Karen Carabajal, la Burbuja: «Si es en familia se siente una gloria mayor»

4/2/2025

Es porteña, boxeadora, psicóloga con varios posgrados y madre de Ludmila, de cinco años. A los 34, después de dos intentos por el título mundial ligero, se ilusiona con una nueva oportunidad. Su coach es Fernando Albelo. Entrena en Defensores de la Boca Boxing Club, donde además tiene varios discípulos junto a Abel Puche, el papá de la niña, también profesional.

«Yo tuve un papá alcohólico», cuenta con serenidad de pie junto a las sogas del ring, en la previa de la exhibición; «quería entender por qué pasan tantas cosas, por qué uno toma tantas decisiones», observa con sus ojos enormes, castaños, penetrantes e insondables; «creo que eso me llevó a estudiar Psicología y creo que también me llevó al boxeo; poder expresar muchas situaciones que viví; quizás uno cuando es chico no dice nada, no habla, no lo pone en palabras; tratar de entender y con el cuerpo decir algo que me había pasado y no sabía expresar; creo que eso me llevó al boxeo y a la Psicología».

Karen Elizabeth Carabajal es dueña de un apodo original, simpático y atinado. Se lo asignó Fernando Albelo, su entrenador, que un día se percató de que los ojos saltones de su discípula se asemejan a dos burbujas. La imagen se acomoda también a las facciones, ya que el rostro de ella, de contorno oval, tiene características parecidas. Incluso sería interesante exceder el aspecto físico e interpretar el alias con un sentido existencial o psicológico. Porque esta mujer nacida hace 34 años en el barrio porteño de Almagro siempre quiere ir para arriba. Es su instinto. En todos los aspectos. Deportivo, laboral e íntimo.

«Arranqué en el boxeo cuando tenía 16 años, más que nada por una curiosidad personal; me parecía que era un deporte difícil y quería ver bien de qué se trataba; tuve la suerte de encontrarme con Fernando Albelo, que fue mi técnico en el Almagro Boxing Club y lo sigue siendo; el me fue motivando, incentivando a crecer, que yo podía dar cada vez más y me gustó; hice una exhibición primero, después otra; a continuación me propuso pelear, le dije que sí y de a poco me fui como enamorando del deporte; hasta que llegó un momento en que dijimos que ya estábamos para ser profesionales».

Ludmila con sus padres Abel y Karen en el Gimnasio Bethania.

Dos amigas del colegio le contaron que habían empezado clases de boxeo y se enganchó. Desde entonces transcurrieron casi dos décadas, 55 combates como amateur y 25 como profesional. Con dos derrotas, las veces que buscó la corona mundial, tal cual recordará en el testimonio de esta nota, registrado durante una exhibición en el Gimnasio Bethania, asimismo situado en el barrio originario de la protagonista. El anfitrión es Gabriel Bermejo, entrenador que con el apodo de Iron Boy fue número uno argentino de los supermedianos en el tiempo en que Karen comenzaba a asomarse por el Almagro Boxing Club.

«En 2014 nos pasamos al profesionalismo; es mi vida, mi trabajo y me encanta lo que hago; el boxeo para mí es un estilo de vida; cuando empecé estaba en la adolescencia; siento que me formó como persona, me otorgó un montón de valores, me hizo crecer; considero que te da una forma disciplinada de vivir; permite tener objetivos, metas; entender qué es el compañerismo, la solidaridad, el trabajo, el esfuerzo; te va ordenando la existencia; cuando uno elige esto como forma de vida es necesario saber que tenés que cuidarte en la alimentación, con las salidas, descansar, comer bien, entrenar; te va marcando un camino».

«Yo siempre puse el boxeo como mi eje; en función o alrededor de eso fui organizando toda mi vida; me dio una nueva forma de ver todo; incluso ahí conocí a mi pareja, con el tenemos una hija; vivimos del mundo del boxeo y siento que el entorno, toda la gente que se acerca a boxear es como una gran familia para nosotros; soy mamá de Ludmila, que tiene cinco años; el papá es Abel Puche, también boxeador; nos conocimos en el gimnasio hace como 15 años». Durante la exhibición en el Bethania, ambos trabajarán en equipo para orientar técnicamente a juveniles de ambos sexos que tiran sus primeros golpes.

«Cuando quedé embarazada…», se mantiene como suspendida un instante, acorde con la dimensión del asunto; «siempre pensé que iba a ser madre cuando dejara de boxear; pero bueno, llegó el momento», acepta la realidad con una sonrisa; «sentí que si seguía posponiendo…», vuelve a interrumpir la frase, mientras el predio polideportivo gerenciado por Marcelo Attaguile, que funciona en un subsuelo, recibe público que se acomoda en una platea improvisada con sillas, aparatos para hacer ejercicio, cajones y ruedas de tractor; «no sé cuándo voy a dejar de boxear, tampoco; así que decidimos seguir adelante».

Fernando Albelo sonrie orgulloso junto a su discípula luego del entrenamiento. El coach se inició en el Almagro Boxing Club, donde hizo una pelea como amateur. Hoy es presidente de Defensores de La Boca Boxing Club.

«Nos pusimos muy felices con la noticia de que íbamos a ser padres», vuelve a sonreir; sus ojos se encienden como dos burbujas brillantes; «entrené igualmente hasta el mes nueve; más o menos seguí con la misma intensidad; obviamente, no guanteos; pero sí el ejercicio corporal, la preparación fisica, la técnica; todo idéntico; hasta el último mes, cuando empecé a sentir un poquito de incomodidades y dolores; ahí paré y después tuve a mi nena por cesárea; me dijeron que tenía que esperar 45 días para hacer cualquier tipo de actividad y el mismo día 45 volví al gimnasio, porque sabía que podía seguir».

«Pensé que era más fácil; veía que muchas chicas boxeaban y al mismo tiempo eran mamás; dije bueno, entonces se puede; me lancé con todo y me encontré con la realidad, que es muy difícil, muy complicado; la verdad es que cuesta el triple que cuando uno estaba solo; pero bueno, tengo a mi pareja que me banca un montón y a mi hija que siempre me acompaña, ella entiende todo; los dos me apoyan en esto; se puede; hay que organizarse, tener gente que te respalde, que te ayude; pero la verdad es que es muy lindo; cuando uno vuelve a pelear y además ganar, como es mi caso, se siente una gloria mayor».

«Es mucho esfuerzo el que hacemos como familia para poder llegar a pelear y la verdad es que es doble la gratificación», cuenta Karen mientras a su alrededor continúan los preparativos para la exhibición en el Bethania; hay bullicio y ambiente familiar, público de todas las edades, varias madres con niños pequeños; «es hermoso porque también lo compartimos con ella, más allá de que uno piensa que ella debería estar jugando con nosotros o haciendo otras cosas; se la pasa todo el día en el gimnasio, porque también damos clases; pero bueno, es nuestra vida y tenemos la suerte de que ella nos acompaña en todo».

«Actualmente estoy compitiendo dentro de la categoría ligero; soy campeona argentina; antes del nacimiento de Ludmila fui campeona argentina y latina del peso superpluma; después recuperé el título nacional y sudamericano; además, tuve la suerte de pelear dos veces por la corona del mundo en Inglaterra, primero contra Katie Taylor y en abril ante Rhiannon Dixon; perdí las dos veces por puntos; ahora estamos esperando una nueva oportunidad; dentro de poco si Dios quiere habrá otra pelea afuera, ojalá sea por el título del mundo; estamos enfocados en eso, me está faltando el campeonato mundial».

«En nuestro país, desde la Tigresa Acuña [formoseña emperatriz del peso supergallo hasta 2018], que fue una de las pioneras del boxeo femenino y nos abrió el camino a todas, hemos tenido aproximadamente 25 campeonas del mundo; ahora hay alguna [como la bonaerense Gabriela Alaniz, alias Chucky, poseedora del cinturón mosca por varias entidades de escala planetaria: la OMB, la CMB y la AMB]; de a poco se están abriendo las puertas para que las pugilistas que tienen los mejores récords puedan salir afuera a disputar una corona mundial; cuando me llegó la chance a mí sentí que era algo novedoso».

«Hace dos años de mi primera oportunidad», menciona su duelo de 2022 con Taylor en el Wembley Arena; la irlandesa está considerada entre las mejores de la historia del boxeo femenino; Karen logró plantarse de igual a igual; repitió en 2024, cuando volvió al Reino Unido para medirse con Dixon en el Manchester Arena; «es mucho trabajo; son 15 años entrenando; pero la chance llega si uno se sigue esforzando; ahora estamos esperando el momento; estoy ranqueada entre las diez primeras en varias organizaciones; estoy entrenando siempre para encontrarme preparada cuando llegue la posibilidad».

Un joven Fernando Albelo abraza con afecto en el Almagro Boxing Club a su maestro, Eladio Herrera, el Negro, bronce olímpico en Helsinki 1952.

«Empecé a entrenar boxeo cuando estaba en la secundaria, en los últimos dos años», rememora sus inicios en el centenario Almagro Boxing Club, semillero de grandes campeones; «más allá de que yo sabía que el boxeo me gustaba mucho y quería hacer eso, comprendía que no es una carrera que dure toda la vida; siempre me criaron con el valor de que es muy importante estudiar, tener una carrera universitaria; influida por mi historia personal decidí cursar Psicología; para entender un poco qué les pasa a las personas, qué ocurre en su mente; me recibí de licenciada en 2015 en la Universidad de Buenos Aires».

Con Gabriel Bermejo, apodado Iron Boy, en el Gimnasio Bethania.

«Después realicé un posgrado, soy especialista en drogadependencia», menciona el título que obtuvo en el Hospital Nacional de Salud Mental y Adicciones Laura Bonaparte; se trata de la institución ubicada en el barrio de Parque Patricios hoy afectada por la política de recortes presupuestarios; la Casa Rosada anunció su cierre en 2024; «estuve atendiendo [en la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia, dentro del Ministerio de Desarrollo Social], siempre un poco, porque le di prioridad al boxeo; para tratar un dilema como el de las adicciones necesitás mucha disponibilidad horaria».

«Después del nacimiento del mi hija me interesé en la perinatalidad, el embarazo, la mente de la madre, que es otro asunto bastante complejo; realicé un posgrado en Perinatalidad, Crianzas y Familia», continúa Karen el periplo de su apasionante búsqueda personal y profesional; «actualmente estoy cursando un posgrado de clínica de infancias; creo que mi vida cambió desde que fui mamá; todo lo que me interesaba antes fue modificándose; sigo con el sueño de ser boxeadora, pero dentro de la Psicología me atrae más un aspecto de la vida que es la maternidad, trabajar como psicóloga con eso».

«Cuando era chiquita vivía con mi papá y mi mamá; siempre fuimos una familia numerosa; con mis papás, abuelos, tíos y primos todos juntos; siento que tuve mucha contención del resto de mi familia; mi mamá [Patricia] cuando yo tenía 11 años viajó a Misiones; me quedé con mi papá, mis abuelos y mis tíos; ahí se desencadenó lo máximo de su alcoholismo; se puso muy mal; empezó a tomar todos los días; a romper cosas y otras situaciones muy mal; hasta que en un momento creo que entendiendo el daño que nos hacía a nosotros se fue de la casa; se fue a vivir a la calle; yo me enteré de esto pasados tres años».

Marcelo Carabajal en el último tiempo junto a sus dos hijos.

«Lo encontré una vez caminando y de esa manera me enteré», parpadea al decirlo; «después la relación fue esa; nos veíamos de vez en cuando», revela el doloroso trance de Marcelo Carabajal, que murió de cirrosis en 2020, sin que nadie pudiera persuadirlo de dejar esa existencia autodestructiva, que contrasta con la actitud luchadora de su hija; «mi mamá estudiaba Abogacía; se fue a vivir a Misiones por cuestiones laborales; estábamos mal económicamente y allá le pagaban un poquito más; mi hermano pasado un tiempo, como no estudiaba y no le interesaba nada acá, se fue con mi mamá».

«A veces se dice que los jóvenes vienen, empiezan boxeo por contextos de violencia; creo que hay una cuestión de vulnerabilidad; la adversidad no es solo física, sino también una agresión psicológica o simbólica; a mí nunca nadie me pegó en mi casa; pero yo como niña veía ese malestar que había con un papá alcohólico, algo que el no sabía cómo resolver; eso es traumático también; creo que en los boxeadores siempre hay una historia de violencia de algún tipo; no necesariamente física o verbal; ni siquiera dirigida; a veces son circunstancias mínimas, entre comillas, porque ninguna violencia es mínima».

«Situaciones que no se perciben o están naturalizadas», diagnostica la licenciada Carabajal, que de repente ha dejado de ser la boxeadora que sueña con el campeonato mundial; ha cambiado de piel con una facilidad sorprendente; tampoco parece la madre primeriza de Ludmila que se queda perpleja ante los imponderables de la infancia; «creo que desde esa perspectiva las personas que eligen el boxeo encuentran un ámbito donde poder sacar afuera todo eso; es una manera de sublimación, lo llamo yo, de esa violencia que está interna; sacarla afuera de una manera más ordenada y no tan violenta, justamente».