Amelia Borrás: «Gabriela consideraba que las personas tenemos una misión»

12/12/2024

La cuarta de sus cinco hijos contaba 15 años cuando falleció víctima de la masacre de Cromañón, hace casi dos décadas. Con cientos de muertos y miles de heridos, el incendio del 30 de diciembre de 2004 en el barrio porteño de Once es una de las peores ignominias del rock en todo el mundo. Ella anhela que el inmueble del drama sea convertido en un espacio de memoria.

«Podríamos haber muerto las tres, no solamente Gabriela; si ella no me hubiera dado su bolso yo no estaría en este mundo; ojalá hubiera sido así, digo la verdad; capaz Dios dispuso las cosas para que esto no quede impune, que todo salga a la luz, que yo no me calle; no solo pidiendo justicia para mi hija, sino para todas las víctimas; Cromañón nos dejó una marca muy grande en el corazón; nunca me le callé a ninguno; a alguien le puede tocar una enfermedad incurable, un cáncer; aunque en la actualidad hay terapias; pero verla morir porque se le quemaron todas las vías respiratorias, verla sufrir…».

Amelia Esperanza Ramela usa su apellido de casada. Por eso la prensa la ha mencionado a lo largo de dos décadas de lucha como Amelia Borrás, mamá de Gabriela. La cuarta de sus cinco hijos contaba 15 años cuando falleció presa de la masacre ocurrida el 30 de diciembre de 2004 en el barrio porteño de Once. La voz del testimonio y Cintia, hermana de la fallecida, de 16, escaparon de milagro. Las tres habían sido las primeras personas en ingresar al recital de la banda Callejeros ignorantes de que se sometían a una cámara de exterminio que en breve provocaría cientos de muertos y miles de heridos.

«Con la RCP [reanimación cardio pulmonar] que le hice en la calle la pude revivir para ponerla en la ambulancia de Vittal [servicio de emergencias]; era un chofer que solamente tenía una camilla; le pregunté adónde la iba a llevar; me contestó al [Hospital] Fernández; le expliqué no la puedo acompañar porque me falta Cintia, de 16; cuando me acerqué vi todos los cuerpos, los pibes tirados en calzoncillos; yo otra vez me estaba por desplomar; divisé a Cintia con dos muchachos; le dije vamos que tenemos que llamar a papá; me replicó Má, se me soltó de las manos, se me soltó de las manos para ir a buscarte».

Amelia pestañea levemente encandilada por la claridad del mediodía que ingresa a través de una puerta. Sus ojos verdes («tienen el mismo color todo el tiempo, no son de los que cambian») denotan aflicción, tenacidad y picardía. Es 30 de noviembre. La entrevista tiene como marco el Galpón 3 de la antigua estación ferroviaria de González Catán, partido bonaerense de La Matanza. El predio, edificado hace aproximadamente un siglo y hoy usado como espacio vecinal de actividades solidarias, culturales y deportivas, constituye una estructura sólida de madera y chapa con dimensiones colosales.

«El mismo cura que nos casó hizo bautismo, comunión y confirmación de nuestros hijos», menciona a su marido Miguel Ángel y el quinteto de Vanesa, Cecilia, Cintia, Gabriela y Alan; «Gaby participaba en el grupo misionero de los adolescentes; iba a leer para los abuelos a los asilos; animaba el Día del Niño en la plaza; les ponía los nombres a los chicos; organizaba el juego del embolsado; el mensaje que me dejó es Má, nosotros tenemos una misión en esta vida, cuando Dios nos llama terminó; yo después pensé qué misión tan corta que tuviste; interrumpida por algo que no fue provocado por ella, sino por unos inadaptados».

El primer audio de esta nota, debajo del título, reproduce la charla con el cronista. El segundo, justo sobre este párrafo, contiene un panel que se desplegará más tarde con varios oradores. La conferencia, de la que participará la mamá de Gabriela (su alocución figura entre los minutos 43 y 52), es uno de los eventos organizados en distintos puntos del país por los 20 años de la iniquidad. El anfitrión es José Guzmán, papá de Lucas, joven que sumaba 18 al morir como consecuencia del incendio fatídico. El hombre es vecino de la zona y fundador de un club de boxeo bautizado con el nombre de su pibe.

«A mis 68 años sigo lamentando la muerte de Gabriela con 15 y de la manera más trágica; la vi expirar el 1° de enero [de 2005] a las once de la noche en el [Hospital] Ramos Mejía; a las diez de la mañana había pasado por la terapia el cardenal [Jorge Mario] Bergoglio, hoy Papa Francisco, para dar la extremaunción; me saludó; hizo un milagro con Gabriela; a las tres de la tarde en un segundo entramos a verla con Cintia y Cecilia; Gaby se despertó y me miró; estaba entubada, parecía un robot; le dije mi vida, quedate tranquila, estoy acá; me hizo que sí con la cabeza; movió el bracito que le habían quebrado».

«Giró el rostro y me observó como diciendo qué bueno saber que ustedes siguen bien; una madre conoce la forma en que un hijo la mira; se puso contenta de saber que estábamos con ella; Ceci se acercó y le dijo querés ir a casa con Mami; hizo con la cabeza que sí y le cayeron lágrimas; tenía la manito derecha enyesada; me agarró la mía con su izquierda y me apretó; no tenía las neuronas quemadas; nos conoció y lloró; se agravó alguien y nos tuvieron que sacar de terapia; mi esposo y Cecilia se fueron a casa; de pronto pusieron un cartel en la puerta: cama dos, Gabriela Borrás; dije acá se cortó mi hija, se murió».

La narración de la protagonista es estremecedora tanto por lo relativo al 30 de diciembre de 2004 como por las secuelas, que se han topado con la indiferencia de la sociedad y el abandono de las instituciones. En el presente, relata Amelia, toda su parentela experimenta dificultades graves de salud. Ella tuvo que colocarse un marcapasos. El marido presenta cáncer de próstata y de piel, entre otras dolencias. Cecilia sufrió un accidente cerebro vascular, aunque es una mujer joven. Cintia padece bulimia y anorexia. El resto registra enfermedades psicológicas y psiquiátricas también de cierta complejidad.

«La música es vida, la música no mata a nadie», sostiene la entrevistada, nacida en Concordia, provincia de Entre Ríos, donde su papá, que murió antes de que ella pudiera conocerlo, era músico. Gaby heredó el don y tocaba en la guitarra y la armónica canciones de Los Piojos, su banda favorita. Callejeros era un grupo nuevo que empezaba a hacerse escuchar y ponerse de moda. Miguel Ángel trabajó siempre como mecánico en una gomería de automóviles. Su esposa atiende hasta la actualidad un kiosco instalado en su domicilio. Ella alcanzó cierta trascendencia durante la brega por justicia de las víctimas de Cromañón.

«Estamos para recordar los 20 años; es muy triste que te falte una hija y tener la familia destruida; vamos a seguir luchando; lo que más quiero es el museo de la memoria, para que lo recordemos», anhela la mamá de la fallecida respecto del inmueble donde se produjo la hecatombe; «es una banda de irresponsables e inadaptados que sigue tocando», señala al grupo Callejeros; «Pato Fontanet, fallaste vos», acusa; «lo que han hecho con esta grabación de nuestros hijos es ensuciarlos», opina acerca de la serie televisiva Cromañón; «los pibes no son lo que muestran en esto que pusieron al aire».

Los Borrás viven en la localidad de Ingeniero Adolfo Sourdeaux, partido de Malvinas Argentinas. Amelia tuvo que combinar colectivos y viajar dos horas para llegar hasta González Catán. Más panelistas sentados junto a ella en el Galpón 3 son Mónica Schild, mamá de Marianela Rojas; Miriam Araneda, de David Chaparro; Silvia Bignami, de Julián Rozengardt; Matilde Mangone, compañera de Gerardo Rossi; Santiago y Eduardo, dos muchachos también salvados. Por vía telefónica se comunicarán Débora Vera, asimismo rescatada; Diego Vega, ídem; y Ernesto Lemos, papá de dos sobrevivientes adicionales.

«Sacamos las entradas y llegó el día 30», recuerda la previa del horror; «Gabriela me decía Má, dale, ponete las zapatillas, no sabemos dónde comino es Once, queda lejos; se le iba la vida; apurate, apurate; salimos Cintia, ella y yo; mi nieto, el hijo de Vane, se quedó llorando porque vio que nos alejábamos; apareció mi cuñado que avisó vine a buscar un matambre; Gabriela protestó este justo cae a agarrar eso; mi mamá se puso a conversar con mi cuñado; pasó el colectivo y lo perdimos; cuando llegamos a la estación del ferrocarril me detuve en la Quiniela; se le terminó el papel a la vendedora, puso otro rollo y se fue el tren».

«Cuántas piedras nos ponía Dios en el camino; Má, te dije, perdimos el tren, vamos a llegar tarde al recital; encima no sabemos dónde comino es; fuimos hasta Puente Saavedra, de donde sale el colectivo 68, que termina a la vuelta de Cromañón; hacía un calor terrible; no sentamos distanciadas, dos a la izquierda, una a la derecha; abrimos las ventanillas; llegamos a la Plaza Miserere; preguntamos y nos indicaron crucen hacia aquella punta, van a ver que está lleno de banderas; vendían de todo; Gabriela se había pintado las uñas de negro; quiso un pañuelo negro que decía Callejeros; Cintia eligió uno rojo».

«Fuimos las tres primeras en llegar y las tres primeras en entrar», relata Amelia con sus pupilas verdes como suspendidas, proyectadas hacia el infinito; «las dos pibas que revisaban me sacaron las zapatillas, me tantearon; tiraron el bolsito de Gaby para comprobar qué llevaba (el carnet del colegio, había pasado a segundo año; sus documentos; sus cositas, le gustaba pintarse); tanto, tanto, para que después entraran veinte mil pirotecnias de toda clase; así fue como salimos; yo fui evacuada rápido por un pibe que me sacó; y se le fue la vida; se le fue la vida; tanto apuro, tanto querer llegar y se le fue la vida…».