque nunca me impactó y lo derribé antes del minuto. En mi canal de YouTube aparece el video. Subimos al ring, nos saludamos, sonó la campana, le metí una piña, después otra, después otra, una izquierda en la pera y se desmoronó; se levantó y quiso seguir; inmediatamente lo volví a embocar, se desplomó y su rincón tiró la toalla. Me dieron ganador, fui a bañarme y al rato estaba comiendo un choripán tranquilo a un costado; de repente apareció un hombre mayor, un desconocido, totalmente eufórico, que me abrazó calurosamente y me empezó a elogiar: qué pegada, qué actitud, qué contundencia; desconcertado, le pregunté: muchas gracias, señor, le hago una pregunta, usted quién es; me contestó: soy Fulano de Tal, el suegro del Topo Minosi.
Debut profesional de Gabriel Iron Boy Bermejo.
Para esa época yo ya estaba haciendo pie en Buenos Aires, gracias a la invitación de alguien que había conocido de casualidad a fines de 1997 trabajando como seguridad en una fiesta privada de mi pueblo. La persona es una chica oriunda de Ciudadela, partido de Tres de Febrero. Conversamos, quedamos en contacto, me invitó a visitarla y un fin de semana me tomé el micro hacia allá. En un momento, mientras mirábamos la tele, pasaron una propaganda de la Federación Argentina de Boxeo; esa noche había un combate de Pedro Javier Torres, el Alacrán, un jujeño que llegó a ser campeón hispano. Al verme entusiasmado, ella me propueso ese lugar queda cerca de acá, vamos a conocer. Abordamos el tren hasta la estación de Once y caminamos; la dirección es Castro Barros 75, a cuadras de mi actual domicilio, en el barrio porteño de Almagro. Compré dos boletos, entramos y nos sentamos en la tribuna; yo estaba fascinado; me puse a charlar con la gente; me contaron que el estadio de la Federación tiene un gimnasio anexo. Al otro día volví y alguien me explicó el funcionamiento; las instalaciones están abiertas exclusivamente a pugilistas con licencia; la mía estaba vencida, porque habían pasado algunos años y el trámite requiere exámenes médicos periódicos que evalúan si la persona se encuentra apta. En ese instante tomé conciencia de que mi futuro era en Buenos Aires.
En primera instancia, me mudé a una quinta desvencijada que poseía el padre de mi anfitriona en el partido de Luján; mi única comodidad eran un colchón para dormir y los elementos básicos para tomar mate: el cuenco, la bombilla, la pava y un paquete de yerba. A cambio del alojamiento, aderecé y pinté el inmueble, que quedó reluciente. Me levantaba temprano, trabajaba hasta el mediodía, pedaleaba la bicicleta varios kilómetros hasta la estación de tren local y viajaba a Ciudadela, donde visitaba a la señorita, o a la Capital Federal, donde podía entrenar. En la primera etapa, frecuenté el Boxing Club Ferrobaires, más conocido como el Ferroviario, un gimnasio precario desplegado en el subsuelo de la estación de Constitución. Era un espacio de puertas abiertas, sin requisitos, disponible para cualquiera, donde el que demostraba condiciones podía subir al ring el día uno.
Mis recuerdos del Ferroviario son ciertamente singulares. Fundado en 1994, el gimnasio ocupa hasta el presente un recinto que corresponde a unos túneles construidos por los ingleses alrededor de 1900; esos pasadizos servían para trasportar la materia prima que llegaba desde el interior del país con destino al puerto. Todo ese subsuelo es un laberinto con incontables puertas; los que manejaban el gimnasio advertían: eviten aventurarse por los pasillos, porque hay gente escondida; personajes siniestros y tipos escapados de la Policía. El ingreso era una entrada mínima que guiaba a una escalera; había un cuadrilátero y una serie de bolsas; todo un poco oscurito y precario; unos ventanales miraban a la calle, angostos y fijos; solo dejaban pasar la claridad, como los de una cárcel. La instalación eléctrica en ese entonces ostentaba cables pelados, con el peligro que implican.
Anahí Sánchez, alias la Indiecita, múltiple campeona mundial.
Nos bañábamos con agua caliente gracias a una especie de termotanque inventado; un tacho que llenábamos con un balde y se calentaba con un dispositivo artesanal unido a la corriente. Si se cortaba la luz o algo más fallaba, teníamos que ducharnos con agua fría; una vez tardaron varios meses en repararlo. Otra dificultad era la escasa iluminación, que provocaba colisiones entre las personas y con las cosas. Además, la ausencia de sitio donde apoyar el jabón nos obligaba a dejarlo en el piso, con el riesgo constante de resbalones y porrazos. Un peligro complementario eran unos ratones gigantescos y hambrientos que se acercaban atraídos por el jabón, artículo fabricado con grasa que para ellos es comida; su asedio nos obligaba a hacer guardia con un palo o una toalla a mano. Se agrega que yo carecía de indumentaria, por falta de fondos, por lo que me prestaban guantes y botitas. En esas condiciones empecé a entrenar en Buenos Aires.
En simultáneo, gestioné los análisis necesarios para obtener la licencia, que requieren el visto bueno de una lista de médicos: oculista, cardiólogo, hematólogo, kinesiólogo y demás. Al cabo de algunos meses, a comienzos de 1998, logré finalmente traspasar la puerta de la Federación, que será mi hábitat varios años. Lo que sentí entonces es indescriptible; quedé deslumbrado; había una multitud de gente y movimiento de forma incesante; encontraba a los boxeadores que veía en la televisión, sobre todo en el programa Boxeo de Primera, de TyC Sports. Saludaba a Locomotora Castro, Marcelo Domínguez, Maravilla Martínez y muchos otros. Los periodistas más renombrados solían aparecer antes de cada desafío relevante. En esa circunstancia, con el correr del año, ocurrirá el asesinato de mi hermano Hernán, el 18 de septiembre; yo entonces estaba instalado en Ciudadela, adonde me llamaron por teléfono para avisarme. Otro pugilista con el que coincidí es Juan Gerardo Cabrera, alias Langosta, campeón sudamericano que probó suerte por un conturón mundial y fue noqueado por el zurdo Naseem Hamed, un definidor fulminante que también envió a la lona a otros dos argentinos: Sergio Rafael Liendo y Remigio Molina, bronce en los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992.
Paola Suárez, una número uno del tenis mundial.
Hamed, alias el Príncipe, es un inglés hijo de árabes yemeníes que se volvió famoso por su contundencia en el ring y su extravagancia en la previa. Sus entradas o arribos al sitio de la pelea, a menudo sobre una alfombra voladora o ejecutando volteretas, y su actitud provocadora, lo convirtieron en un ícono cultural. Lo tildaron de narcisista, bailarín, fraude, payaso y arrogante. Sin embargo, sus puños callaron a los críticos y fue múltiple campeón mundial. La decisión de retirarse prematuramente con 28 años sorprendió. Tras una carrera meteórica de 62 peleas, 25 como aficionado y 37 como profesional (las últimas cuentan 36 victorias, 31 por nocaut, y una derrota), dejó el deporte y la vida pública. Las razones de su retiro han sido objeto de especulación y debate hasta el presente; según él mismo, deseaba pasar más tiempo con sus tres hijos. Aunque compitió en el peso pluma, su estadística me es de utilidad para valorar la propia; salvando las diferencias, como diría mi suegro. Yo sumé 55 peleas: 43 en calidad de amateur (40 victorias, 30 por nocaut, un empate y dos derrotas) y 12 de profesional (10 triunfos, siete por nocaut y dos derrotas, entre estas un robo).
A pesar de la satisfacción indescriptible que me producía cuanto estaba aprendiendo en el plano deportivo, mi vivencia interior, humana o existencial era ferozmente penosa debido al desarraigo y la soledad. Más adelante, al rastrear mi impulso poético, caeré en la cuenta, como siempre repito, de que tuvo esta motivación. «Junta esperencia en la vida / hasta pa dar y prestar / quien la tiene que pasar / entre sufrimiento y llanto», recita el Martín Fierro; «porque nada enseña tanto / como el sufrir y el llorar». Durante una década y pico yo la pasé realmente mal en Buenos Aires; al llegar era un pibe de 25 años absolutamente solo en medio de una jungla; odiaba esta ciudad, la padecía; extrañaba mi pueblo; vivía en un lugar y quería volver al otro; me costaba, sufría horrores; carecía de vínculos; no podía acostumbrarme. Creo que recién empecé a disfrutar cuando en 2011 me reencontré con Cristina, que se convertirá en mi compañera y mi familia. No hay mal que por bien no venga. De esta forma, a duras penas, confirmé que el ser humano es capaz de adaptarse a todo; al punto de que en la actualidad Buenos Aires es mi lugar en el mundo. En los siguientes versos, que llevan por rótulo De Pergamino a Buenos Aires, expreso tímidamente, casi con disimulo o vergüenza, algo de aquella desolación.
Desfachatado de prejuicios, / partí de mi ciudad / con el alma acongojada / y todo el susto al llegar.
Pídeme tres poemas, / que por las tardes solitarias / me he de inspirar; / por las noches no me pidas nada, / que se me da por extrañar.
Aquí corren todos / y no saben adónde van; / es el mismo cielo, / pero tan diferente a mi ciudad.
Pídeme tres poemas, / un puñado de penas / y flores de un rosal.
Pídeme lo que quieras / y mándame un pasaje / para regresar.
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Cuando en 1997 decidí emigrar a la gran ciudad, Titi Molina me instruyó: andá a la Federación y hablá de mi parte con Juan Carlos Pradeiro para ser pupilo suyo. El Gallego Pradeiro, nada menos, que había sido entrenador de Galíndez. Cuando hice las primeras averiguaciones, me dijeron que Pradeiro solamente trabajaba con profesionales y que los aficionados para él ni siquiera existían. Entre ambos terrenos suele haber un abismo infranqueable respetado por los que pertenecen a la actividad, el público y la prensa. Me acuerdo de que una vez en la Federación anunciaron un festival inmenso; unos días antes fueron las cámaras de televisión a tomar imágenes de los preparativos; cuando les contaron que los participantes eran amateur, los que filmaban apagaron los equipos, se fueron de inmediato; se esfumaron. El célebre Juan Carlos Lectoure, el recordado Tito, otro coach de Galíndez, además de dueño del Luna Park, ni siquiera les dirigía la palabra a los aficionados. Ese estadio cubierto era exclusivo para los profesionales; la Federación, en cambio, también abría sus puertas a los demás.
Ricardo Mollo, ídolo del rock nacional, nació en Pergamino.
El Luna Park, situado a siete cuadras de la Casa Rosada, en el presente se encuentra en decadencia, sin actividad, medio abandonado. Corrió el rumor que iba a ser demolido y después aclararon que planean obras de ampliación. Pensar que todo boxeador del continente soñaba con visitarlo. Con una capacidad de 8.400 espectadores, fue sitio de espectáculos deportivos y artísticos de trascendencia incalculable. Inaugurado en 1931, perteneció a la familia Lectoure hasta 2013, cuando fue transferido por la última heredera a dos instituciones de la Iglesia Católica: Cáritas Argentina y la Sociedad Salesiana de San Juan Bosco. Tito había muerto en 2002 y en su ausencia se produjo el deterioro progresivo del gimnasio de boxeo y el éxodo de los profesionales hacia la Federación. Lectoure ayudaba al deportista, lo apadrinaba, lo aconsejaba para que pudiera manejarse correctamente dentro del negocio, que es complejo y está en manos de personajes que solo buscan el beneficio particular. Tito respaldó a una multitud de pibes que llegaron del interior y algunos pudieron a ser campeones del mundo. Hay pocos porteños entre los mejores del pugilismo argentino; es un detalle interesante; en general, los más sufridos, disciplinados y comprometidos son los que vienen del resto del país.
Cuando encontré la oportunidad de intercambiar unas palabras con Pradeiro en la Federación, invoqué a Titi Molina y el Maestro se mostró receptivo, la credencial surtió efecto. Como el Gallego, según expliqué, solo trabajaba con profesionales, me derivó a su yerno, el chaqueño Rubén Ruiz Díaz, casado con la única hija de Pradeiro y alguna vez rival de José María Flores Burlón, como me contará al conocer mi origen. Hablando del uruguayo, yo también tuve ocasión de enfrentarlo, aunque en un guanteo amistoso, cuando él estaba retirado. Sucedió en Pergamino. Supuestamente, él iba a practicar con mi hermano Hernán, que pertenecía a la categoría pesado, pero la ausencia de este generó la chance para mí. Flores Burlón, un tipo generoso y noble, se manifestó asombrado de mi nivel y más tarde en una entrevista que le hizo el diario me mencionó.
Gabriel Bermejo a los cinco años guanteando con su hermano Hernán. Un conocido hace de árbitro.
La cuestión es que empecé a entrenar con Ruiz Díaz. Primero me hizo guantear con uno, después con otro, después con otro y me di cuenta de que Pradeiro se quedaba mirando. Una tarde me susurró un comentario, al día siguiente otro y la charla se volvió cotidiana, hasta que me agarró como pupilo, a pesar de que yo era amateur. Corría el año 1999. Yo estaba tan enfocado que me adelantaba a lo que me pedía; se fue poniendo cada vez más exigente; me hizo guantear con profesionales y en 2000 me avisó que debía enfrentar a Miguel Ángel Correa, alias TNT o Dinamita, que haría las veces de local en la ciudad de Las Flores. Mi rival era duro; dicen que laburaba cargando bolsas; de edad era un poco más joven. La noche estaba helada y yo subí al cuadrilátero sin hacer suficiente calentamiento, algo que es inaceptable. Con el tiempo detecté que Pradeiro, tal vez por el desgaste de los años, dejaba bastante que desear en algunos aspectos, descuidaba un poco al deportista. Como consecuencia, en el segundo round me agarró un tirón en el codo del brazo derecho, que es mi mejor mano. Al sonar la campana, el Gallego me preguntó qué pasa que no sacás la derecha. Le contesté tengo un tirón y me duele de una forma tremenda. Me replicó ya mismo voy a pedir que paren la pelea. Le respondí de ninguna manera, quiero seguir. A partir de ahí, mi plan fue girar hacia la izquierda de mi contrincante, taparme con la derecha y atacarlo sistemáticamente con la zurda. El objetivo era impedir que me impactara. Tan bien resultó la estrategia, que gané por puntos. El único que supo que yo tenía un tirón fue Pradeiro.
De inmediato, me convocaron al Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard), localizado frente al estadio de River, para participar en la selección de los deportistas que representarían al país entre el 8 y el 23 de septiembre de 2000 en los Juegos Olímpicos de Sidney. En términos deportivos, uno de esos boletos debió ser mío. La injusticia escandalosa que padecí es un enredo que ha contado en detalle mi amigo Miguel Urbaneja; quedé afuera por una decisión arbitraria a favor de Mariano Carreras, a quien superé ampliamente sobre el ring. Sin perder tiempo en lamentaciones, continué un tiempo más con Pradeiro, que ocupó mi esquina en otras dos peleas de amateur y llegó la oferta de Martinetti Internacional para integrarme a su plantel.
Al cabo de otra decena de contiendas como aficionado, decidí ingresar al profesionalismo y debuté en 2001 en un combate realizado en la ciudad de 9 de Julio en condiciones sorprendentes. La velada fue transmitida en directo por Azul TV. La cita estelar consistió en el triunfo de Sergio Martínez, Maravilla, sobre mi compinche pergaminense Elbio González, el mismo que me prestó la indumentaria en mi debut de 1993. Con Maravilla habíamos entrenado juntos en la Federación y aquel fin de semana compartimos micro y hotel. Antes fue el turno de mi batalla, que puso delante de mis ojos, cosas del destino, a Dinamita Correa. Otra vez. Quién lo hubiera dicho. Mi contendiente era víctima de la impresión engañosa del enfrentamiento anterior; recordaba que yo, con limitaciones, le había ganado ajustadamente por puntos; ignoraba que ahora iba a encontrar un panorama distinto; para empezar, yo tenía la derecha perfecta; además, en ese tiempo yo había crecido, porque había entrenado como un animal. Correa salió desafiante, protagonista, con un resultado catastrófico. Desprevenido, vio venir una catarata de manos y obtuve un nocaut memorable en el primer round.