Hasta quién sabe dónde (episodio 8)
1°/3/2026
por Lucio Casarini
Ricardo Gabriel Bermejo es boxeador, mago y poeta. Nacido en la ciudad bonaerense de Pergamino, se considera habitante del mundo. Entre infinidad de peripecias, algunas dramáticas, conoció la gloria como héroe olvidado del atletismo y rey del arte de los puños sin corona. Este relato por entregas recoge su testimonio.
Mi llegada al mundo fue un evento imprevisto. Cuando mi mamá y mi papá estaban de novios, con 19 y 22 años, ella quedó embarazada. Entonces, mi viejo, según cuenta, para evitar que hablaran de la Rosa, que dentro y fuera de la parentela dijeran pavadas, le propuso matrimonio. Se casaron por civil en Pergamino y por la iglesia en Buenos Aires. La ceremonia religiosa ocurrió en circunstancias particulares que detallaré algunas anécdotas más adelante. De todas maneras, en la Argentina la única boda legal, desde 1888, es la que registra el Estado; la otra está subordinada a esta; tal concepción es una herencia de la Revolución Francesa, afirman los que saben. Una vez unidos en matrimonio, se fueron a vivir con mi abuela paterna, Enriqueta, que estaba divorciada del abuelo Manuel y era una excelente suegra. Permanecieron ahí hasta que mi viejo fue contratado por la estancia La Mirona y, ya presentes los dos primeros hijos, nos mudamos al campo. En la actualidad, mis padres se encuentran separados. Entre ellos se dicen respetuosamente Ricardo y Rosa. Una vez, hace poco tiempo, para hacerme el gracioso le hablé a ella por teléfono imitando la dicción de él. La saludé Rosa, con la voz gruesa; me contestó sorprendida hola Ricardo, qué querés; largué la carcajada y me comentó ay, tenés la voz igual que tu papá.
Mi viejo se llama Ricardo Manuel Bermejo y nació el 6 de septiembre 1948. Mi mamá, Rosa del Carmen Giustozzi, el 1° de septiembre de 1951. Yo, Ricardo Gabriel, el 28 de marzo de 1972. Mi hermano Héctor Hernán, el 15 de agosto de 1973. A continuación, el benjamín, Martín Julián, el 21 noviembre de 1978. Los cinco dados a luz en la ciudad de Pergamino. Mi vieja recuerda que mi parto fue a las 20 horas, el de Hernán a las 12 y el de Martín a las 20.20. Los tres niños nacimos en el Hospital San José mediante alumbramiento natural, quizás hasta con la misma partera. Mi mamá cuenta que el que le generó peores complicaciones fue Martín, por lejos el más cabezón. Mis dos hermanos cursaron el jardín de infantes, yo entré directo a primer grado de la escuela. Como con Hernán nos llevábamos un año y pico, el vínculo era estrecho, algo que he destacado. Con Martín, en cambio, hay seis años de diferencia; es el más mamero y mimoso; nosotros lo cuidábamos cuando mis viejos estaban en el laburo, porque por necesidad mi mamá salió a buscar trabajo. Cuando asesinaron a Hernán, el 18 de septiembre de 1998, quedamos tan aturdidos que dejamos de festejar en familia y el primer cumpleaños cancelado, porque tocaba, fue el de Martín.
Mi papá, como he narrado, fue un amante de la caza, la pesca y el deporte. También conté que en el tercer rubro fue malo para todo. Él sostiene que boxeaba bien, pero es una aseveración arriesgada. Lo cierto es que carece de una trayectoria comprobable. Su relato es que cuando se acercó a un gimnasio era menor de 18 años y le replicaron que necesitaba autorización de los padres. Hoy en día un chico hace lo que quiere a cualquier edad, pero en esa época era diferente, había más respeto o consideración hacia los adultos. La cuestión es que, como se le había metido la idea en la cabeza, encontró la manera de ir igual, tal vez a otro club. Empezó a entrenar y un día le rompieron la nariz de una piña; le quedó para el costado, como se observa en las fotos; se la enderezó él mismo como pudo, con los guantes puestos; la tenía roja e hinchada como un morrón, describe siempre. Cuando llegó a la casa, donde los padres aún vivían juntos, trató de escabullirse sigilosamente a la pieza con la luz apagada. Pero mi abuela percibió su presencia, se asomó y le preguntó Negro, no vas a venir a comer. Lo llamaban Negro. De pronto, ella prendió la luz y la macana quedó al descubierto.
Gabriel Bermejo, 1980
El padre, don Manuel Bermejo, le prohibió volver a boxear. No obstante, mi viejo siguió yendo al gimnasio de incógnito e incluso, siempre de acuerdo con su versión, logró disputar tres combates como aficionado. El último habría sido con un pugilista bastante curtido que le ganó por nocaut y frustró la posibilidad de mi papá de abrirse camino en el arte de los puños. La argumentación de mi viejo para justificarse es que él se sentía con talento, pero en ese tiempo el boxeo era demasiado rústico. Los principiantes salían al ring a cara limpia, sin cabezal, la protección que envuelve el rostro, y los guantes eran recontra duros, de cerda de caballo. De todas formas, creo que si una persona apuesta por algo se la tiene que aguantar; de lo contrario, mejor que se dedique a otra cosa. Quizás, entre otros factores, el desengaño en el terreno deportivo motivó a mi papá interesarse por la política y declararse peronista o justicialista. Algo que en aquel contexto estaba censurado y por tanto significaba un acto de audacia.
Mi viejo tenía 20 años cuando en 1969 estudiantes y obreros, con destacada presencia de los peronistas, controlaron las calles de la ciudad de Córdoba durante dos días en una efeméride que quedó en la historia como el Cordobazo. Aunque Pergamino está a casi 500 kilómetros, aquella asonada retumbó con fuerza en la sociedad local, igual que en todo el país. Era un marco de dictadura militar, con Juan Carlos Onganía, alias la Morsa, en la presidencia de la Nación. Quizás mis padres empezaban a mirarse o conocerse cuando al año siguiente, en 1970, hizo su aparición el grupo armado peronista Montoneros mediante una acción osada, el asesinato de Pedro Eugenio Aramburu, el general que había derrocado a Juan Domingo Perón, había perseguido a muerte a sus partidarios y había secuestrado el cuerpo de Evita. Este último asunto será saldado en 1971 por Alejandro Agustín Lanusse, nuevo milico a cargo de la presidencia, que devolvió los restos embalsamados de la difunta al viudo, entonces exiliado en Madrid.
Como puede verse, en el instante de mi nacimiento, la Argentina era una olla a presión. Yo tenía pocos meses de vida cuando, en 1972, Lanusse anunció en una conferencia televisada la apertura democrática y desafió al desterrado a regresar: «Perón no viene porque no puede; permitiré que digan: porque no quiere; pero en mi fuero íntimo diré: porque no le da el cuero para venir». El afrentado aceptó el reto y, tras enardecidas negociaciones, meses después, el 17 de noviembre de 1972, aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, al cabo de 17 años de ausencia. La foto emblemática del acontecimiento muestra a José Ignacio Rucci, secretario general de la Confederación General del Trabajo, sosteniendo un paraguas para proteger a Perón de la lluvia. El hecho puso fin a la proscripción del Partido Justicialista y fue la antesala de los comicios sucesivos de 1973 que llevarán a Héctor Cámpora y luego al mismo Perón a la Jefatura de Estado.
Regreso de Perón a la Argentina, 17 de noviembre de 1972.
Una figura singular del período en ciernes será José Ber Gelbard, empresario a cargo del Ministerio de Economía en 1973 y 1974. Inmigrante judío polaco y comunista declarado, contaba que en sus inicios había sido vendedor ambulante. Acordó un programa conjunto con los sindicatos: aumento de salarios para fortalecer el mercado interno; un pacto social de dos años por el cual los gremios renunciaron a mejoras salariales y los industriales prometieron congelar los precios; prioridad del crédito para las pequeñas y medianas empresas; régimen de promoción industrial en las provincias del interior; reducción de las tasas de interés; gestión estatal del comercio exterior con apertura a países comunistas, en particular China, la Unión Soviética y Cuba. A pesar de las críticas de los conservadores, el plan funcionó. Tuvo como resultado un espectacular aumento de las exportaciones, la producción, y la inversión pública y privada.
Retrocedo un poco en la cronología. En 1972, luego de permanecer cerca de un mes en Buenos Aires, Perón volvió a Madrid. Como el Gobierno militar vetó su candidatura, designó desde España a Cámpora postulante del partido para la elección del 25 de mayo de 1973. En ese momento, yo era un bebé de un año y mi hermano Hernán estaba en la panza de mi mamá. El 20 de junio siguiente se produjo el regreso definitivo del líder, un evento cuyos efectos colaterales inmediatos anticiparán la tragedia argentina posterior. La Juventud Peronista, con los Montoneros al frente, y los sindicalistas, cada uno por su lado, convocaron a una bienvenida gigantesca alrededor de un palco a tres kilómetros del Aeropuerto de Ezeiza. En un espacio parquizado, enorme, ideal para una congregación gigantesca que, calculaban, reuniría más de un millón de personas.
Ignoro si mi papá estuvo presente en la ocasión, nunca hablamos del tema, pero es probable. De la ciudad de Pergamino a ese sitio hay 250 kilómetros, apenas tres horas de viaje, y arribaron delegaciones de todo el país. La cuestión es que pronto comenzaron los forcejeos de diferentes facciones por los lugares estratégicos. Gente armada, un par de miles de hombres del Comando de Organización autorizado por el Gobierno Nacional, ocupó las inmediaciones del palco y luego el escenario mismo, además de otras posiciones. Posiblemente, algunos manifestantes hayan estado asimismo pertrechados, pero los testigos coinciden en que la mayoría esperaba una jornada en paz. De repente, una multitud con banderas de los Montoneros intentó acercarse de prepo al escenario y fue repelida a los tiros, lo que inició una cacería feroz y una desbandada colosal. El saldo será de 13 muertos y más de 300 heridos de diversa gravedad. Este horror quedará en la memoria popular como la masacre de Ezeiza.
Rosa y Ricardo Bermejo con los pequeños Hernán y Gabriel, 1980.
Debido a los incidentes, el descenso de Perón sucedió en otro aeropuerto bonaerense, el de Morón. De esta manera desoladora pudo concretarse el retorno definitivo. El líder permanecerá en el país hasta su muerte, que ocurrirá solo un año más tarde; un epílogo previsible debido a su edad, 77 años, y su salud extremadamente débil. Tres semanas después, Cámpora y su vice, Vicente Solano Lima, renunciaron. Raúl Lastiri, titular de la Cámara de Diputados (y yerno de José López Rega, apodado el Brujo, ministro de Desarrollo Social de la Nación y fundador de la Alianza Anticomunista Argentina, Triple A), asumió interinamente el Poder Ejecutivo y convocó un nuevo sufragio presidencial.
Yo tenía un año y medio de vida y mi hermano Hernán un mes cuando, el 23 de septiembre de 1973, Perón obtuvo el 62% de los votos. Al mes siguiente juró por tercera vez como primer mandatario, acompañado por su esposa María Estela Martínez como vice. En realidad, de antemano la intención del ganador era una fórmula de unidad con Ricardo Balbín, referente de la Unión Cívica Radical que parecía capaz de tomar las riendas en caso de muerte de Perón, algo que muchos, incluso el propio afectado, temían cercano. Así fue. El fundador del Partido Justicialista murió el 1° de julio de 1974 en la residencia de Olivos de un paro cardíaco. Su cónyuge lo sucedió en medio de un conflicto creciente en que participaban de un lado los Montoneros y más organizaciones guerrilleras, como el Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP, y del otro las Fuerzas Armadas y la Triple A. La viuda fue destituida el 24 de marzo de 1976 y comenzó la dictadura militar más sanguinaria de la historia argentina.
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Mis padres se conocieron a través de amigos. Mi mamá salía a caminar con su prima Any, que simpatizaba con un muchacho compinche de mi viejo. Así empezaron a verse. La juventud del pueblo a la tarde iba de picnic o mateada y a la noche buscaba algún baile en una casa, una quinta o un club. Era el tiempo del tocadiscos y la prehistoria del rock nacional. Mi mamá se sigue emocionando cada vez que escucha Rosa, Rosa, de Sandro, y otros hits inolvidables: De boliche en boliche, de Los Náufragos, o Estoy hecho un demonio, de Safari. Mi vieja era una morocha hermosa e imponente y mi papá tenía lo suyo, era un pibe desenvuelto y fachero. Los picnics y las mateadas ocurrían a orillas del Arroyo Pergamino, con su arboleda frondosa y multicolor, su riqueza para la pesca, su aptitud para nadar y navegar en embarcaciones de tamaño reducido y, en simultáneo, su faceta traumática, que ha ido de mal en peor: la inundación periódica del pueblo, una adversidad que ocurrió un centenar de veces en el último siglo, cuatro de especial gravedad: 1939, 1984, 1995, la peor, y 2016.
Se trata de desastres causados por la crecida de ese curso de agua, que atraviesa el trazado urbano de oeste a este, y su hermano menor, el Arroyo Chú Chú, que va de norte a sur. El contraste entre la incapacidad comunitaria para resolver este dilema, que solo requiere planificación y estrategia, y la magnitud de la economía distrital es inaudito. Pergamino integra una de las regiones agropecuarias más ricas del planeta. Se encuentra en la pampa húmeda, dentro de una porción denominada pampa ondulada. Una unidad fisiográfica que se caracteriza por un relieve sinuoso y recortado por cañadas, ríos y afluentes. Como he descripto, en su extremo norte, el partido limita con el Arroyo del Medio, frontera entre las provincias de Buenos Aires y Santa Fe. El resto del contorno raya con municipios bonaerenses: San Nicolás y Ramallo al norte; Bartolomé Mitre, cuya cabecera es la ciudad de Arrecifes, al este; Salto y Rojas al sur; y Colón al oeste.
Video generado con inteligencia artificial por Gabriel Bermejo.
A la pujanza del campo se sumó en el siglo veinte un prometedor desarrollo industrial, metalúrgico y textil, que gozó de relativo auge hasta la década de 1980. Hoy esta vertiente se encuentra en clara decadencia, lo que ha generado crecientes niveles de desocupación y pobreza, como puede observarse en los numerosos asentamientos carenciados expandidos principalmente en las áreas bajas e inundables. En consecuencia, las crecidas atacan con mayor ferocidad a los pobres. Aunque el agua ignora los niveles o sectores sociales. Como quedó demostrado el 7 de abril de 1995, cuando tronó un diluvio que en pocas horas tapó el 80% del pueblo, en ese tris de unos 70 mil habitantes. La devastación arrasó con incontables hogares, dejó en la calle a multitud de familias y cercenó cinco vidas: Fernando Tomás Esquivel, bombero muerto en el cumplimiento del deber; Claudio Herro, fallecido intentando rescatar a Matías Rodríguez, un niño de ocho años igualmente extinto; Oscar Scollo; y Faustina Masciotta de Pontoriero.
Las causas del cataclismo son públicas y notorias. La ciudad se ubica en una zona relativamente baja, propensa a la acumulación hídrica. Se agrega un inadecuado manejo del agua, que se manifiesta, por ejemplo, en canalizaciones que escurren hacia el casco. Encima, el desarrollo edilicio espontáneo ha avanzado sobre los valles de inundación, que son receptores de los excesos. Además, sin cesar se construyen barrios con financiación pública en esas mismas zonas. El trazado de rutas, caminos y puentes ignora la dinámica del agua y obstaculiza su drenaje. El uso del suelo rural empeora la situación. Los terraplenes del ferrocarril también juegan en contra. La cuestión de los residuos urbanos es otro factor determinante. Por si fuera poco, el sistema de desagües es deficiente, al punto de que durante cada crecida las compuertas se cierran por la presión que ejerce agua.
El Arroyo Pergamino y el Puente de las Mujeres.
La Municipalidad de Pergamino publicó en 2018 un Plan de Emergencia Hídrica que reconoce la necesidad de algunas medidas básicas: dragado y limpieza de ambos arroyos, alteo del terraplén de defensa en los cuatro barrios más riesgosos, construcción de cuatro estaciones de bombeo, implementación de un sistema de monitoreo hídrico, desarrollo de un plan de desagües pluviales, gestión de una presa de regulación del arroyo principal. Para concretarlas es imprescindible involucrar a la comunidad afectada. Hay recursos dispersos que podrían sistematizarse: el cuerpo de Defensa Civil, el área de Acción Social de la comuna, instituciones como Cáritas y otras con inspiración solidaria, la llamada Unión de Comisiones de Fomento, otras entidades ciudadanas y, sobre todo, la gente común, principal fuente de información, criterios, ideas, cultura y experiencia.
Estoy enumerando circunstancias que existían antes de que yo naciera y que identifica cualquier pergaminense. Hay como una especie de inconciencia colectiva. La vida social y comercial continúa entre crecida y crecida, aún con la hipótesis de un desastre mayúsculo. Cuando empezó a salir con mi mamá, mi viejo trabajaba justamente de vendedor en una tienda de ropa, donde lucía traje y corbata. Eso le daba una presencia distinguida. Además, gracias al empleo se había comprado una Zanella 125, la moto más codiciada por los jóvenes. Había dos alternativas superiores, la 175 y la 180, pero eran menos populares. En ese entonces, la marca Zanella hacía punta en el mercado argentino y estaba en pleno crecimiento. La compañía es un ejemplo de tenacidad emprendedora. Había nacido en 1948 en la localidad bonaerense de Caseros por iniciativa de los hermanos Juan y Santiago Zanella como taller metalúrgico dedicado a partes de autos y en 1957 lanzó su primera moto, la Ceccato, de diseño italiano. En la década de 1980 se convertirá en una firma de exportación que venderá a América del Sur, Estados Unidos y África. Acorde con los tiempos actuales, hoy ensambla piezas que importa de China, país con el que además desarrolló el automóvil económico nacional, el Zanella Zity, de tres ruedas.
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Durante su noviazgo, entre paseos y salidas, mis padres fueron formando una banda de amigos en la que, además de Any, se acoplaban, entre otros, Luis, hermano de esta, un tal Turco Abdala y otro cuya identidad se me escapa que murió en esa época de mal de los rastrojos o Fiebre Hemorrágica Argentina, una enfermedad endémica que contará con una vacuna recién en 1990 gracias a las investigaciones realizadas con asiento en Pergamino por el médico Julio Isidro Maiztegui. Este experto se consagró al estudio del virus durante décadas, hasta su muerte en 1993, y ocupa un lugar en el panteón de los grandes de la salud nacional. Su gesta contó con el apoyo de la Fundación Emilio Ocampo, entidad que lleva el nombre de un joven pergaminense fallecido por el mal en 1964. La familia de este, una de las más tradicionales del partido, decidió impulsar la experimentación científica con la finalidad de evitar que la tragedia fuera en vano y quedara en el olvido.
El causante es el Virus Junín, identificado así para recordar el distrito bonaerense en que fue detectado en la década de 1950. El pionero en observarlo fue Rodolfo Arribalzaga, igualmente médico, que encontró el síndrome en trabajadores rurales y supuso que se trataba de un achaque sin registro hasta entonces. Consiste en una dolencia viral grave transmitida por el ratón maicero en la pampa húmeda: provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y La Pampa. Se la considera una endemia porque permanece con el tiempo dentro de una región o un grupo. Una epidemia, en cambio, se propaga durante un período determinado (asimismo en un área o población). Una pandemia, mientras tanto, como el coronavirus, el dengue o la malaria, afecta más de un continente (con transmisión comunitaria o interna).
El contagio se produce a través del contacto con la piel, la mucosa o la inhalación de partículas infectadas. Se caracteriza por fiebre, dolor de cabeza y malestares musculares. Requiere atención temprana. Para prevenirlo se recomienda calzado cerrado, evitar dormir en el suelo, desmalezar los alrededores de la vivienda y conservar predadores naturales como lechuzas, gatos y otras especies. El tratamiento con plasma (la parte líquida de la sangre) practicado a tiempo reduce al 1% la mortalidad, que en condiciones normales es del 30%. La enfermedad ataca principalmente a habitantes o empleados rurales, el 80% hombres de entre 15 y 60 años. El radio geográfico abarca cerca de seis millones de individuos. Desde su desarrollo, la vacuna ha sido administrada a unas 250.000 personas. En el presente, la incidencia anual promedio se mantiene por debajo del centenar de contagios y en menos de una decena de muertes.
La batalla contra el virus ha sido progresiva. En 1961, mediante un decreto nacional, la Fiebre Hemorrágica Argentina fue reconocida como dolencia profesional de los obreros agropecuarios. En 1964, se creó la Comisión Nacional Coordinadora para el estudio y la lucha contra la afección, una entidad conformada por representantes de la salud pública nacional, de las provincias involucradas, de universidades y de otros estamentos. En 1965, un grupo de investigadores y técnicos del Centro de Educación Médica e Investigaciones Clínicas (el prestigioso Cemic) y del Instituto Nacional de Microbiología Carlos Malbrán (igualmente insigne) se instaló en Pergamino invitado por la Fundación Manuel Ocampo. La estación local del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta) aportó un galpón para el laboratorio y el Hospital Interzonal San José (de alta complejidad) una sala para los enfermos.
Julio Isidro Maiztegui.
El paso coincidió con el retorno de Estados Unidos de Maiztegui, entonces un joven nacido en Bahía Blanca, formado en la Universidad de Buenos Aires y flamante laureado con un máster en salud pública en Harvard. Luego de algunas temporadas en el Cemic, que tiene sedes en la Capital Federal y alrededores, el doctor se interesó por el mal de los rastrojos y en 1971 se radicó en el pueblo para comandar el llamado grupo de Pergamino, bajo la órbita de la Dirección de Institutos del Ministerio de Salud de la Nación, con el aporte de la Fundación Ocampo, la Secretaría de Salud Pública argentina, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y el Instituto de Salud de los Estados Unidos. En 1978, el proyecto pasó a llamarse Instituto Nacional de Estudios sobre Virosis Hemorrágicas (Inevh) con la misión exclusiva de combatir el mal de los ratrojos. En 1979, el equipo de Maiztegui publicó los prometedores resultados de su trabajo en The Lancet, la prestigiosa revista científica británica, con firma del nombrado, Néstor Fernández y Alba Damilano.
En 1992, la entidad se transformó en Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas (idéntica sigla, Inevh), con el cometido de extender su alcance hacia otras dolencias de impacto regional y nacional, con especial énfasis en las transmitidas por vectores y roedores, como hantavirus, dengue o fiebre amarilla, por nombrar las más conocidas. En 1994, la organización fue bautizada Doctor Julio Isidro Maiztegui. Las instalaciones se encuentran en la dirección Monteagudo 2510 y ocupan casi cinco mil metros cuadrados cubiertos en un predio de más de dos hectáreas.
Desde su fundación, en la década de 1960, el proyecto creó una red de diagnóstico, servicios, docencia, investigación y educación caracterizada por una fluida participación comunitaria. Generó un vínculo periódico con la población y los médicos rurales. Mediante folletos, charlas y actividades en estaciones ferroviarias y escuelas, inculcó la urgencia de recurrir a los profesionales ante la aparición de síntomas. La pedagogía se convirtió en una pieza clave en el combate de la enfermedad. Todo esto permitió el registro de los casos y la transferencia de los desarrollos científicos a la esfera social, con un descenso significativo de la letalidad.
Me detengo en un relato pormenorizado porque esta cruzada es uno de los mayores orgullos de Pergamino. La visión que llevó a Maiztegui y compañía a mi pueblo es equivalente a la de Salvador Mazza, el médico porteño que gastó su existencia en combatir el mal de Chagas, también una enfermedad rural, durante la primera mitad del siglo veinte. Sus miradas coincidían en la necesidad de embarrarse los pies, trabajar en el terreno y charlar con las víctimas. Misión Mazza fue el rótulo popular de la Misión de Estudios de Patología Regional Argentina (Mepra) fundada en 1926 en San Salvador de Jujuy a instancias de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. El prócer completó los estudios que había realizado el brasileño Carlos Chagas sobre el parásito causante y el insecto transmisor, la vinchuca. Como anexo, contó con el famoso E-600, un laboratorio y hospital móvil instalado en un vagón de tren. Así pudo desplazarse por la extensa red ferroviaria argentina llegando incluso a Bolivia, Chile y Brasil.
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La vida de mi mamá empezó como un cuento de hadas, en el papel de primogénita de un hogar próspero. Mi abuelo, don Pedro Giustozzi, era un tipo pintón al que le gustaba estar a la moda en la época de furor del tango, cuando los jóvenes imitaban ese estilo. En la década de 1960 fue dueño de la bicicletería más importante de Pergamino, en pleno centro, en la intersección de las actuales avenidas Colón e Illia. Mi vieja cuenta que el abuelo llegaba de laburar, se bañaba, se empilchaba y salía a la calle impecable. En ese tiempo, la industria del pedal en la Argentina vivía una explosión creativa, con modelos icónicos y populares. Las marcas Aurora, Halcón y Legnano sellaron la infancia y la juventud de generaciones. La Aurorita plegable, de tamaño infantil, quedará en la historia.
La bicicleta era ya a esa altura el medio de transporte personal más accesible frente a la progresiva masificación del vehículo a motor. Hasta poco antes, el rubro había estado en manos de prototipos importados bastante caros, principalmente de las fabricantes inglesas Phillips, Rudge y Raleigh, con su clásico color negro, rodado 28, marco de acero, freno de varilla, guardabarro y luz a dínamo. En simultáneo, el ciclismo deportivo de pista comenzaba a ganar adeptos, con figuras insignes que podían ascender a la categoría de ídolo y competencias de larga distancia, hasta 120 kilómetros. Algunas leyendas de la disciplina en ese lapso son los mendocinos Ernesto Contreras, el Cóndor, y Carlos Reyes, Quico; el sanjuanino Antonio Matesevach, el Payo; el santiagueño Héctor Castronuovo, el Negro; y el tucumano José Fernández. El ciclismo nacional alcanzará su cima en 2008 de la mano del marplatense Juan Curuchet, oro olímpico en Beijing.
En definitiva, el abuelo era joven, emprendedor y exitoso. Estaba en su plenitud y manejaba un negocio de proyección incalculable. Pero un día, de forma repentina, se enfermó gravemente, tuvo que ser operado de urgencia y horas más tarde murió en el quirófano. El médico que intervino era un amigo cercano y quedó frustrado ante la imposibilidad de salvarlo. La noticia conmocionó a muchos pergaminenses y a algunos al principio hasta les costó creerlo. Sin embargo, la tragedia familiar estaba apenas comenzando. En el transcurso del año siguiente también expiró de manera inusitada la viuda, mi abuela, y los tres hijos del matrimonio quedaron huérfanos. Mi mamá, que era la mayor, tenía 14 años; la seguían mis tíos Pedro y Mingo. Los parientes se repartieron los bienes de los difuntos y asimismo los niños, que fueron a parar a casas distintas.
Video generado con inteligencia artificial por Gabriel Bermejo.
Mi vieja aterrizó en la vivienda de su abuelo Giustozzi, una circunstancia que empeoró las cosas. Mi mamá lo cuenta con estas palabras: era un viejo degenerado que me tocó, yo me defendí y me fui. Al parecer, como ella era grandota y poseía algún discernimiento, pudo reaccionar ante una situación traumática. El incidente derivó en un escándalo mayúsculo y se pudrió todo. La niña fue trasladada a la casa de un tío, un hermano de mi abuelo que tenía una hija de la misma edad, Analía, conocida como Any. Esta murió en 2025 en la misma casa, que es antiquísima; queda en la esquina de las calles Paraguay y Ameghino. Por su parte, los dos hermanos de mi mamá quedaron al cuidado de otros tíos; el vínculo se perdió un poco; tengo primos por ese lado, pero carezco de trato. Además, personalmente, me siento más identificado con los Bermejo que con los Giustozzi.
El concepto de trauma psicológico es una de las mayores encrucijadas del ser humano. Se trata de una respuesta emocional y física duradera a eventos perturbadores, como la violencia o un desastre de cualquier especie, que exceden la capacidad de superación del individuo o la comunidad. Se manifiesta en una gama de síntomas. Los hay emocionales: miedo, ansiedad, culpa, vergüenza, ira, desesperación, obsesión, insensibilidad. También los hay físicos: pesadillas, insomnio, fatiga, dolor de cabeza, problemas digestivos. El fardo puede derivar en el trastorno de estrés postraumático, dolencia mental persistente producto de una alteración en la forma en que el cerebro guarda los recuerdos. Estos quedan como congelados y se manifiestan en reacciones intensas ante evocaciones del suceso, deliberadas o casuales, cotidianas o esporádicas.
La cura requiere considerable paciencia y depende de un tratamiento adecuado, que puede incluir medicamentos (bajo supervisión médica) y ofrece diferentes alternativas, en general denominadas: terapia cognitivo conductual (ayuda a cambiar patrones de pensamiento y comportamiento); desensibilización y reprocesamiento (diluye recuerdos penosos); método somático (recurre a técnicas corporales); autocuidado (es parecido, utiliza ejercicios físicos y mentales); apoyo social (trabaja de forma colectiva, generando el vínculo con un grupo o equipo).
Puente de las Mujeres, ciudad de Pergamino.
Este tipo de asuntos, que indago de forma autodidacta, se me viene a la cabeza en momentos de introspección, habituales al volcarme a alguna actividad que me permite descargar energía. Por ejemplo, mientras le pego trompadas a la bolsa en el gimnasio o salgo a hacer atletismo. Cuando voy de visita a mi pueblo, suelo trotar a la vera del Puente de las Mujeres, una estructura de cemento pintada de violeta que une las dos orillas del Arroyo Pergamino a la altura de la calle 25 de Mayo. En el barrio porteño de Puerto Madero existe una obra homónima, de mayor tamaño, que también frecuento en mis corridas. Ambos hitos convocan multitudes en fechas especiales, como el 8 de marzo, Día de la Mujer, y el 25 de noviembre, Día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Son conmemoraciones que poseen reconocimiento internacional.
El 8 de marzo de 1908 se produjo el incendio de una fábrica textil de Nueva York con 129 obreras muertas. El 25 de noviembre de 1960 fueron asesinadas brutalmente las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal en la República Dominicana, país que recuerdo con profundo cariño. A pesar de que se trata de situaciones lejanas geográfica y cronológicamente, el dolor que implican toca a cualquiera, porque en cada sociedad hay ataques contra la mujer, con o sin trascendencia pública. «Cuando el hombre es más salvaje / trata peor a la mujer; / yo no sé que pueda haber / sin ella dicha ni goce; / feliz el que la conoce / y logra hacerse querer», canta José Hernández en el Martín Fierro. «Todo el que entiende la vida / busca a su lado los placeres, / justo es que la considere / el hombre de corazón; / sólo los cobardes son / valientes con las mujeres».
Todos tenemos traumas y cada uno decide trabajarlos o mirar para otro lado. Pero esa experiencia negativa necesita su terapia, su proceso de sanación. Creo que mi vieja en este sentido es dejada y hoy en día eso le pesa. Dejó heridas abiertas, nunca las remedió y probablemente jamás lo haga. La última situación grave fue el asesinato de mi hermano Hernán. Los demás podemos acercarnos, aconsejar al afectado y poco más; se trata de elecciones íntimas. Hay quienes asumen el rol de víctima y da la impresión de que les encanta sufrir. Tal vez su contexto es mejor que el de otros y sin embargo se sienten peor. Quizás gozan de una posición material sólida y se quejan de que les faltan cinco para el peso, ven la mitad vacía del vaso. Encima, si alguien intenta ayudar, patalean y se ofenden. Sería mejor que personas así invirtieran sus ahorros en un viaje adonde sea, tal vez alrededor del mundo, en vez de quedarse encerradas quejándose.
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Mi abuelo Lito Bermejo y su esposa María Enriqueta García tuvieron tres hijos: Marta, que es la mayor, mi papá, el del medio, y Carlos, el menor. Mi abuela es recordada como una mujer sufrida y generosa; dicen que era de raza tehuelche, originaria del pueblo de Los Toldos (cabecera del partido de General Viamonte), situado 140 kilómetros al sur de Pergamino. Mi tía Marta hoy vive en la ciudad de San Luis, igual que sus hijos Noelia y Jerónimo, que engendró con diferentes hombres. Mi viejo y Carlos, que posee una sola hija, Paula, residen en nuestra tierra natal. Mi tío es el más tranquilo. Fue empleado de Obras Sanitarias bastante tiempo, hasta que pidió el retiro voluntario y empezó a rebuscarse primero como comerciante y después con diferentes oficios. Mi papá, según he contado, también laburó en varias ocupaciones, pero la predominante fue instalador domiciliario, más que nada plomero y gasista
Mi viejo y mi tío suelen recordar que en su juventud la vida era más sencilla que ahora en términos materiales. Había empleo para todos y un trabajador cualquiera con un sueldo normal podía mantener una familia entera sin volverse loco. Si encima le ponía un poco de garra, se compraba una casa y un auto, y se iba de vacaciones a Mar del Plata. Mi viejo con cada changa ganaba para vivir una semana, ir a pescar y comer asado. Ahora, con eso, gracias si comprás la carne; hay que ver si te alcanza para el vino. Lo que pasa es que ellos transcurrieron aquel período floreciente que resalté, el plan Gelbard, en 1973 y 1974, con sueldos altos y precios controlados. La muerte de Perón desató el caos político y también económico, que dio paso a uno de los fantasmas más temidos por la gente común, la inflación. Este factor, que hace estragos hasta el presente, suele considerarse el mayor responsable de la pérdida de valor del salario.
En 1975 se ejecutó el llamado Rodrigazo, como se recuerda el programa de Celestino Rodrigo, ministro de Economía de la época. Consistió en un ajuste salvaje que combinó devaluación de la moneda, inflación galopante, aumento abrupto de las tarifas de los servicios públicos y congelamiento de los sueldos. Una especie de tormenta perfecta fabricada en laboratorio. Desde entonces, con una preponderancia de funcionarios y medidas perniciosos para el bienestar de la mayoría de los argentinos, la situación continuó deteriorándose hasta la catástrofe de 2001, que, de la mano de Domingo Cavallo, economista de turno, provocó el panorama nacional más aciago de que se tenga registro histórico. La mitad de la población activa, o sea en condiciones de emplearse, quedó desocupada. Los obreros no solo cobraban salarios de miseria, ni siquiera tenían laburo.
Ricardo y Rosa Bermejo toman mate abrazados por Hernán junto a Gabriel (arriba) y Martín (abajo).
Se trata de una coyuntura disparatada tomando en cuenta que el país es un vergel de potencial inconmensurable que pertenece al G20, el grupo de las 20 naciones más ricas del planeta. Hay quienes sostienen que genera comida para varias veces su población. Es el tercer productor mundial de miel, soja, ajo y limones; el cuarto de pera, maíz y carne; el quinto de manzanas; el séptimo de trigo y aceites; el octavo de maní. El mito del granero del mundo, de moda durante el siglo veinte, posee una vigencia rotunda. El campo, el llamado complejo agroindustrial, se mantiene como principal motor económico y generador de divisas. La industria, un rubro que engloba la actividad fabril (alimentos, vehículos y tantos sectores), es importante, pero merece una planificación firme y sostenida. La minería (metales) y los hidrocarburos (petróleo, gas) vienen muy atrás por falta de inversión. El sector servicios, igualmente destacado, incluye entre diferentes actividades el turismo, otra veta de horizonte fenomenal.
Sin embargo, la historia se repite sin cesar. El presidente Javier Milei hoy está aplicando, por medio de Luis Caputo, legatario del sillón que ocuparon Celestino Rodrigo y Domingo Cavallo, un nuevo ajuste severo con el peor pronóstico. Líderes de opinión de todos colores señalan una profunda recesión industrial, un desplome calamitoso del consumo, la apertura indiscriminada de las importaciones, el cierre masivo de empresas y un aumento constante de la informalidad laboral. En simultáneo, advierten la fragilidad del modelo por falta de reservas y dependencia de la deuda externa. Algunas voces del extranjero, como el renombrado diario inglés Financial Times, creen que el plan es insostenible.
La política laboral de Milei, presentada cínicamente con el rótulo de modernización, es un ataque directo al obrero. Su fogonera es la actual senadora Patricia Bullrich, ministra de Trabajo en los años 2000 y 2001, cocina de la hecatombe. La reforma aprobada recientemente por el Congreso de la República reduce las indemnizaciones por despido, restringe las licencias por enfermedad o accidente, extiende la duración de la jornada hasta doce horas, acota el pago del tiempo extra, disminuye los aportes jubilatorios y de seguridad social, fomenta la contratación transitoria y limita el derecho a huelga. Son cambios bochornosos que implican una transferencia de recursos hacia las grandes empresas y contradicen el artículo 14 bis de la Constitución Nacional, referido a los derechos del trabajador. En un contexto de creciente informalidad, pues cuatro de cada diez argentinos activos se desempeñan en negro; esto es, fuera del sistema.
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Mi tía Marta Bermejo era una mujer excepcionalmente linda y avasallante que podría haber trabajado de modelo, actriz o lo que quisiera. De jovencita se enganchó con un sujeto de supuesto alto nivel y se fue con él a la Capital Federal. Aunque al principio ella pensó que era la panacea, el tipo resultó un mafioso y maltratador de la peor calaña. Dicen que la quería prostituir, por lo que ella se escapó y se fue al pueblo. El rufián la encontró y la amenazó: volvé conmigo o pagarán el pato tu madre y tus hermanos. Parece que era un forajido muy pesado que siempre cumplía su palabra, por lo que ella eligió salvar a su familia. Durante un tiempo se resignó, pero fue juntando bronca. Hasta que un día agarró coraje y lo mató a puñaladas. Así nomás. Luego del crimen, toda manchada de sangre, fue la comisaría y confesó.
Este lance terrorífico ocurrió antes de mi nacimiento y, según los memoriosos, tuvo enorme trascendencia pública. Se organizaron marchas callejeras de gente a favor y en contra de ella. El periodismo abrió el debate sobre la violencia contra las mujeres, las mafias, la noche y la prostitución. Calculo que ahora, con el auge del feminismo, mi tía como mucho pasaría 15 minutos detenida. Pero en ese tiempo era común que los hombres fajaran a las mujeres sin consecuencias sociales ni legales. Como lo más normal del mundo. Marta en cierta manera fue la distinta, la que se reveló contra la perversión del sistema; quizás la primera feminista y mujer asesina, al menos en ese marco. Cuando la condenaron por homicidio, fue a parar a la Cárcel de Mujeres, en el barrio de San Telmo, futuro Museo Penitenciario.
Mi tía merece un capítulo de Mujeres asesinas, la serie de culto de la televisión nacional inspirada en el libro homónimo de la escritora Marisa Grinstein, (publicado en 2000, con secuelas en 2006 y 2007), que documenta casos reales. Es una superproducción de 78 episodios emitidos por Canal 13 entre 2005 y 2008, con producción de Pol-ka (Adrián Suar). Hay varios en que apuñalan a alguien. El formato fue replicado en Sudamérica y Europa, salvo ciertas historias vetadas debido su contenido violento o controversial. Los roles protagónicos exponen a una colección de estrellas. Considero descomunal la actuación de Nacha Guevara como Yiya Murano, la porteña que envenenaba a sus víctimas. Ni qué decir Cecilia Roth, Betiana Blum, Mercedes Morán, Andrea del Boca, Ana María Picchio, Valeria Bertuccelli, Leonor Manso, Nancy Dupláa, Emilia Mazer, Laura Novoa, entre otras.
Los hermanos Gabriel, Martín y Hernán Bermejo, 1998.
Varias veces pasé caminando por la vereda del Museo Penitenciario Argentino Antonio Ballvé, como se llama hoy el predio donde Marta estuvo encerrada, con ingreso por Humberto Primo 378, a metros de la Plaza Dorrego, uno de los ombligos turísticos de Buenos Aires. Hasta 1974, el edificio albergó la Cárcel de Mujeres y el Correccional de Menores. Desde 1980, abrió sus puertas con la nueva función, aunque desde 2012 se encuentra clausurado por deterioro edilicio. Espero que lo rehabiliten, porque nunca entré. El objetivo del museo es preservar, estudiar y comunicar el acervo histórico del sistema penal argentino. Hay piezas características como el traje a rayas, los grilletes de sujeción, armas y uniformes de los guardias, mobiliario, elementos de trabajo de las personas detenidas y un archivo documental que constituye un tesoro invaluable, con un anexo de fotografías, como las de la desaparecida cárcel de Tierra del Fuego.
El complejo fue erigido en tiempos de la colonia por los jesuitas como casa de retiros. Ocupaba una manzana completa. En 1767, la Corona española expulsó la Compañía de sus territorios y convirtió la finca en un hogar para la corrección de las mujeres de mal vivir, precisan las crónicas periodísticas, que durante su estancia se dedicaban a fabricar paños y frazadas. Más tarde, el inmueble pasó a manos de la Orden de los Hermanos de Belén, los Bethlemitas, que lo usó como asilo para enfermas mentales. Las invasiones inglesas de 1806 y 1807 generaron nuevas urgencias que lo volvieron depósito militar y cuartel. Desde 1810 pasó a ser hospital militar, luego internado de enfermos mentales y después alojamiento para personas en situación o trámite judicial: la Penitenciaría de la Residencia, que brindaba cobijo a mujeres, menores, deudores y otros.
Gabriel Bermejo con su papá Ricardo, 2026.
En 1890, la fracción más antigua fue otorgada a la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, orden religiosa de origen francés con trayectoria en institutos de detención de mujeres en América y Europa. El rótulo posterior del bloque es objeto de variaciones: Cárcel de Mujeres y Correccional de Menores, Casa del Buen Pastor, Casa de Corrección de Mujeres, Asilo Correccional, Casa de Meretrices y Mujeres Abandonadas. Las monjas establecieron un régimen disciplinario basado en la regeneración moral a través de prácticas piadosas. «Debe acatar, sin vacilar, y dar cumplimiento, sin dilación, a toda orden dada por sus directoras. La detenida que no pueda justificar su presencia en tal o cual lugar, será anotada en falta», instruye un cartel hasta hoy en la entrada. Las sanciones a las faltas de conducta abarcaban la amonestación, el encierro por 12 días con media ración de alimento, privación de la lectura, descuento del peculio (capital personal), imposición de camisa de fuerza y privación de tomar mate, entre otras. Caminar ahora por los largos pasillos de mayólicas españolas es una forma de recrear aquellos usos y costumbres.
Algunas reclusas señeras fueron Salvadora Medina Onrubia, periodista detenida en 1931 por el presidente José Félix Uriburu (fue directora del diario Crítica y esposa de su fundador, Natalio Botana); Angélica Mendoza, militante comunista encerrada en 1932 por Agustín Pedro Justo (volcó su vivencia en una crónica titulada Cárcel de mujeres) y luego por otros gobiernos; Victoria Ocampo, escritora, en 1953 por Juan Domingo Perón; Delia Parodi, Ana Carmen Macri y Alicia Eguren de Cooke, militantes peronistas, en 1955 por Pedro Eugenio Aramburu, el mismo que será ajusticiado por los Montoneros. Se trata de figuras detenidas por cuestiones políticas vinculadas a la transgresión, el desacato, la rebelión o la resistencia a la autoridad. Por son excepciones. La mayoría de las presas eran migrantes, pobres o analfabetas caracterizadas por su vulnerabilidad.
En 1974, las hermanas del Buen Pastor entregaron el inmueble al Servicio Penitenciario Federal, que trasladó a las internas al actual Instituto Correccional de Mujeres (Unidad 3), partido bonaerense de Ezeiza. La antigua construcción jesuítica fue declarada Monumento Histórico Nacional. Se sitúa en el Área de Protección Histórica 1, por lo que debería gozar de normas estrictas y urgentes para su conservación y restauración. Sin embargo, se encuentra prácticamente en ruinas.
El casamiento religioso de mis padres fue en Buenos Aires porque eligieron como madrina a Marta, entonces presa, y las autoridades penales otorgaron el permiso con la condición de que la ceremonia se realizara en la iglesia de San Pedro Telmo, aledaña a la cárcel. Durante el encierro de mi tía, la abuela Enriqueta viajó periódicamente en tren a visitarla con sacrificio encomiable; nunca la abandonó; le llevaba ropa, cigarrillos, lo que podía. Al cabo de ocho años, Marta salió por buena conducta y se quedó en Buenos Aires, porque avizoraba la discriminación del pueblo. Cuando la abuela se enfermó y mi tía fue a estar a su lado, la encontró en las últimas, para morirse. Después de algunos días Marta desapareció. La madre empezó a preguntar por ella: qué pasó con mi hija, dónde está mi hija. Le contestaban ya va a volver. Pero mi tía cayó recién al velorio, lo que generó rencor entre los parientes; le hicieron la cruz por haberse borrado del lecho de muerte de su madre, que la había bancado en el peor momento, mientras estaba presa, sola y estigmatizada. Marta es una mujer brava, frontal; más que el resto de los Bermejo, incluso que los varones. Cuando en 1996 me mudé a Buenos Aires para boxear, ella me dio alojamiento; pero duré apenas un mes; la convivencia era difícil y preferí abrirme para evitar conflictos.