El tiempo del algarrobo (episodio 1)

12/5/2025

Claudia Liliana Véliz pide justicia por el sexto de sus nueve hijos, Diego Iván Pachao, que tenía 20 años cuando el 14 de marzo de 2012 murió torturado por policías de la Comisaría Séptima de la ciudad de Catamarca. Telmo Alejandro, el papá de la víctima, y Mario Leonel González, testigo clave, fallecieron luego en circunstancias macabras nunca investigadas.

Soy Claudia Liliana Véliz, mamá de Diego Iván Pachao, un joven y un niño; tenía mucho de sencillez; entre su juventud tenía mucho de inocencia. Muy alegre, muy solidario, familiero; una persona muy humilde, buena. Todo lo más bonito que se pueda decir de una persona lo tenía mi Diego; trabajador, cariñoso; muy cariñoso, especialmente con sus sobrinitos y conmigo.

Siempre anhelé que me pudieran ayudar a hacer un libro y contar la historia de mi Diego; porque a sus 20 años, con 20 años recién cumplidos le quitaron la vida, le cortaron las alas; lamentablemente, no pudimos seguir disfrutando su hermosa vida. Quiero contar la historia de el para que se sepa todo lo que ocurrió, todo lo que el tuvo que sufrir solo porque su corazón es así; digo que es así porque para mí sigue siendo un corazón muy solidario, muy bondadoso. Solo quiso defender a su amigo y pagó con su vida.

**********

Diego es el sexto de los nueve hijos que tuve, que Dios me regaló; nueve obsequios, tesoritos, como les digo yo. El segundo de los dos únicos varones que tuve. Un chico muy sano, muy amoroso, juguetón; de niño se divertía y su sonrisa es lo que se reflejaba sobre todas las cosas en el; sea lo que fuere, el sonreía con una sonrisa transparente, bonita. Era un chico estudioso en la escuela; muy estudioso, muy responsable; siempre se destacaba por su respeto, por su responsabilidad; era muy querido por los maestros, los profesores. Le gustaba patear la pelota. También le gustaba la compu; tenía sus juegos y escuchaba su música.

Jugaba a la bolita con su hermano y sus amigos del barrio; se entretenía con sus hermanos sobre todas las cosas; se crió con ellos; los primeros pasatiempos fueron con sus hermanos. Era revoltoso, muy travieso. De armar y desarmar cosas; después no las podía recomponer; le sobraban piezas al desmontar algún electrodoméstico o algo así.

«Diego era un chico muy sano, muy amoroso, muy juguetón».

Diego nació el 8 de agosto de 1991. Fue un día lindo, una fecha especial, como el nacimiento de cada uno de mis hijos. Fue en el Sanatorio Privado; yo en ese tiempo tenía obra social, por ese motivo tuve a algunos de mis niños en esa institución. Fue de parto natural; en tiempo normal; se cumplieron los nueve meses y nació ese niño hermoso, ese morochito bello que es mi Diego. El embarazo fue impecable, no tuve inconvenientes; la noche anterior a que el naciera fui al control, a la doctora María Ester Egües, que atendía en ese momento; me dijo que ya estaba listo; no tuve inconvenientes, gracias a Dios.

Durante el embarazo con todos mis hijos tuve esa comunicación de pataditas; con algunos más. A mi Diego ya se veía que le gustaba el fútbol porque pateaba fuerte; se movía mucho, era recontra inquieto. Vivíamos acá mismo, en la casa donde mi Diego nació, en el barrio Eva Perón, al noroeste de la capital de Catamarca; es el mismo domicilio donde vivo ahora, con la diferencia de que tenía una sola parte edificada; estábamos un poquito apretados. Siempre fuimos humildes, teníamos lo justo y necesario, inclusive nos faltaba espacio.

Nos arreglábamos como podíamos. Diego dormía con nosotros, conmigo y el papá; los bebesitos dormían en nuestra cama; una cunita para el no tenía ni había espacio, porque era una sola habitación. Estaba Pablo, que le llevaba un año; todos eran pequeñitos; Alejandra le llevaba dos; Hebe tres; Fabiana cuatro; la mayor era Silvana. Fue muy seguido el nacimiento de mis hijos. Teníamos habitación, cocina y baño. Las demás dormían en otra cama. Teníamos dos; la grande, donde compartíamos con tres niños, y la segunda, donde tenían que arreglarse las otras tres nenas.

El papá de Diego trabajaba en la construcción. Yo vendía productos cosméticos o cuando podía alguna ropa de la que me daban que no les servía a los chicos. Tenía ese rebusque porque no me alcanzaba el tiempo para dejar a los chicos solos; la mayor parte del día la ocupaba para con ellos, no me daba para dejarlos solos e irme a hacer otra tarea. Justamente, con mi Diego fuimos a vender juntos, el paseaba conmigo en la pancita; recuerdo que una vez andaba en la calle y se me antojó tomar helado; en pleno invierno; con frío, fui y compré. Me daba los gustos; gracias a Dios, tenía para esas cositas. Unos días antes de nacer el, compré una bolsita de aceitunas. Mi hijo ya me pedía, ya era glotón como la mamá.

«El sacerdote que bautizó a mi Diego fue el padre Córdoba».

El barrio era muy humilde. Había pocas casas, esto era un campo anteriormente. Estaba el Parque Adán Quiroga y enfrente se distribuía el caserío; al costado, digamos. Era una zona humilde como nuestra familia; las casas son de block, la mayoría; nosotros la teníamos de ese material; el baño, la cocina, todo hecho de block. Cuando nació Diego debo haber tenido 24 años y el papá 27. Los vecinos que vivían al lado de nuestra casa, que ya no están, formaban una familia agradable, en la que se podía confiar, dentro de todo; teníamos relación con ellos, diálogo, buen trato.

Yo poseía obra social porque había trabajado en casas de familia en años anteriores y no me habían dado todavía de baja; entonces tenía la posibilidad de dar a luz a mis hijos en el Sanatorio Privado. Seguramente, la que me atendió en el embarazo de mi Diego es la doctora Egües, que era una obstetra muy reconocida.

Al nacer mi Diego me acompañaron algunos familiares; fueron al sanatorio, antes del parto no. Mis dos tías mamás y mis primas; mis tías mamás Luisa Argina Bracamonte y María Magdalena Cardozo; mis primas Ale del Valle y Eli del Valle; el apellido es Del Valle. Ellas nos acompañaron cuando volvimos a casa; al tiempo también vinieron a celebrar; son las personas que siempre estuvieron con nosotros.

Claudia y sus niños disfrutando del arroyo en un día de calor.

Tuve yo la ocurrencia de ponerle Diego Iván; no sé por qué, sinceramente; me gustaron esos nombres; no se opuso para nada ni opinó el papá; no conocía a ningún Diego o Iván; me gustaron simplemente.

**********

Me acuerdo del bautismo de mi Diego. El iba a ser ahijado de la hermana de Alejandro, que se llama Tina, pero no sé por qué motivo al final no fue; así que optamos por el hermano, Néstor Pachao, y su señora, Inés. Se hizo en la iglesia San Antonio de Padua; es una capilla a unas ocho cuadras; la elegí porque queríamos hacer la ceremonia un sábado y las otras solamente bautizaban los días domingo. Generalmente, concurríamos a misa o algún evento.

El sacerdote fue el padre Córdoba, que era párroco de San Benito de Palermo, acá en el barrio; nosotros estamos en el radio de ese templo; San Antonio de Padua pertenece al centro.

Así fue como Diego recibió este sacramento tan importante. Creo que fui con los más chicos, Pablo y Alejandra, y los demás se quedaron con Silvana. Tal vez nos hayamos acercado en moto, en ese tiempo tenía una Alejandro, estábamos acostumbrados a viajar varios. Seguramente, el mismo día se bautizaron otros niños, no recuerdo; generalmente no hacen el bautismo para uno solo. De las fotos que sacamos conservo las del instante del bautismo; no creo que hayamos hecho una familiar; no me acuerdo, pero no la tenemos. Sin duda estuvo mi tía Mari, María Magdalena, hermana de mi otra tía mamá. Después vinimos a casa; el papá quizás hizo un asado.

Recuerdo momentos de juegos, siempre caseros; le gustaban los autitos, esos de colección, que son pequeñitos; el fútbol; le encantaba jugar a la bolita junto con su hermano, con mi Pablo; hacían campeonatos. Recuerdo que para entregar medallas las hicieron con las chapitas esas de las tapitas de gaseosa o de cerveza; las aplastaron y esas eran las medallas que entregaban; eso y un hilito común. Mi Diego a cualquier juego el se prendía.

**********

A los diez meses comenzó a caminar mi Diego; fue algo sorprendente que se largara a andar tan pronto, porque era muy pequeñito; a diferencia de mis otros hijos, que empezaron al año o al año y días. Criaba a varios niños, así que era trabajoso; había que tener mucha responsabilidad para atender a tantos. Pero para nada el me daba problemas particularmente; era intruso y travieso como todos los niños; tal vez el era más travieso todavía, pero nada que sobrepasara los límites.

Diego lleva de la mano a Florencia, una de sus hermanas.

Pañales usaba en ese tiempo Pablo, ya sus últimos días. Eran pañales de tela de algodón y chiripá; hasta mi Diego usaron así y la bombachita de goma o látex, que se pone encima. Carecíamos de agua corriente, había que esperar que llegara el camión municipal y, si no, teníamos que ir a retirar acá a una cuadra y media, en el Poliderportivo Municipal, una canilla pública que había ahí. En ese sentido, era bastante complicado porque nos faltaban ciertas cosas que necesitábamos; el agua es imprescindible. Era lavar en frío también, en invierno hacía muchísimo frío.

Diego, su papá Alejandro y su hermano Pablo posan para la foto.

Teníamos una pileta de material y block donde descargaban el agua los camiones; en la parte de arriba se formaba escarcha, era agua congelada; con eso lavaba los pañales de mi Diego. En Catamarca hay temperaturas bajas; el nació en invierno. Usábamos un tachito o un balde para ir cargando y lavando de esa manera; ese agua servía para todo; para cocinar, para beber, para bañarnos; teníamos que sacar de ahí y trasladarla al baño con baldes; no había opción, lo teníamos que hacer con los medios que teníamos. El camión iba recorriendo vivienda por vivienda para dejar el agua en la pileta. Los empleados tenían una manguera, la ponían dentro de la pileta y largaban el agua hasta llenarla, prácticamente; una manguera gorda. Si por algún motivo el camión no pasaba teníamos que ir a buscar a la plaza del Polideportivo, donde estaba la canilla; traíamos con baldes; íbamos caminando con mis hijas más grandes; Silvana, Fabiana o Hebe; ida y vuelta varias veces. Inclusive, en ocasiones llevábamos los platos a lavar, para no hacer tantos viajes, y los traíamos limpios. Había una cola de vecinos que teníamos que hacer, esperar nuestro turno, obviamente; todos se trasladaban de igual manera. Este barrio es de tener gran cantidad de niños, así que con mayor razón necesita abundante agua; los niños se ensucian mucho y hay que bañarlos las veces que fuera necesario.

«Sea lo que fuere, el sonreía con una sonrisa transparente, bonita».

Del agua que dejaba el camión también se sacaba para cocinar. La cocina era a garrafa; a tres cuadras de acá había un negocio que vendía; sin duda, la sabría retirar Alejandro; no recuerdo haberla retirado yo; la traería en la moto. La garrafa más chica tiene diez kilos. Si se acababa el gas, hacíamos fuego con leña. Era tiznarse todo, penetrarse la ropa con el humo; los ojos nos quedaban rojos.

En el barrio teníamos bastante variedad. En los alrededores había casas más humildes y asimismo algunas familias con mejores condiciones que nosotros, más recursos. Hicimos contrapiso de cemento. Adquirimos un televisor a color; los niños veían los dibujitos y series, como Chiquititas y Patito feo; de los dibujitos, recuerdo Tom y Jerry.

**********

Diego fue al jardín a los cinco años, el que había en la Escuela San Martín, adonde asistieron todos mis hijos. Queda a 12 cuadras; iban caminando todos juntos, cuidándose unos a otros. Mayormente, la que llevaba la batuta era Silvana. Allá se organizaban para retirar a mi Diego, que salía más temprano; alguna de las hermanas iba a buscarlo y lo tenía. El jardín funcionaba de dos a cinco de la tarde y la escuela de dos a seis y veinte; o sea que tenía que estar más de una hora con alguna de sus hermanas en el aula; generalmente Silvana, a veces Fabiana o Hebe. Le daban una hojita y lápiz para que dibujara, ese era su entretenimiento; tal vez por ahí hacía sus travesuras, pero no podía hacer mucho porque las maestras lo retaban.

El acto de fin de clausura del jardín fue muy simpático, muy emotivo. En el transcurso del jardín lo hicieron actuar en las fechas patrias; el quería siempre y lo elegía la señorita. De soldadito creo que fue en una ocasión, pero en la escuela, cuando estaba en primer grado. Una vez actuó con Karen, que se vistió de dama antigua.

Al jardín llevaban un guardapolvito a rayas celeste y blanco; en la escuela usaban uno blanco. El del jardín no necesitaba tanto lavado; el blanco sí, siempre se ensucia muchísimo. Gracias a Dios, Diego no era un chico de revolcarse y eso; todos eran obedientes mis hijos; más allá de que fueran traviesos, se acomodaban a las circunstancias. Era juguetón, muy tierno; siempre fue muy dulce, ese niño cariñoso, cumplidor en los deberes de la escuela; fue un chico muy responsable.

Diego sonríe con picardía abrazado por Claudia.

Como había quedado el guardapolvo de Pablo, lo utilizaba Diego; siempre el del más grande era heredado por el menor. Yo los cuidaba mucho, los lavaba bien; trataba de mantenerlos blanquitos para que no se percudieran y sí o sí le sirvieran al hermanito que seguía; con jabón blanco, jabonando fuerte, con energía las partes más manchadas, poniéndolos al sol. Alguna que otra vez supe conseguir eso que usaba mi mamá, una pastilla redondita para que la ropa se blanquee. Llegó a haber seis o siete guardapolvos en casa, después llegó la época del uniforme.

Mi Diego y todos mis hijos anhelaban el horario de clase; el día que no iban se ponían mal, lloraban. Hubo tiempos de paro o huelga por diferentes cuestiones de siempre, reclamos salariales y todo eso. La escuela era aprendizaje y distracción, la disfrutaban; no se sentían obligados; al contrario, les gustaba y la tomaban con mucha responsabilidad.

A la mañana se llamaba Escuela San Martín y a la tarde San Vicente de Paul. Mis hijos fueron a la segunda, era el mismo lugar y igual indumentaria, nada más que con diferente nombre. Hay varios colegios con una denominación a la mañana y otra a la tarde; está la Bernardino Rivadavia que a la tarde se llama Manuel Belgrano; es el mismo establecimiento. Cuando Diego entró a primer grado, Pablo iba a segundo, Alejandra a tercero, Hebe a cuarto, Fabiana a quinto; Silvana ya cursaba primer año en la Escuela Normal de Maestros, en el centro. Diego quedaba a cargo de Fabiana y de Hebe en ese tiempo.

A partir de sexto grado tenían que pasar a la mañana, cuando se llamaba San Martín, porque sexto y séptimo no existían a la tarde. Después todos fueron ingresando también a la Normal, menos Florencia y Yael, que se inscribieron en otra secundaria, la escuela Técnica Mariano Pieri.