Hasta quién sabe dónde (episodio 6)

1°/1/2026

por Lucio Casarini

Ricardo Gabriel Bermejo es boxeador, mago y poeta. Nacido en la ciudad bonaerense de Pergamino, se considera habitante del mundo. Entre infinidad de peripecias, algunas dramáticas, conoció la gloria como héroe olvidado del atletismo y rey del arte de los puños sin corona. Este relato por entregas recoge su testimonio.

Cuando nos fuimos a vivir al campo yo tenía cinco años. En mi memoria llevo grabada la postal de la tranquera de entrada, que se abría hacia un camino largo, largo, largo ladeado por fresnos, tipas y lapachos; al fondo había una especie de monte dentro del cual se erigía el casco. La estancia La Mirona, perteneciente a la familia de la cantante Sandra Mihanovich, contrató a mi viejo como arreglatodo: plomero, albañil, pintor, mecánico y cualquier necesidad que surgiera en la infraestructura edilicia y agropecuaria. Mis padres, Hernán y yo nos instalamos en una de las viviendas para los empleados. Entre otras tareas específicas, mi papá reacondicionó los sanitarios de la casona o mansión, que recuerdo como imponente; abasteció de agua los bebederos para los animales; mejoró el sistema de riego en los sembrados; y refaccionó algunos molinos. Yo jugaba por todos lados y salía a cazar. Tenía una bicicleta Aurorita, el modelo con el cuadro que se dobla por el medio. Llegaba de las clases y me mandaba a pedalear como un desaforado.

La Mirona queda a unos 25 kilómetros al norte de la ciudad. Es un punto de referencia histórico y turístico. Nicolás Mihánovich, el tío bisabuelo de Sandra, fue un marinero croata que arribó a la Argentina como inmigrante con las manos vacías y al morir en 1929 había construido una de las empresas navieras más importantes de América del Sur. Esa capacidad extraordinaria para hacerse desde cero está en la misma onda que el surgimiento de Pergamino, fundado hacia 1750 en medio de la nada como un fuerte para contener las incursiones de los ranqueles y los tehuelches que amenazaban el Camino Real, la ruta entre el Río de la Plata y el Perú. El primer registro histórico del topónimo es un documento de 1626 redactado por el Cabildo de Buenos Aires que cita la «dormida de Pergamino», una posada o posta que ofrecía refugio a los viajeros. El Archivo General de la Nación conserva el escrito. El rótulo podría remontarse a un término prehispánico, la voz araucana o mapuche perca-minú (herrumbre-abajo), que algunos traducen como tierra colorada o rastrojo bermejo. Aunque mi apellido es español, me gusta pensar que se vincula a esta hipótesis.

Gabriel y Hernán Bermejo en el campo, 1978.

Con el correr de los siglos, cuando la patria comenzó a transformarse en una nación independiente, la zona fue escenario de episodios militares destacados. En 1815, el coronel Ignacio Álvarez Thomas realizó el pronunciamiento de Fontezuela, nombre del caserío donde acampaba con su ejército, diez kilómetros al este de la actual cabecera del partido; ese grito de rebeldía contra Buenos Aires le permitirá convertirse en director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. En 1820 ocurrió la primera batalla de Cepeda junto al arroyo homónimo, unos 30 kilómetros al norte de la ciudad de Pergamino, cerca de La Mirona; los caudillos federales Estanislao López, de Santa Fe, y Francisco Ramírez, de Entre Ríos, vencieron al porteño José Rondeau, entonces en el cargo que había ostentado Álvarez Thomas. La segunda batalla de Cepeda se produjo en 1859 en el mismo sitio, donde hay un monolito alusivo; las tropas de Justo José de Urquiza, presidente de la Confederación Argentina, derrotaron a las de Bartolomé Mitre, ministro de Guerra del Estado de Buenos Aires.

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Mientras vivíamos en el campo me tocó ingresar a primer grado, por lo que me anotaron en la escuela rural más cercana, distante un par de kilómetros. Iba caminando por una calle de tierra hasta una tranquera que se abría en tres direcciones: hacia el sur estaba mi rumbo, para el lado de Manuel Ocampo, una aldea que hoy suma mil habitantes; hacia el este se encontraban el arroyo Cepeda y la Ruta 32, que va a la provincia de Santa Fe, y hacia el oeste se abría la llanura, donde hay aldeas fantasma que alguna vez prosperaron gracias al ferrocarril. El colegio consistía en un solo salón a cargo de una sola maestra, que era directora, portera, secretaria, empleada de la limpieza, cocinera, granjera, enfermera y todo lo que hiciera falta. El alumnado consistía en una decena de nenes de diferentes edades y niveles. Había dos de primer grado, uno era yo; tres de segundo; uno de tercero; otro de cuarto; dos de quinto y uno de séptimo. Al empezar izábamos la bandera celeste y blanca cantando el himno.

Justo José de Urquiza.

Mi periplo hasta la escuela era solitario porque, obviamente, mi hermano Hernán tenía menos edad y Martín ni siquiera existía; quizás se estaba gestando en la panza de mi mamá. Probablemente, ella me acompañó el primer día para enseñarme el trayecto, que constituía una aventura permanente con situaciones inusitadas; veía pájaros revoloteando y encontraba sus nidos; me topaba con una iguana, un cuí o cualquier otro animalito. Yo era un cazador nato, pero respetaba la enseñanza de mi viejo, que portaba gran sabiduría: solo se puede matar un ser vivo si es para comer; de lo contrario, abstenerse; era como una especie de reglamento.

Otro acceso de lucidez de mi papá fue el retrato de mi día inaugural de clase. Es una de las fotos que más atesoro de mi infancia, aunque hay unas cuantas y me emocionan todas. Aparezco mirando a cámara parado con el guardapolvo blanco inmaculado, un portafolios, pantalón corto, medias hasta las rodillas, capucha a rayas blancas y rojas, y como fondo el camino de tierra que zigzaguea entre el follaje hasta perderse en el horizonte bajo el cielo despejado. En aquel contexto, la cámara de fotos era un elemento suntuoso para una familia trabajadora; encima había que comprar el rollo y después revelar las imágenes. El portafolio era de tela de avión con cierre; muchos chicos usaban el mismo; la opción era uno parecido de cuero con hebillas. La mochila representaba un artículo exótico únicamente al alcance de los soldados y los alpinistas. Los chicos de ahora pueden elegir entre infinidad de alternativas para llevar los cuadernos y los útiles.

Gabriel, Hernán y Ricardo Bermejo, el papá, con un pariente, Cataratas del Iguazú, 1976.

Yo además tenía lápices que ponía en una cartuchera, lo cual era otro lujo. Había niños que llegaban al aula con las manos vacías, porque eran recontra pobres, hijos de trabajadores rurales o peones. En los márgenes de Pergamino, tanto en la ciudad como en el campo, había párvulos que andaban descalzos y sucios; comían una sola vez por día con la familia e iban a la escuela sobre todo para alimentarse; a la mañana, antes de las clases, les daban una taza de mate cocido con un pedazo de pan. Creo que la educación pública tiene una función clave, abrir las puertas a todos; en cambio, las instituciones privadas requieren determinadas condiciones; para empezar, cierta indumentaria, como un uniforme o una remera con un escudo. Sin la red de la escuela estatal, los niños rezagados quedan drásticamente fuera del sistema.

«Yo vengo de muy abajo, / y muy arriba no estoy. / Al pobre mi canto doy / y así lo paso contento, / porque estoy en mi elemento / y ahí valgo por lo que soy», dice Atahualpa Yupanqui, uno de los pergaminenses que más admiro, en El payador perseguido, su famosa milonga. «Si alguna vuelta he cantao / ante panzudos patrones, / he picaneao las razones / profundas del pobrerío. / Yo no traiciono a los míos / por palmas ni patacones», agrega el poeta nacido como Héctor Roberto Chavero en un andurrial llamado Campo de la Cruz. «En las arenas bailan los remolinos, / el sol juega en el brillo del pedregal / y prendido a la magia de los caminos, / el arriero va, el arriero va», cuenta en la payada El arriero. «Es bandera de niebla su poncho al viento, / lo saludan las flautas del pajonal / y animando a la tropa por esos cerros, / el arriero va, el arriero va», divisa. «De tanto dir y venir, / hice una huella en el campo. / De tanto dir y venir, / hice una huella en el campo. / Para el que después anduvo, / ya fue camino liviano. / Para el que después anduvo, / ya fue camino liviano», recita en De tanto ir y venir, copla igualmente popular. «Tal vez un día la encuentren, / los que sueñan caminando. / Tal vez un día la encuentren, / los que sueñan caminando. / Yo les daré desde lejos / mi corazón de regalo. / Yo les daré desde lejos / Mi corazón de regalo».

Video generado con inteligencia artificial por Gabriel Bermejo.

Arturo Umberto Illia, médico y presidente democrático derrocado por un golpe militar, fue otro pergaminense comprometido con los desamparados. Como protesta hacia los usurpadores, rechazó la pensión de exmandatario. Además, volvió a Cruz del Eje, el pueblo cordobés donde había vivido desde la juventud, para retomar su profesión. Los lugareños todavía recuerdan a aquel doctor flaco y altísimo que atendía a los enfermos sin recursos viajando a caballo, en sulky, en bicicleta o a pie y pagando de su bolsillo los medicamentos fuera del alcance de los pacientes. Al morir, el único patrimonio de don Arturo era su vivienda. Algunos consideran que uno de los méritos notables de su presidencia fue la política educativa, que habría registrado el mayor índice, 23%, del presupuesto nacional dedicado al área en la historia del país. Una encuesta realizada en 2013 por Giacobbe, la consultora de opinión pública, situó a Illia en el tercer puesto entre las cien personas más honestas del mundo según los argentinos; solo lo superaron el papa Francisco y Manuel Belgrano; detrás quedaron, entre otros, la Madre Teresa de Calcuta, Mandela y Gandhi.

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Hice solamente primer grado en el campo porque mi familia al terminar la temporada volvió al pueblo. Cursé desde segundo en la Escuela 22, a tres cuadras de nuestro nuevo domicilio, un recorrido sobre una avenida que caminé miles de veces; la primera cuadra tiene negocios con vidriera a la calle; la segunda un colegio industrial; después está la Plaza San José con el ombú que he mencionado, que sigue en pie, quizás más esplendoroso que nunca, a cuya sombra se armaban aquellas peleas a puño limpio entre los pibes; a continuación queda la 22, que en esa época tenía la entrada sobre la avenida y ahora, como el edificio se amplió de manera considerable, posee el acceso a la vuelta, por la calle que bordea la plaza.

Mi mamá me mandaba prolijo a la escuela; peinado y con los zapatos impecables. En casa nunca faltó nada, ni ropa ni provisiones, durante mi infancia. Después, desde los 17 años, cuando me fui del hogar de mis padres, sufrí carencias de todo tipo, pero era otra circunstancia. En el campo sobraba la comida. Había una huerta de donde sacábamos frutas y verduras, incluido maíz; había un horno de barro donde cocinábamos el pan casero que luego untábamos con manteca o lo que hubiera; los pollos eran grandes, fuertes, robustos, no como los que se compran envasados, que al cocinarse se desarman. Freíamos pescado que sacábamos con nuestras propias manos del arroyo. Era una alimentación más sana y nutritiva. La cocina funcionaba a leña, el gas era una rareza. Yo llegaba de cazar pajaritos, agarraba un pedazo de pan redondo, grande, le ponía queso y dulce y me lo morfaba; al rato volvía y me deglutía un nuevo pedazo igual. No recuerdo que tuviéramos heladera u otros artefactos eléctricos, tal vez ni siquiera había corriente.

Gabriel Bermejo con su mamá Rosa y su hermano Hernán, 1973.

La carneada y la faena de ganado vacuno y porcino, experiencias inolvidables, se realizan habitualmente durante el invierno, entre fines de mayo y julio, aprovechando las bajas temperaturas para conservar mejor la carne y los embutidos: chorizo, salame, morcilla, queso de cerdo y demás. Es un evento comunitario de preparación de alimentos donde se reúnen la familia y los vecinos para compartir el mate, la charla y la guitarreada. El cuchillo es una herramienta fundamental en esta y numerosas actividades rurales; además, sirve como arma en circunstancias extremas; cada paisano tiene su puñal, su facón y distintos utensilios, como la pinza. A una edad determinada al niño le hacen una daga con el mango forrado en cuero y una funda que puede colgar del cinturón o la faja. En la pampa hay que andar con las herramientas encima. Además, todo tiene provecho; si uno encuentra un pedazo de alambre lo guarda; nada se desperdicia.

Yo me encargaba de acarrear la leche a la mañana temprano, apenas me levantaba. Mi mamá me decía anda a buscar la leche. Llevaba un tarro que llenaban hasta el tope; para traerlo paraba cada dos o tres pasos, porque era pesadísimo, más que yo; nadie me ayudaba ni decía pobrecito, el nene. La leche natural de vaca es más blanca y espesa que la del supermercado; encima aquella era pura, ordeñada en el momento; con un vaso quedaba repleto y me daba sueño. El que ordeñaba era un paisano, don Collar, que conocía el oficio como nadie y era perfeccionista. Consideraba crucial efectuar su tarea en horarios fijos y determinados, idealmente dos veces al día, porque la regularidad y el vaciado oportuno evitan problemas de salud y de ánimo en la vaca, lo cual reduce el estrés y aumenta la cantidad y la calidad de la producción. Todo tiene su ciencia.

Gabriel, Hernán y Martín Bermejo con sus perros Cartucho y Paloma, 1982.

Mi papá con esa materia prima hacía manteca, queso y dulce de leche. El cocinero de la familia era él y mi mamá lo ayudaba, porque ella nunca tuvo demasiada vocación de ama de casa. La manteca se obtiene hirviendo reiteradamente la leche para separar la parte sólida a base de grasa, que es lo que sirve, y el líquido, llamado suero. La elaboración de quesos transforma la leche en un sólido mediante la coagulación de sus proteínas, la caseína, mediante agregados naturales, lo que provoca que se corte. Una vez separado el suero, se obtiene una masa que se fragmenta, moldea, prensa y finalmente sala y madura, definiendo textura, sabor y aroma según la técnica y el tiempo.

Para fabricar dulce de leche hay que colocar los ingredientes en una cacerola con fondo grueso y antiadherente: leche, azúcar y bicarbonato de sodio. Cocinar a fuego bajo durante diez minutos, hasta disolver bien el azúcar. Bajar el fuego al mínimo y mantenerlo durante dos horas, aproximadamente. Remover cada cinco minutos con ayuda de una cuchara de madera para evitar que la preparación hierva en exceso o se pegue. Cuando comienza a espesar, remover con energía para prevenir que se queme o se formen grumos. Es importante no dejar de revolver para que adquiera textura cremosa. Una vez que la preparación toma un color marrón claro, espesa y se vuelve más cremosa, retirar del fuego y seguir mezclando varios minutos. Una vez tibio, colocar dentro de un receptáculo, preferentemente de vidrio. Finalmente, dejar enfriar, tapar y guardar en sitio fresco.

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Había varias familias viviendo en la estancia, gente que realizaba diferentes trabajos, desde capataces o encargados hasta peones. Los oficios que se desempeñan son múltiples: en el ámbito agrícola hay cosechadores, tractoristas y distintos operarios; en el ganadero hay vaqueanos diversos. Yo acostumbraba jugar con los demás niños, ninguno de los cuales tenía edad escolar; salíamos a andar en bicicleta o íbamos a cazar en la llanura, donde existe todo tipo de animales; algunos peligrosos, como víboras, lagartijas o iguanas. Por suerte, en la pampa bonaerense escasean las especies venenosas, fuera de la culebra. La carne de la iguana se tira, pero la parte de la cola es comestible. Hay pájaros de incontables clases; los más grandes son el aguilucho y el chimango. Hay cuises, peludos y liebres. En los arroyos hay bagres que tienen aletas con filo, bigote largo y boca aplastada; hay tarariras o taruchas, que pueden morder, lo mismo que las nutrias. Nosotros conocíamos todos los bichos.

Video generado con inteligencia artificial por Gabriel Bermejo.

La paloma también va a parar a la olla, es como una antecesora del pollo. Las de campo son sanas, en cambio las de ciudad están enfermas por la contaminación. Los gauchos arman palomares donde las hembras ponen huevos; de esa manera, logran el guiso más barato que existe, con carne de paloma y huevos. En general, se llama guiso a un plato hecho de distintos ingredientes, como carne, verdura y legumbres, cocinados dentro de una salsa o un caldo. Otro plumífero que cazábamos era el pato; le tirábamos con escopeta calibre 16, algo que requiere táctica: camuflarse, arrastrarse por el suelo y ponerse pasto arriba de la cabeza. El pato tiene carne dura, fuerte, media negra; al ser salvaje, el animal silvestre se mueve mucho; por lo que, como la mayoría de los bichos, se come en escabeche, para que se ablande y conserve. El escabeche es una salsa o adobo que se prepara con aceite frito, vino o vinagre, hojas de laurel y otros condimentos.

Aunque el ritual de la caza era cotidiano, los fines de semana se incrementaba. Mi arma habitual era un rifle de aire comprimido de cuatro milímetros y medio, que permite lograr bastante precisión y es un pertrecho menos peligroso que las armas de fuego. Nunca usé honda o gomera, que tiene sus trucos y requiere bastante destreza. Ya mencioné que un botín preciado para cualquier cazador son los huevos, especialmente los de colibrí; quizás encontraba un nido con seis o siete, me llevaba la mitad y dejaba el resto.

Gabriel Bermejo en el campo, 1978.

Con mi viejo fuimos a pescar regularmente los fines de semana hasta mis diez años, que empecé a jugar al fútbol y hacer atletismo. En Pergamino hay multitud de afluentes del Arroyo del Medio, que es la frontera natural entre las provincias de Buenos Aires y Santa Fe y desemboca en el Paraná. También probamos suerte en este río, el segundo más largo de Sudamérica, solo superado por el Amazonas, para lo cual teníamos que viajar hasta el vecino partido de San Nicolás. Los elementos del pescador son la caña, la carnada, los anzuelos, la línea, el cuchillo y la caramañola. A veces el anzuelo se engancha en algún lado y la tanza se corta o una tortuga carnívora muerde el cebo, lo que exige reponer los enseres. Se puede pescar con boya o a fondo, usando un plomo que se hunde; depende de la especie buscada; la variedad de un arroyo es escasa, la del río es superior.

Mi viejo tuvo distintos autos, ninguno cero kilómetro. Yo manejé un Renault 4L en varias ocasiones yendo a pescar; la palanca de cambios estaba arriba, junto al volante; lo metíamos por los caminos rurales y estacionábamos en un punto. Después hacíamos a pata un trecho en ocasiones bastante largo, tal vez una hora o más, hasta que nos topábamos con un caudal de agua que podía ser ínfimo o importante, quizás con obras de infraestructura, como diques o puentes. En general nos movíamos solos, pero cada tanto compartíamos la aventura con parientes o amigos.

Arturo Umberto Illia.

La elección del lugar y los preparativos constituyen una especie de ritual. Cuando uno se acerca a la orilla debe hacer silencio, porque los peces escuchan y se espantan. Una medida de supervivencia primaria es crear un manantial, o sea, un hueco cavado en la tierra a pocos pasos de la rivera; al cabo de algunos minutos se llena de agua que, como es dulce, se puede tomar. Hay que saber encarnar el anzuelo y dominar la técnica básica para manipular la caña. Es imprescindible cierta capacidad de orientarse en lugares desconocidos; en Pergamino lo más común es buscar un arroyo que permita ir de afluente en afluente hasta asentamientos humanos. Además, el pescador caza los bichos que aparecen y los cocina en el fuego; nosotros encendíamos la llama con fósforos que manteníamos impermeabilizados dentro de algún recipiente; también se la puede generar de manera natural, con madera o piedra.

Cada uno de estos aspectos es una forma de conocimiento que excede la pesca. Cuando después me he encontrado solo en la pampa y en la vida, he sabido cómo actuar en cualquier circunstancia. Además, el contacto con la naturaleza otorga argumentos consistentes para opinar. El famoso cambio climático para mí existe. Pergamino posee una hidrografía inmensa de arroyos y lagunas que se mueven o se secan o surgen de repente en sitios imprevistos. Un agravante, que incrementa el fenómeno, es el riego artificial. Además, conozco otras zonas del país en las que la variación es más evidente. En la provincia de San Luis hay áreas que hasta tiempos recientes eran secas y ahora registran lluvias profusas.

Atahualpa Yupanqui.

Poseo un millón de anécdotas sobre pesca. Rescato una que tiene como protagonista a Carlos Bermejo, fallecido primo de mi papá que era hijo de Pedro, hermano de mi abuelo. A Carlos le encantaba pescar en cuevas, un método que se desarrolla en escasa profundidad y consiste en atrapar con la mano los peces, por ejemplo, bagres, que se refugian en los escondrijos del lecho. El interesado debe tantear pacientemente el fondo con ayuda de al menos una persona encargada de bloquear la entrada e impedir la fuga de la presa. De esta forma, Carlos y sus hijos hacían maravillas, llenaban bolsas de pescado. La cuestión es que una vez tanteó, sintió algo peludo y nos dijo me parece que agarré una nutria; después agregó creo que le metí el dedo en el culo; cuando la sacó a la superficie vimos que en realidad la tenía agarrada por la boca, lo que implicaba peligro, porque es un animal que muerde; afortunadamente, antes de que ocurriera, se la revoleó a los perros.

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En casa siempre tuvimos perros galgos que llevábamos a cazar liebres. Los más fieles fueron dos hermanos, hembra y macho, que se llamaban Paloma y Cartucho; la primera más rápida, el segundo más resistente. Un día la Paloma se quebró una pata que le quedó torcida y ya no sirvió más para cazar. La temporada de la liebre es en invierno, con el frío intenso. Yo debuté a los siete u ocho años. Para salir nos juntábamos con los tíos y primos Bermejo; era como una tradición; íbamos en el camión de Carlos el domingo a la mañana, apenas empezaba a clarear, con la llanura blanca de la helada y la escarcha. Cuando llegábamos al lugar elegido, nos formábamos en fila horizontal, uno cada diez o quince pasos, y caminábamos barriendo el terreno; de pronto saltaba una liebre que se escapaba corriendo; los perros se disparaban y allá lejos la agarraban.

Entonces nos acercábamos y quitábamos los perros a las patadas. Esta tarea solía recaer en mí, que era livianito y rápido. En general la presa seguía viva, por lo que había que darle un golpe de gracia. En una mañana podíamos agarrar diez o quince ejemplares; los traíamos atados de las patas a una soga que nos colgábamos en el cuello. Al mediodía había que preparar el asado, que hacíamos junto a algún arroyo. Después, en casa, como yo era el más grande de los hijos, me encargaba de cuerear el animal. El cuchillo tiene que ser bien filoso. El ejemplar se estaquea con la panza para abajo y las patas abiertas; se tajean el medio, los costados y las piernas; se tira hacia abajo y sale la piel como si fuera una especie de campera. Queda el cuerpo despellejado, puro músculo; la liebre no tiene grasa, es herbívora; se quitan los órganos vitales, como el corazón y los riñones; finalmente, se sumerge en vinagre. Lo que sobra va para los perros. La carne es rica, nutritiva; se hace en escabeche o guiso o se usa como relleno de empanadas.

Gabriel Bermejo camino al primer día de clase, 1978.

Los cazadores cruzan los mejores perros para obtener buena cría. A los cachorros les ponen nombres vinculados a la velocidad o la fuerza, como Furia, Rayo, Huracán, Viento, Bala o Flecha. El dueño cuida a sus perros con esmero, les da de comer carne picada y presume de tener los mejores. Los lleva atados con una soga que tiene un nudo especial, preparado para soltarse en el momento en que el animal tira con fuerza. La presa pertenece al dueño del perro que la atrapa.

Una vez cazamos una liebre mientras pescábamos con mi papá en un arroyo ancho como una calle de ciudad. Como corresponde, estábamos en un silencio absoluto, porque como dije cualquier ruido puede espantar los peces. Durante la tarea está terminantemente prohibido hablar o prender una radio, un motor y cualquier artefacto. En un momento, por curiosidad, me acerqué al barranco y vi que abajo se abría como un hueco; cuando me asomé, vi con sorpresa que había una liebre escondida; volví adonde estaba mi viejo y le avisé al oído; él sigilosamente se acercó, esperó que se asomara y la atrapó.

El camión de Carlos, el fallecido primo de mi papá, era un Mercedes 1114 modelo 1970 y pico. Una vez que íbamos a cazar con él, mi viejo y varios más, se rompió el motor en el medio de la pampa. Mi papá, un pariente y yo pegamos la vuelta caminando para buscar ayuda; fue una travesía eterna por el medio de los yuyos y llegué al límite de mis fuerzas, sentí que me moría. De repente, encontramos una planta de moras rebosante de fruto; me trepé y comí como un angurriento; eso me permitió recuperar energía. Después continuamos y al cabo de un nuevo empeño divisamos una estación de servicio providencial donde pude tomar agua y terminé de revivir. Por suerte, un camionero que paró a cargar nafta se ofreció para acercarnos hasta el vehículo de Carlos y llevarlo a tiro hasta un sitio poblado.